Tendencias divergentes en la edad de las transiciones sociales y biológicas a la edad adulta
8 Entrega de la serie atención primaria.
Primary care. New Perspectives on Adulthood: Definitions, Transitions, and Social Changes
There are diverging trends regarding the timing of social and biological transitions into adulthood. While individuals now experience earlier biological maturity—such as earlier onset of puberty due to better nutrition and health—they also face a delay in achieving traditional social markers of adulthood. These markers include entering the workforce or becoming parents for the first time, which are occurring at older ages compared to previous generations. As a result, the period of biological maturity now extends for a longer time before individuals are recognized as adults by social and economic standards.
Este trabajo se presenta para ampliar el concepto de ciclo de vida, que no es taxativo, que es dinámico según la sociedad donde se inserte, las medidas que se pretenden adoptar y la situación desde donde se parte: cuando termina la adolescencia y empieza la edad madura. Aqui este hermoso Artículo que rescate y quiero compartir con ustedes.
El documento examina en profundidad las tendencias divergentes que caracterizan las transiciones sociales y biológicas hacia la adultez en la actualidad. Se observa que, en las últimas décadas, la maduración biológica, representada principalmente por el inicio más temprano de la pubertad, se ha adelantado significativamente. Este fenómeno es atribuido principalmente a los avances en nutrición y condiciones de salud, los cuales han permitido que los procesos biológicos de desarrollo se manifiesten a edades menores que en generaciones pasadas.
No obstante, en contraste con la aceleración biológica, los indicadores sociales y económicos tradicionales que han definido históricamente la llegada a la adultez—tales como la incorporación al mercado laboral, la independencia económica y la formación de una familia a través del primer parto—están experimentando un retraso. Es decir, las personas alcanzan estos hitos a edades más avanzadas, lo cual extiende el periodo intermedio entre la madurez biológica y el reconocimiento social y económico de la adultez. Este desfase genera una etapa de transición más prolongada y compleja que en el pasado.
El texto subraya la naturaleza multidimensional de la adultez, ya que su definición varía sustancialmente según la disciplina o el campo de estudio que la aborde. Por ejemplo, desde la demografía y la economía se suelen utilizar criterios objetivos y cuantificables, como la edad, la situación laboral o el estado civil. Por su parte, desde las perspectivas legales y culturales, la adultez puede estar determinada por normativas, costumbres o rituales específicos de cada sociedad. Además, existen dimensiones subjetivas y psicológicas que consideran el autopercepción, la madurez emocional y la capacidad de tomar decisiones autónomas como elementos clave para definir esta etapa.
En síntesis, la adultez debe entenderse hoy como un concepto dinámico, flexible y multidimensional, cuyos límites no sólo dependen de factores biológicos, sino también de contextos sociales, económicos, culturales y personales. El periodo de transición hacia la adultez, entonces, se ha prolongado y diversificado, reflejando las transformaciones sociales y los cambios en las expectativas individuales y colectivas respecto a lo que significa ser adulto en el mundo contemporáneo.
Skirbekk un b, Christian K. Tamnes b c d, Pétur Benedikt Júlíusson un e, Astanand Jugessur un e, Tilmann von Soest b

Resúmenes
Las disciplinas varían en la definición de la edad adulta: Diferentes campos académicos ofrecen distintas perspectivas sobre lo que constituye la transición a la edad adulta.
Multidimensionalidad: La definición difiere según los dominios demográficos, económicos, legales, culturales, subjetivos, psicológicos y biológicos.
Marcadores sociales retrasados: Aplazamiento de marcadores sociales y económicos como la entrada al mercado laboral y el primer parto
Maduración biológica más temprana: Los marcadores como la pubertad ocurren más temprano, probablemente debido a mejoras en la nutrición y la salud
Período de madurez extendido: Los individuos ahora experimentan períodos más largos de madurez biológica antes de alcanzar la edad adulta social
Necesidad de una comprensión integral: Necesitamos un enfoque multidisciplinario para comprender esta importante transición de la vida.
Abstract
Discutimos cómo las diferentes disciplinas varían en sus definiciones de lo que constituye la transición a la edad adulta y la edad a la que se alcanza esta transición. Esta revisión sintetiza diversas perspectivas sobre la conceptualización de la edad adulta, explorando marcadores de dominios demográficos, económicos, legales, culturales, subjetivos, psicológicos y biológicos, cada uno de los cuales ofrece ideas únicas. Discutimos cómo esta transición de vida ha cambiado con el tiempo y en diferentes contextos. Encontramos que mientras que los marcadores socioeconómicos como la entrada al mercado laboral y el primer parto se retrasan cada vez más en las sociedades contemporáneas, los marcadores biológicos como la pubertad ocurren antes, mientras que los marcadores institucionales y legales de la transición a menudo son constantes. En consecuencia, los individuos ahora experimentan períodos prolongados de madurez biológica antes de alcanzar la edad adulta social. Esta revisión destaca las complejidades de definir la edad adulta y subraya la necesidad de un examen actualizado y multidisciplinario de esta importante transición de la etapa de la vida.
1. Introducción
Comprender la variación en el inicio de la edad adulta es esencial para explorar las distintas identidades vinculadas a las diferentes fases de la vida, identificar cuándo los individuos entran en la edad adulta, rastrear los cambios a lo largo del tiempo y observar los cambios en el tamaño y la composición de las poblaciones de adolescentes y adultos. La edad a la que los individuos se consideran a sí mismos, o son considerados por otros, como adultos ha llegado a la edad adulta depende de la comunidad, el período histórico, el contexto institucional, así como los marcadores y características individuales. Varios estudios enfatizan que la transición a la edad adulta a menudo gira en torno a cambios en los roles sociales y económicos, como establecer un hogar o ingresar al mercado laboral (Benson y Furstenberg, 2006, Settersten et al., 2015) cambios en el momento de formar asociaciones a largo plazo, (Esteve, 2024) aplazamiento de la maternidad, aumento de las tasas de falta de hijos, (Sobotka y Berghammer, 2021) así como una maduración biológica más temprana (Asrullah et al., 2022, Eichelberger et al., 2024). No se han realizado esfuerzos suficientes para sintetizar estos desarrollos divergentes. Esta revisión busca abordar esta brecha reuniendo argumentos y líneas de literatura que generalmente se presentan en estudios y medios separados.
La contribución clave de este estudio es su enfoque en cómo los diferentes marcadores de la transición a la edad adulta se desarrollan de manera diferente. Los marcadores sociales de la edad adulta, como el trabajo a tiempo completo, la vida independiente o la transición a la paternidad, se retrasan cada vez más en los últimos años. Al mismo tiempo, los límites de edad legal y los ritos de transición cultural tienden a ser constantes o varían solo moderadamente con el tiempo, mientras que la madurez biológica tiende a ocurrir antes y es más probable que preceda a la independencia social y económica. Esto conduce a un camino más largo e inconexo hacia la edad adulta.
Los estudios influyentes generalmente han identificado cinco marcadores principales de la transición a la edad adulta: completar la educación, dejar el hogar paterno, comenzar una carrera, casarse y convertirse en padre (Benson y Furstenberg, 2006, Furstenberg, 2010). Sin embargo, estos marcadores pueden pasar por alto otras transiciones significativas y pueden ser menos relevantes en contextos contemporáneos. En una era en la que una proporción sustancial de personas no se casan, no tienen hijos, no pueden permitirse abandonar el hogar de sus padres o luchan por encontrar un empleo estable debido a los rápidos cambios tecnológicos, lograr un sentido subjetivo de la edad adulta o desarrollar una identidad adulta puede ser particularmente importante.
Otros estudios destacan los hitos biológicos, como la finalización de los períodos de crecimiento acelerado o el desarrollo del cerebro, como marcadores alternativos de la edad adulta (Mills et al., 2021, Zarrett y Eccles, 2006).
Dada la discusión limitada de los cambios temporales en las edades en las que los individuos hacen la transición a la edad adulta, esta revisión tiene como objetivo proporcionar una descripción general actualizada y un análisis de varias perspectivas sobre esta transición. Examina cómo varía el tiempo a lo largo de diferentes períodos históricos y cohortes, explora las interrelaciones entre estas diferentes perspectivas y considera las implicaciones de las diferentes tendencias en todos los dominios. Reconocemos que la transición a la edad adulta puede ser gradual y no lineal, por ejemplo, las personas pueden regresar a su hogar paterno después de haber vivido de forma independiente o reanudado la educación a tiempo completo después de dejar su primer trabajo. Por lo tanto, identificar una edad específica en la que uno se convierte en adulto es un desafío, ya que esta transición a menudo se caracteriza por eventos múltiples, a veces conflictivos, que no siguen una trayectoria lineal. Esta revisión aborda dimensiones clave de esta complejidad y variabilidad, al tiempo que destaca las tendencias generales.
El desarrollo humano implica grandes transiciones después de la infancia, incluida la adolescencia, marcada por la maduración biológica y psicológica, la edad adulta, caracterizada por indicadores multifacéticos, y la vejez. Aunque cada fase es compleja, se pueden hacer algunas generalizaciones. La transición a la vejez a menudo se centra en problemas de salud específicos o limitación funcional, jubilación, percepciones subjetivas del envejecimiento y roles como la abuela (Cooper et al., 2011, Hedge y Borman, 2012, Skirbekk et al., 2018, Stephan et al., 2013).
La adolescencia generalmente implica una maduración biológica y psicológica asociada con la pubertad (Talma et al., 2013, Wyshak y Frisch, 1982).
La edad adulta, identificada a través de diversos indicadores demográficos, económicos, legales, culturales, subjetivos, psicológicos y biológicos, sigue estando menos claramente definida, pero es de importancia crítica debido a sus importantes implicaciones sociales, económicas y psicológicas. El momento de esta transición también varía sustancialmente según los períodos y contextos históricos.
Investigadores del desarrollo humano como Jean Piaget y Erik Erikson han esbozado las etapas que conducen a la edad adulta, enfatizando el pensamiento abstracto, el razonamiento maduro (Flavell, 1963) y la formación de la identidad (Sokol, 2009).
Erikson, en particular, consideraba que lograr la formación de la identidad era la tarea principal de la adolescencia, aunque reconoció que el desarrollo de la identidad continúa en años posteriores. Sin embargo, estas teorías surgieron durante un período en el que los marcadores tradicionales de la edad adulta, como las oportunidades laborales, las expectativas educativas y los patrones de formación familiar, eran fundamentalmente diferentes de los actuales. Además, las teorías clásicas del desarrollo no tienen suficientemente en cuenta las tendencias contemporáneas, incluida la maduración biológica más temprana y los rápidos cambios en las demandas del mercado laboral, que han reducido las oportunidades para los trabajadores no calificados. Estas transformaciones económicas y sociales han influido profundamente en las perspectivas disponibles para los adultos jóvenes en la actualidad (Dimitri et al., 2005, Johnson, 2016). Esta tendencia se alinea con las discusiones en curso en la teoría del curso de la vida, que enfatiza que las personas nacidas en diferentes períodos históricos enfrentan distintas oportunidades y limitaciones, lo que influye tanto en el momento como en la naturaleza de sus transiciones de vida (Hutchison, 2010).
El concepto de adultez emergente describe la transición cada vez más extendida desde la adolescencia tardía hasta los veinte años, especialmente en las culturas occidentales, enfatizando el cambio de identidad de la adolescencia a la edad adulta (Arnett, 2014). Los críticos argumentan que el concepto refleja principalmente las experiencias de los jóvenes socialmente favorecidos en las sociedades más ricas y puede ser menos generalizable a las personas en regiones rurales o de bajos ingresos. En estos entornos, las diferentes expectativas familiares, obligaciones laborales y normas culturales dan forma a la transición a la edad adulta (Kathuri-Ogola y Kabaria-Muriithi, 2024, McKenzie et al., 2024, Theron et al., 2021). Los jóvenes en tales contextos a menudo tienen menos libertad financiera y temporal para explorar la identidad personal y la pertenencia social, y enfrentan una aceptación cultural limitada para explorar aspectos como la identidad de género, la orientación sexual y otras dimensiones de la individualidad (Parmenter et al., 2022, Shulman, 2023).
Los estudios han documentado una variación sustancial en el momento de la entrada a la edad adulta en diferentes dominios biológicos y sociales. Estas variaciones se han vuelto especialmente pronunciadas en años más recientes, luego de una disminución en la edad promedio de la pubertad (Arnett y o. a., 2001, Arnett et al., 2011, Moffitt, 2018, Steinberg e Icenogle, 2019). Dadas estas disparidades, existe una creciente necesidad de sintetizar y examinar críticamente las diversas concepciones de la transición a la edad adulta que emergen de diversas perspectivas y dominios disciplinarios.
En esta revisión, ofrecemos una visión general completa al examinar los indicadores clave de la transición de la adolescencia a la edad adulta, con especial atención al papel del contexto social en la configuración de cómo se experimentan y comprenden estas transiciones a lo largo del tiempo. Basándonos en la literatura de campos como la demografía, la economía, la sociología, la psicología y la biología, identificamos siete categorías de marcadores que definen la transición a la edad adulta (Tabla 1). Estas categorías incluyen indicadores demográficos, como la edad a la que las personas abandonan el hogar paterno, forman parejas a largo plazo y se convierten en padres, junto con la edad a la que normalmente se completa la educación secundaria o terciaria. Los marcadores económicos cubren el empleo a tiempo completo y la independencia financiera. Los marcadores legales se refieren a los umbrales de edad legales para actividades como el empleo, el consentimiento sexual, el matrimonio, la conducción y el servicio militar. Los marcadores culturales incluyen rituales de mayoría de edad como la confirmación cristiana o equivalentes seculares. Las evaluaciones subjetivas se refieren a la percepción que un individuo tiene de sí mismo como adulto, así como a cómo lo perciben los demás. Los marcadores psicológicos abarcan el desarrollo de la personalidad, los cambios de actitud, los cambios en el comportamiento de riesgo y la maduración cognitiva. Finalmente, los marcadores biológicos resaltan las transiciones fisiológicas a la edad adulta, incluido el desarrollo puberal y la maduración cerebral.
Tabla 1. Marcadores de transición a la edad adulta.
| Tipos de marcadores de transición | Palabras clave |
| Marcadores demográficos | Dejar el hogar paterno Establecer parejas a largo plazo Edad del primer nacimiento Finalización de la educación |
| Marcadores económicos | Entrada en el mercado laboral Independencia financiera Edad de la primera propiedad de la vivienda |
| Marcadores legales | Edad legal para contraer matrimonio, sexo, conducir, trabajar |
| Marcadores culturales | Ritos de transición de la mayoría de edad, religiosos y seculares |
| Marcadores subjetivos | Identidad de edad Percepciones de la edad en la que uno se siente adulto |
| Marcadores psicosociales | Estabilización de la personalidad Estabilización de los valores y convicciones sociales Desarrollo cognitivo |
| Marcadores biológicos | Desarrollo biofisiológico Desarrollo cerebral Sueño |
El amplio alcance de esta revisión tiene como objetivo proporcionar contexto y amplitud, en lugar de un análisis en profundidad de una sola medida de la transición a la edad adulta. Realizamos una revisión narrativa que abarcó múltiples disciplinas, basándonos en la literatura recuperada de PubMed y Google Scholar hasta el 31 de julio de 2023. Nuestra investigación se centró en palabras clave relacionadas con los marcadores de transición enumerados en la Tabla 1. Si bien nuestro enfoque principal está en los países desarrollados, lo que refleja la disponibilidad y consistencia de los datos, hemos incluido hallazgos de naciones de bajos ingresos cuando están disponibles. Reconocemos que este enfoque puede limitar la generalización de nuestras conclusiones.
Varias revisiones anteriores han explorado las dimensiones sociales e institucionales de la transición a la edad adulta en diferentes contextos (Arnett et al., 2011, Buchmann y Kriesi, 2011, Juárez y Gayet, 2014, Panagakis, 2015, Settersten et al., 2015). Sobre esta base, nuestra revisión actualizada busca integrar estudios recientes que aborden los aspectos biológicos y sociales de la transición, con especial atención a los desafíos contemporáneos. Estos incluyen la disminución de las oportunidades económicas para los adultos jóvenes, el papel de los factores sociales en la prolongación de la adolescencia y las implicaciones de una maduración biológica más temprana. En consecuencia, comenzamos por esbozar los diversos marcadores que significan la transición a la edad adulta, seguido de una discusión de marcos conceptuales específicos en secciones posteriores. Nuestra revisión se basa en trabajos anteriores que han examinado diversos enfoques para comprender esta transición, abordando temas como la sexualidad, el empleo, la formación de la identidad y la dinámica familiar (Buchmann y Kriesi, 2011, Juárez y Gayet, 2014).
2. Diferentes marcadores de la transición a la edad adulta
2.1. Marcadores demográficos
2.1.1. Marcadores relacionados con la edad a nivel de población
Un enfoque para definir la transición a la edad adulta se basa en umbrales de edad fijos, comúnmente de 20 años o, en algunos contextos, de 15 años, como se utiliza en la definición de edad laboral de la División de Población de las Naciones Unidas (UNPD, 2024). Alternativamente, la edad adulta puede conceptualizarse en términos de edad relativa, en función de la posición de un individuo dentro de la distribución cronológica por edades de una población determinada. Por ejemplo, estar entre los dos tercios más viejos de una población puede calificar a uno como adulto (Aghevli y Mehran, 1981, d’Albis y Collard, 2012).
El modelo de edad relativa implica que la edad adulta se alcanza a una edad cronológica más alta en sociedades con poblaciones más envejecidas (Chu, 1997, Gavrilov y Heuveline, 2003). Además, la edad relativa puede moldear las percepciones sociales de niños, adolescentes, adultos y personas mayores. En los países de ingresos altos, donde las tasas de fecundidad más bajas y el envejecimiento de la población son más pronunciados, los grupos de edad más jóvenes son relativamente escasos. Este contexto demográfico puede explicar por qué las culturas occidentales ponen mayor énfasis en la adolescencia en comparación con los entornos culturales (División de Población de las Naciones Unidas, Kapadia, 2017, Kimball, 2019, Santelli et al., 2017). A nivel mundial, a medida que las poblaciones envejecen, las percepciones de lo que constituye la «vejez» cambian. Por ejemplo, la edad media de la población mundial aumentó de 24 años en 1950 a 31 años en 2020 (PNUD, 2024), lo que contribuyó a un aumento de la edad considerada relativamente mayor.
2.1.2. Edad de abandonar el proverbial «nido»
Dejar el hogar paterno se considera un marcador clave de la transición a la edad adulta, especialmente en culturas que priorizan el ideal de familia nuclear. Esta transición a menudo coincide con cambios en el estado educativo o laboral, lo que provoca la reubicación. En 2017, la edad media a la que los jóvenes abandonaron el hogar paterno osciló entre los 20 años en los países nórdicos y Luxemburgo y alrededor de los 30 años en Italia y Eslovaquia en Europa (Eurostat, 2018).
Con el tiempo, la edad de abandonar el hogar ha aumentado, impulsada por el aumento de los costos de la vivienda y el estancamiento o la disminución de los salarios reales. Estas condiciones económicas han hecho que sea cada vez más difícil para los adultos jóvenes comprar propiedades o asegurar contratos de alquiler a largo plazo y un espacio adecuado para una vida independiente (Cohn y Caumont, 2016, Dettling y Kearney, 2014, Knoll et al., 2017, Lei y South, 2016, Welteke y Wrohlich, 2019). Además, los ingresos relativos de los jóvenes han disminuido en comparación con los grupos de mayor edad, particularmente entre la década de 1980 y la década de 2000 en muchos países de ingresos altos (Sanderson et al., 2014).
Muchos jóvenes comparan su situación económica con la de sus padres y pueden retrasar la formación de la familia hasta que alcancen un nivel de ingresos comparable. Esta dinámica puede contribuir a las desigualdades sociales en el momento de la paternidad: por ejemplo, las personas con padres más ricos pueden alcanzar la seguridad financiera antes a través de transferencias de riqueza intergeneracionales . Por el contrario, las personas de mayor nivel socioeconómico también pueden retrasar la maternidad debido a mayores aspiraciones materiales, satisfaciendo la necesidad de alcanzar un nivel de vida significativamente elevado antes de formar una familia (Lutz y Skirbekk, 2005, Lutz y Skirbekk, 2008).
Los avances tecnológicos y la deslocalización de la mano de obra han reducido la disponibilidad de puestos de trabajo tradicionalmente ocupados por adultos jóvenes, especialmente hombres jóvenes en países de altos ingresos (Abebe e Hyggen, 2019, Abeliansky et al., 2020). Dado que las tecnologías emergentes suelen ser más asequibles y fáciles de implementar, contribuyen al desplazamiento neto de mano de obra, lo que lleva a una desaparición gradual de muchos puestos de nivel de entrada (Taiwo y Aluko, Verick, 2023).
La Fig. 1 ilustra la variación significativa en la edad a la que los adultos jóvenes abandonan los hogares paternos en toda Europa, con edades notablemente más tardías observadas en los países del sur y este de Europa. Esta variación se explica en parte por las diferencias en las condiciones socioeconómicas; por ejemplo, las edades más altas de abandono del hogar se asocian con una mayor proporción de jóvenes que «no estudian, trabajan ni reciben capacitación» (ninis).

Figura 1. Edad media de abandono del hogar paterno en 2020 y porcentaje de personas que no estudian, trabajan ni reciben formación (ninis) entre los jóvenes de 15 a 19 años de edad en los países europeos. Fuente: Eurostat. TR = Turquía, SE = Suecia, LU = Luxemburgo, DK = Dinamarca, EE = Estonia, FR = Francia, DE = Alemania, NL = Países Bajos, AT = Austria, BE = Bélgica, LT = Lituania, CZ = República Checa, SI = Eslovenia, PL = Polonia, HU = Hungría, CY = Chipre, RO = Rumania, ES = España, MT=Malta, PT = Portugal, RS = Rusia, EL = Grecia, BG = Bulgaria, SK = Eslovaquia, IE = Irlanda, ME = Montenegro. Los países se incluyeron en función de la disponibilidad de datos.
2.1.3. Formación de la familia y aplazamiento de la paternidad
A nivel mundial, la edad promedio del primer matrimonio para las mujeres aumentó de 21,9 años en 1990 a 23,3 años en 2010, con promedios significativamente más altos observados en muchos países (Cameron et al., 2022, Pesando y Abufhele, 2019, Naciones Unidas Mujeres, 2019). El aumento de la edad para entrar en una unión formal es un desarrollo importante, ya que el matrimonio sigue siendo un marcador central de la transición a la edad adulta y aún precede a la paternidad en la mayoría de las sociedades (Hertrich, 2017, Laplante et al., 2016, Straughan, 2015).e
Convertirse en padre representa otro hito clave de la edad adulta, lo que significa transiciones de roles sustanciales y un cambio irreversible en la trayectoria del curso de la vida. En las últimas décadas, la edad promedio del primer parto ha aumentado significativamente tanto para mujeres como para hombres en muchos países. Esta tendencia ha ido acompañada de un aumento de los niveles de falta de hijos voluntaria e involuntaria, así como de una disminución de las tasas de fertilidad (Kohler et al., 2002, Sobotka y Beaujouan, 2018).
Las tasas de natalidad adolescente, particularmente entre las personas de 15 a 19 años, han disminuido significativamente en países como Alemania, Francia, los Países Bajos y los Estados Unidos, aunque la disminución ha sido más modesta en países como Brasil (véase la Fig. 2). Este aplazamiento de la paternidad se atribuye comúnmente a una variedad de factores, que incluyen educación prolongada, mayor acceso a la anticoncepción, matrimonio retrasado, trayectorias profesionales inestables, disminución de los ingresos relativos entre los jóvenes, mayor priorización de los viajes y el ocio durante los «años sabáticos» y un menor énfasis social en el matrimonio precoz (Sobotka, 2017, Timæus y Moultrie, 2020).

Figura 2. Tasas de fecundidad específicas por edad (TAE) entre mujeres de 15 a 19 años de edad entre 1970 y 2020 en determinados países de ingresos medios y altos (Statistics Norway. Estadísticas de población, 2022).
El aplazamiento de la maternidad ocurre a lo largo de toda la edad reproductiva, lo que refleja un cambio más amplio hacia la maternidad tardía. Europa fue la primera región donde la paternidad tardía se generalizó en las últimas décadas. En 2011, seis países europeos informaron una edad media del primer parto superior a los 30 años; en 2021, ese número se había duplicado a doce (CEPE, 2023). El ritmo de aplazamiento de la fecundidad ha sido aún más pronunciado en Corea del Sur, donde la edad media del primer parto superó los 33,5 años entre las mujeres en 2022, lo que supone un aumento de más de siete años desde 1993, cuando la media era de 26,2 años (Castro Torres et al., 2022, EUROstat, 2022, Han y Brinton, 2022, Lim, 2011, CEPE, 2023). Una tendencia similar es evidente en los Estados Unidos, donde la edad promedio del primer parto entre las mujeres aumentó de 21,4 años en 1970 a 27,3 años en 2021 (CDC, 2023).
Las tasas de fecundidad han cambiado con especial rapidez entre las personas con un nivel socioeconómico (NSE) más bajo en los países europeos, lo que indica una transición más tardía a la edad adulta dentro de estos grupos. En particular, las mujeres con niveles más bajos de educación e ingresos tienen más probabilidades de experimentar un inicio puberal más temprano (Oelkers, 2021), lo que puede resultar en una brecha pronunciada entre la maduración biológica temprana y el retraso en la formación de la familia, especialmente entre las mujeres de entornos de NSE más bajo en ciertos países.
Los cambios sociales más amplios, incluida la mejora de las condiciones económicas para las mujeres, un superávit demográfico masculino, una mayor aceptación del matrimonio y una mayor autonomía para elegir si tener hijos, también han contribuido a que una proporción creciente de personas no tenga hijos durante sus años reproductivos. Cada vez más, los que no tienen hijos tienen treinta y tantos años. Esta tendencia es particularmente evidente en la mayoría de los países de Europa occidental y en Asia oriental.
Por ejemplo, la proporción de mujeres sin hijos en Noruega a los 30 años aumentó del 16,9 % entre las mujeres nacidas en 1950 al 53,8 % entre las nacidas en 1992. Entre los hombres de 35 años, la proporción sin hijos aumentó del 20,5% para la cohorte de nacimiento de 1950 al 43,1% para los nacidos en 1987 (Statistics Norway. Estadísticas de población, 2023).
Estos desarrollos sugieren que la paternidad se ha convertido en una transición más retrasada y selectiva, lo que potencialmente la convierte en un marcador de la edad adulta menos relevante universalmente que en generaciones anteriores.
2.1.4. Finalización de la educación
La finalización de la educación superior se ha convertido en un indicador cada vez más importante de la transición a la edad adulta, ya que un número creciente de jóvenes en todo el mundo no solo cursa estudios primarios y secundarios, sino también postsecundarios y terciarios. El nivel educativo juega un papel crucial en la configuración de los eventos posteriores de la vida, incluida la entrada al empleo a tiempo completo y la formación de familias (Billari et al., 2006). A nivel mundial, la duración de la educación ha aumentado, y la edad promedio para completar la educación a tiempo completo ahora cae a principios de los veinte años en las economías avanzadas (Barro y Lee, 2015, James et al., 2012). En 2018, el 45 % de las personas de entre 25 y 34 años en los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) habían alcanzado la educación terciaria, en comparación con solo el 27 % entre las personas de 55 a 64 años (OCDE, 2019).
En resumen, los marcadores sociodemográficos clave de la transición a la edad adulta, como la edad a la que los individuos abandonan el hogar paterno, completan su educación y forman familias, indican un aplazamiento de esta etapa de la vida. Tradicionalmente, se han utilizado edades cronológicas fijas, como los 15 o los 20 años, para definir el inicio de la edad adulta, a menudo basándose en indicadores de actividad económica en estándares globales. Sin embargo, la edad adulta también puede entenderse en términos relativos, en función de la posición de un individuo dentro de una distribución por edad (particularmente en poblaciones que envejecen), lo que podría resultar en una transición posterior.
Los marcadores destacados incluyen dejar el hogar de los padres, que se ha retrasado cada vez más debido al aumento de los costos de la vivienda y el estancamiento de los salarios, y el aplazamiento de la paternidad, impulsado por factores como la educación prolongada, el aumento del uso de anticonceptivos y la evolución de las normas sociales.
La finalización de la educación también juega un papel central, ya que los niveles más altos de logro a menudo retrasan tanto la entrada al mercado laboral como la formación de la familia. Estas tendencias reflejan cambios sociales más amplios, incluidos los avances tecnológicos y los paisajes económicos cambiantes, que continúan remodelando el camino hacia la edad adulta en las sociedades contemporáneas.
2.2. Marcadores económicos
2.2.1. Entrada en el mercado laboral
Asegurar un empleo, particularmente un trabajo a tiempo completo con perspectivas a largo plazo, se ha convertido en un marcador cada vez más importante de la transición a la edad adulta (Goldsmith et al., 1997, Tosun et al., 2019). El empleo productivo no sólo proporciona a las personas un ingreso estable y una estructura diaria, sino que también permite la participación en los sistemas de seguridad social, apoyando así la independencia financiera y la autosuficiencia a largo plazo.
Esta transición es particularmente importante para los jóvenes, quienes, en muchos países, tienden a ser menos ricos y más vulnerables financieramente que las generaciones anteriores. En comparación con sus padres, los jóvenes de hoy enfrentan ingresos más bajos, menor seguridad laboral y tasas más bajas de propiedad de vivienda (Sanderson et al., 2014). El empleo estable a menudo sirve como base para otros eventos clave de la vida, incluida la formación de parejas, la cohabitación y la construcción de familias. Sin embargo, las tasas más altas de desempleo, el acceso limitado a la protección social y la disminución de los recursos financieros contribuyen a aumentar la vulnerabilidad económica entre los jóvenes (OCDE, 2008, Patton et al., 2018), lo que lleva a un retraso en la transición a la edad adulta en términos de estabilidad económica, especialmente durante períodos de volatilidad e incertidumbre económica.
Históricamente, los jóvenes comenzaron a obtener ingresos en la adolescencia (Boot, 1995, Johnson, 2003, Rahikainen, 2017). Con el tiempo, sin embargo, la edad media de entrada en el mercado laboral ha aumentado, particularmente en las economías avanzadas, donde las personas a menudo comienzan a trabajar a tiempo completo a mediados de los veinte años o más tarde (Baldwin, 1910, Conyngton, 1934, Squier, 1912, Wolfbein, 1949). Este cambio se debe en gran medida al aumento del nivel educativo, las regulaciones legales más estrictas sobre el empleo juvenil y la disminución de la demanda de los tipos de trabajo manual no calificado que tradicionalmente realizan los trabajadores más jóvenes, especialmente en las industrias primaria y manufacturera.
Un ejemplo notable de cambio de oportunidades de trabajo para los jóvenes es el sector agrícola. Hace un siglo, la agricultura empleaba aproximadamente al 70 % de la población económicamente activa mundial; para 2019, esta cifra se ha reducido al 27 % (Dimitri et al., 2005, Johnson, 2016). Esta disminución es aún más pronunciada en los países más ricos, donde la agricultura ahora emplea solo una pequeña fracción de la fuerza laboral, menos del 1% en países como Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido (FAO, 2020, Grigg, 1975). Las proyecciones sugieren que esta proporción puede disminuir aún más a medida que la automatización y los avances tecnológicos continúen reduciendo la demanda de mano de obra agrícola (Vittis et al., 2022).
Los datos históricos ilustran aún más este retraso en la entrada al mercado laboral. En Bélgica, por ejemplo, la edad media de primer empleo tanto para hombres como para mujeres ha aumentado significativamente con el tiempo (Fig. 3). Estos cambios reflejan cambios estructurales más amplios, incluida la regulación del trabajo infantil y la disminución de la necesidad de mano de obra juvenil en roles físicamente exigentes y poco calificados. Como resultado, la transición a la edad adulta económica se ha retrasado progresivamente a través de las generaciones.

Figura 3. Edad de entrada en el mercado laboral por año y sexo para Bélgica (1960-2000) (Dekkers, 2010).
2.2.2. La independencia financiera como marcador de la edad adulta
Desde una perspectiva económica, la independencia financiera es un marcador clave de la transición a la edad adulta. A menudo se define como el punto en el que los individuos comienzan a producir más de lo que consumen (Lee y Mason, 2011, División de Población de las Naciones Unidas, 2013). En las sociedades modernas, el consumo suele producirse tanto en etapas tempranas como tardías de la vida, con una fase intermedia productiva en la que los individuos generan un excedente (División de Población de las Naciones Unidas, 2013). Los términos déficit del ciclo de vida y superávit del ciclo de vida describen estas fases: cuando el consumo excede los ingresos laborales y cuando los ingresos laborales exceden el consumo, respectivamente (Lee y Mason, 2011, División de Población de las Naciones Unidas, 2013).
La edad a la que los individuos alcanzan un superávit en el ciclo de vida varía entre países y a lo largo del tiempo, influenciada por factores como los niveles de ingresos, la edad de ingreso al mercado laboral y las transferencias financieras a individuos con ingresos limitados o nulos (Lee y Mason, 2011). Por ejemplo, en Australia, la edad más temprana a la que los individuos lograron un superávit en el ciclo de vida aumentó de 22 años en 1995 a 25 en 2010 96,97. Este cambio probablemente refleja una mayor duración de la educación terciaria y un retraso en la entrada al empleo a tiempo completo, lo que lleva a una mayor independencia financiera.
En general, las personas de hoy son mayores cuando pueden permitirse comprar una casa y establecerse económicamente. El aumento de los precios de los bienes raíces en todo el mundo ha dificultado la vida independiente, con posibles implicaciones para el momento de las decisiones de fertilidad (Maynou et al., 2021, Pan y Xu, 2012). Además, el retraso en la entrada a la fuerza laboral y los ingresos relativos más bajos entre los jóvenes, en comparación con los grupos de mayor edad y las generaciones anteriores (Sanderson et al., 2014; OCDE, 2008)—contribuir aún más a los aplazamientos en la formación de la familia y la maternidad.
Las transferencias de riqueza intergeneracionales, particularmente a través de la herencia, son otro factor clave que influye en el momento de la independencia financiera (Nekoei y Seim, 2023, Okun y Stecklov, 2021). La edad a la que las personas reciben esas transferencias depende del momento de la muerte de los padres o abuelos, que ha aumentado debido a la mayor esperanza de vida (PNUD – División de Población de las Naciones Unidas. Perspectivas de la población mundial 2024. (2024), Hertrich, 2017, Sobotka y Beaujouan, 2018). En consecuencia, muchos adultos jóvenes reciben herencia más adelante en la vida, lo que puede retrasar la edad en la que pueden permitirse establecerse de forma independiente, especialmente si dependen del patrimonio familiar para lograr la propiedad de la vivienda o la seguridad financiera.
2.3. Marcadores legales
2.3.1. Normativa legal que afecta a la transición a la edad adulta
Los marcadores legales juegan un papel vital en la definición de la transición a la edad adulta al establecer umbrales de edad para adquirir derechos y responsabilidades típicamente asociados con la condición de adulto. Estos incluyen la edad mínima legal para votar, el empleo, la actividad sexual, el matrimonio, la conducción, el consentimiento médico independiente, los juegos de azar y el consumo de sustancias como el alcohol y el tabaco. Estos umbrales legales reflejan concepciones sociales o políticas de madurez y responsabilidad y, a menudo, están influenciados por factores como las prioridades económicas, las políticas educativas y las preocupaciones de seguridad pública. Por ejemplo, las naciones más ricas pueden imponer regulaciones más estrictas sobre el trabajo infantil para priorizar la educación sobre la participación temprana en el mercado laboral, mientras que los ajustes a la edad legal para conducir pueden tener la intención de reducir las lesiones y muertes relacionadas con el tráfico. Los cambios en la edad legal para contraer matrimonio también se han utilizado como herramientas para influir en las tendencias de fertilidad y reducir las tasas de embarazo adolescente (Kamal y Ulas, 2021, Kim et al., 2013, McQueston et al., 2013).
El Convenio núm. 138 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estableció las siguientes normas mínimas de edad para el empleo: 18 años para el trabajo peligroso y 13-15 años para el trabajo no peligroso que no interfiera con la escolarización, con cierta flexibilidad para el trabajo ligero en los países de bajos ingresos. En Europa, la edad legal de consentimiento sexual oscila entre los 14 y los 16 años, dependiendo de las leyes nacionales y las disposiciones de consentimiento mutuo (Temkin y Ashworth, 2004, Zhu y van der Aa, 2017). Los críticos argumentan que establecer edades mínimas legales altas puede restringir el acceso de los adolescentes a servicios esenciales de atención médica y anticoncepción, aunque tales regulaciones no necesariamente impiden la actividad sexual (Petroni et al., 2019). Finalmente, en la mayoría de los países, la edad mínima legal para que las mujeres se casen sin el consentimiento de los padres se establece en 18 años (Naciones Unidas, 2020).
2.4. Marcadores culturales de mayoría de edad
2.4.1. Ritos de transición religiosos y seculares
En las principales religiones, los rituales culturales y religiosos juegan un papel importante en marcar la transición a la edad adulta. Estos ritos de paso reflejan la profunda interconexión entre las tradiciones espirituales y las normas sociales. Con un estimado del 84% de la población mundial afiliada a una religión en 2010 109, tales ceremonias ejercen una influencia sustancial en la forma en que se reconoce socialmente la edad adulta.
En muchas culturas, a los individuos se les asignan nuevos roles a medida que pasan a la edad adulta, y este cambio a menudo se formaliza a través de ceremonias simbólicas (Levete, 2009, Ross, 2004, Williams, 2016). Estos rituales pueden implicar la lectura de textos religiosos sagrados, completar tareas simbólicas o pruebas de resistencia, o simplemente alcanzar una edad designada. Por ejemplo, el pueblo Sateré-Mawé en Brasil usa un ritual que involucra picaduras de hormigas para probar la resistencia al dolor, una prueba simbólica de madurez (Bosmia et al., 2015).
Los rituales de mayoría de edad varían significativamente según los contextos religiosos y culturales. En el cristianismo, la confirmación, generalmente alrededor de los 15 años, implica demostrar conocimiento de las Escrituras (Bottigheimer, 1996) e históricamente ha estado vinculada a hitos legales como casarse, convertirse en padre o padrino, o testificar en la corte (Hope, 1999, Rasmussen, 1993). En Malasia, las niñas musulmanas participan en la ceremonia Khatam Al-Quran alrededor de los 11 años, recitando el capítulo final del Corán para significar su mayoría de edad (Manderson et al., 2002).
Las comunidades budistas en el sudeste asiático también marcan la edad adulta a través de rituales de género. En las tradiciones budistas Theravada en Tailandia, los niños se someten a una ceremonia de ordenación para convertirse en monjes novicios (sāmanera). De manera similar, las tradiciones históricas japonesas como Gempuku (para niños) y Mogi (para niñas) enfatizaron el desempeño de roles adultos (Manderson et al., 2002).
En el hinduismo, los niños brahmanes participan en la ceremonia Upanayana alrededor de los 13 años, donde reciben un hilo sagrado y escuchan enseñanzas religiosas susurradas en un templo (Hazen, 2003).
En el judaísmo, la transición a la edad adulta está marcada por Bar Mitzvah (para niños) y Bat Mitzvah (para niñas) a los 13 años, lo que significa sus responsabilidades religiosas y morales después de un período de estudio (Botticini y Eckstein, 2012).
En Japón, los jóvenes de 20 años celebran Seijin-no-Hi, un día nacional de mayoría de edad que reconoce sus nuevos roles adultos.
En América Latina, la quinceañera celebra que las niñas cumplan 15 años (Dávalos, 2003) con ceremonias festivas que a menudo incluyen elementos católicos.
Los ritos seculares de mayoría de edad también son prominentes. En Finlandia, el Campamento Prometeo proporciona un rito de iniciación no religioso para jóvenes de 14 a 16 años, que implica reflexión y aprendizaje social (Gordon-Lennox, 2017).
En Alemania, particularmente en las regiones orientales, la ceremonia Jugendweihe sirve como una alternativa secular a la confirmación cristiana, marcando la asunción de responsabilidades adultas.
A pesar de los cambios considerables en los indicadores biológicos, económicos y sociales de la edad adulta, muchos de estos rituales permanecen fijos en edades específicas. Estos ritos de iniciación continúan teniendo un significado cultural y ofrecen momentos estructurados de transición, incluso cuando el momento real de las responsabilidades adultas cambia en la sociedad en general.
2.5. Marcadores subjetivos
2.5.1. Edad subjetiva y edad adulta percibida
La edad subjetiva (cómo los individuos perciben su propia edad, incluso si se consideran adultos) es una dimensión cada vez más importante de la transición a la edad adulta. A medida que los marcadores objetivos tradicionales, como la paternidad, la salida del hogar y la independencia financiera, se posponen o ya no se aplican a una proporción creciente de la población (por ejemplo, aquellos que no tienen hijos), los indicadores emocionales y autopercibidos han ganado importancia (Silva, 2012). Las encuestas muestran que muchas personas de veinte años, particularmente en las sociedades occidentales, no se ven a sí mismas como adultas (Galambos et al., 2005; Inhorn y Smith-Hefner, 2020). Esto refleja tendencias más amplias de responsabilidades retrasadas y la extensión de la adolescencia.
En los EE. UU., por ejemplo, existe una desconexión entre las expectativas sociales y las realidades económicas: mientras que el 64 % de los estadounidenses cree que los adultos jóvenes deberían ser financieramente independientes a los 22 años, definido como obtener un ingreso 150 % por encima del umbral de pobreza para un hogar unipersonal, sin embargo, solo el 24 % cumple con este criterio (Center, 2019).
Ciertos rasgos subjetivos son ampliamente considerados como marcadores de la edad adulta, incluida la aceptación de la responsabilidad de uno mismo, la toma de decisiones independientes, volverse menos egocéntrico y lograr la independencia financiera (Nelson y Luster, 2015). Sin embargo, las percepciones de la edad adulta también están moldeadas por valores culturales. En las sociedades individualistas, la autonomía personal y la autorrealización se enfatizan mucho. Por el contrario, las culturas colectivistas tienden a dar mayor valor al cumplimiento de las obligaciones familiares y sociales (Nelson y Luster, 2015). Por ejemplo, en Argentina, la edad adulta a menudo se asocia con la capacidad de aportar recursos a la familia (Facio y Micocci, 2003). Entre los jóvenes trabajadores de fábricas en China, los marcadores de la edad adulta incluyen el cuidado de los padres, la obtención de un empleo estable y la capacidad de criar a los propios hijos (Arnett, 1997, Zhong y Arnett, 2014). Estos ejemplos resaltan la diversidad de marcadores subjetivos y cómo el contexto cultural influye en la transición percibida a la edad adulta.
2.6. Marcadores psicosociales
2.6.1. Valores sociales, identidad y personalidad
La edad adulta a menudo se caracteriza por la estabilización de los valores sociales, la identidad y los rasgos de personalidad, marcando un período de mayor consistencia en las preferencias, comportamientos y afiliaciones sociales. Esta etapa generalmente implica la consolidación de componentes clave de la identidad, incluida la identidad sexual y de género, la pertenencia a la comunidad, la orientación política y las perspectivas sociales más amplias. Estas dimensiones de identidad están estrechamente relacionadas con resultados conductuales significativos, como elecciones de estilo de vida, comportamientos de salud, logros educativos y trayectorias profesionales (Barrett y Michael, 2022, Ye y Post, 2020).
La adolescencia se conoce comúnmente como «los años formativos», durante los cuales los individuos desarrollan creencias y preferencias duraderas que dan forma a sus puntos de vista políticos, religiosos y económicos a largo plazo (Alwin y McCammon, 2003, Dinas y NTINAS, 2010, Giuliano y Spilimbergo, 2009). Por ejemplo, mientras que los adolescentes pueden sentirse atraídos por la música popular de su época, los adultos a menudo mantienen una preferencia por la música que disfrutaron durante su juventud (Business Insider, 2018, New York Times, 2018). Del mismo modo, es más probable que los adultos jóvenes busquen nuevas conexiones sociales, mientras que después de mediados de los veinte, existe una tendencia a reducir el tamaño de la red social (Wrzus et al., 2013).
La afiliación religiosa, o desafiliación, también se solidifica típicamente al final de la adolescencia o al principio de la edad adulta (Corcoran, 2012, Iannaccone, 1990). Los individuos tienden a alinearse con comunidades que reflejan sus valores personales durante este período. Con el tiempo, aumenta el costo psicológico y social de cambiar de afiliación religiosa, a medida que las personas se integran e invierten más en sistemas de creencias y comunidades específicas. Aquellos que rompen con la religión de su infancia o adoptan una nueva orientación religiosa tienden a hacerlo más temprano en la vida, cuando el proceso es menos costoso social y emocionalmente (Becker, 1967, Becker, 1981).
El desarrollo de la personalidad también juega un papel fundamental en la maduración psicosocial. De acuerdo con el Modelo de Cinco Factores de la personalidad de McCrae y Costa, (McCrae y Costa, 1999) la personalidad tiende a madurar durante la edad adulta temprana y permanece relativamente estable a partir de entonces, un concepto conocido como la «hipótesis del yeso» (Srivastava et al., 2003). Esta teoría sugiere que los rasgos de personalidad, una vez solidificados, experimentan solo cambios mínimos con el tiempo. La evidencia empírica respalda la idea de que la estabilidad de orden de rango de los Cinco Grandes rasgos (apertura, conciencia, extraversión, amabilidad y estabilidad emocional) aumenta con la edad (Specht, 2017). Sin embargo, otros estudios indican que ciertos rasgos, particularmente la estabilidad emocional y la escrupulosidad, pueden continuar desarrollándose hasta bien entrada la edad adulta (Roberts y DelVecchio, 2000). Sigue siendo incierto si el momento de la estabilización de la personalidad ha cambiado a través de las generaciones.
2.6.2. Desarrollo cognitivo
El desarrollo cognitivo, que abarca funciones mentales como la atención, el aprendizaje, la memoria, el razonamiento, la toma de decisiones y la resolución de problemas, es fundamental para navegar por la vida diaria y las transiciones más amplias de la vida (Liverman et al., 2015). Se puede dividir ampliamente en dos dominios: pragmática cognitiva (inteligencia cristalizada) y mecánica cognitiva (inteligencia fluida), cada uno siguiendo trayectorias distintas a lo largo de la vida (Baltes et al., 2006).
La pragmática cognitiva, que comprende conocimientos, habilidades y experiencias acumuladas, tiende a permanecer relativamente estable durante la edad adulta (Salthouse, 2010). Si bien son importantes para el funcionamiento, son menos efectivos como marcadores de la transición a la edad adulta, dado su desarrollo continuo durante gran parte de la vida. Por el contrario, la mecánica cognitiva, que implica el pensamiento abstracto, el razonamiento lógico y la resolución de problemas novedosos (Skirbekk et al., 2013), generalmente alcanza su punto máximo a mediados de los 20 años antes de disminuir gradualmente con la edad (Salthouse, 2010). Por lo tanto, este pico puede servir como un marcador cognitivo potencial de la edad adulta (Bratsberg y Rogeberg, 2018, Gerstorf et al., 2011, Skirbekk et al., 2013).
Con el aumento de la esperanza de vida, los estudios longitudinales han identificado mejoras basadas en cohortes tanto en la pragmática cognitiva como en la mecánica cognitiva, en particular las habilidades cognitivas fluidas específicas de la edad para las generaciones posteriores (Flynn, 1999). Estas ganancias se han observado durante varias décadas y en todos los grupos de edad en muchos países (Christensen et al., 2013, Skirbekk et al., 2013, Staudinger, 2015), lo que sugiere un cambio ascendente en la función cognitiva a lo largo del tiempo.
En resumen, la edad adulta está marcada por la estabilización de los valores sociales, la identidad y la personalidad. Los individuos suelen consolidar aspectos clave de la identidad, como el género, la pertenencia a la comunidad y la orientación política, durante esta etapa de la vida, dando forma a los resultados a largo plazo en la salud, las relaciones y las trayectorias profesionales. Los rasgos de personalidad también tienden a estabilizarse, como lo proponen marcos como el Modelo de Cinco Factores, aunque ciertos rasgos, particularmente la estabilidad emocional y la conciencia, pueden continuar evolucionando hacia la edad adulta posterior. Finalmente, mientras que la inteligencia cristalizada permanece estable, el pico de la inteligencia fluida en la edad adulta temprana ofrece un umbral cognitivo significativo. Juntas, estas dimensiones psicosociales y cognitivas proporcionan una imagen matizada de la edad adulta que se extiende más allá de las definiciones puramente biológicas o legales
2.7. Marcadores biológicos
2.7.1. Desarrollo cerebral
El desarrollo del cerebro proporciona información importante sobre la transición de la adolescencia a la edad adulta. Desde la década de 1990, los avances en neuroimágenes, particularmente imágenes por resonancia magnética (MRI), han mejorado significativamente nuestra comprensión de la maduración cerebral estructural y funcional desde la infancia hasta la adolescencia y la edad adulta. Aunque los cambios más rápidos y sustanciales ocurren antes del nacimiento y durante la primera infancia (Batalle et al., 2018), los desarrollos notables también continúan durante la infancia y la adolescencia (Dima et al., 2022, Frangou et al., 2022). Estos cambios son específicos de los tejidos y no siempre son capturados por medidas globales como el peso o el volumen total del cerebro.
Por ejemplo, el volumen de materia blanca continúa aumentando en la edad adulta, mientras que el volumen y el grosor de la materia gris cortical generalmente disminuyen. Además, las estructuras subcorticales de la materia gris siguen trayectorias de desarrollo heterogéneas (Herting et al., 2018, Mills et al., 2016, Tamnes et al., 2017). Neurobiológicamente, estos cambios reflejan procesos prolongados como la mielinización y la reorganización dendrítica (Lebel y Deoni, 2018, Norbom et al., 2021) que apoyan una mayor interconectividad y especialización de las redes cerebrales. Los estudios de resonancia magnética funcional han demostrado que estos procesos contribuyen a una comunicación neuronal y una función cognitiva más eficientes (Sherman, 2014).
Aunque el desarrollo del cerebro humano se extiende hasta bien entrada la tercera década de la vida, determinar un punto final definitivo sigue siendo un desafío. Algunos estudios han intentado identificar puntos de inflexión en el desarrollo en todas las regiones del cerebro. Por ejemplo, la investigación que utiliza medidas de resonancia magnética intracortical relacionadas con la mielinización ha demostrado que el crecimiento máximo en las cortezas sensoriales y motoras primarias generalmente ocurre antes de la pubertad, mientras que el crecimiento en las cortezas de asociación, como la corteza prefrontal, continúa después de la pubertad, a menudo estabilizándose solo a fines de los veinte o principios de los treinta (Grydeland, 2019). Si bien no está claro si el momento del desarrollo del cerebro ha cambiado a través de las generaciones, los patrones espaciales y temporales de la maduración del cerebro parecen en gran medida consistentes.
El desarrollo cortical sigue una trayectoria evolutiva conservada, comenzando en las áreas sensoriales y motoras primarias y continuando hacia áreas de asociación más complejas. incluida la corteza prefrontal (Baum et al., 2022, Sydnor et al., 2021). Estas cortezas de asociación apoyan funciones cognitivas de orden superior, como la autorregulación y la cognición social, y el razonamiento abstracto. De manera similar, los tractos clave de materia blanca como el cíngulo, involucrado en el control cognitivo, y el fascículo uncinado, asociado con la emoción y la memoria episódica, exhiben algunas de las líneas de tiempo de desarrollo más prolongadas (Lebel et al., 2012, Olson et al., 2015). La evidencia emergente sugiere un vínculo estrecho entre la pubertad y la maduración cerebral. Como la pubertad ocurre a edades progresivamente más tempranas, algunos investigadores plantean la hipótesis de que el desarrollo del cerebro también puede acelerarse en paralelo (Beck, 2023). Sin embargo, se necesita más investigación para determinar si la pubertad más temprana se traduce consistentemente en una madurez neurobiológica más temprana.
2.7.2. Desarrollo biofisiológico y puberal
El crecimiento y el desarrollo puberal están influenciados por factores ambientales y sociales y están sujetos a tendencias seculares a largo plazo (Chen, 2015). Comprender el momento y la duración de los períodos de crecimiento acelerado es esencial para identificar el inicio de las transiciones biológicas a la edad adulta (Holmgren, 2019). La finalización de la pubertad, marcada por el desarrollo de características sexuales secundarias, el logro de la fertilidad y la estatura adulta final, sirve como un indicador biológico clave de la entrada en la edad adulta (Borkan, 1986). Por ejemplo, se han observado patrones de crecimiento como un aumento de altura más temprano en cohortes más recientes (Kirchengast et al., 2023).
Una tendencia secular bien documentada es la disminución de la edad de la menarquia desde el siglo XIX. En Noruega, los registros históricos muestran una disminución sustancial en la edad media de la menarquia, de 15,6 años en 1850 a 13,3 años a partir de 1940 (Liestøl y Rosenberg, 1995). Estudios más recientes en Dinamarca y Estados Unidos sugieren que la pubertad podría estar ocurriendo a edades aún más tempranas. El estudio estadounidense (Herman-Giddens et al., 2001) informó un inicio más temprano del desarrollo de los senos en niñas (telarquia, estadio B2 de Tanner), especialmente entre niñas afroamericanas e hispanas. Un estudio danés (Aksglaede et al., 2009) comparó el desarrollo puberal entre 1991 y 2006 y encontró evidencia similar de desarrollo puberal más temprano, especialmente telarquia, que no podía explicarse por cambios en los niveles hormonales o el IMC.
En los niños, también se han observado tendencias hacia un inicio puberal más temprano, aunque la magnitud del cambio es generalmente menos pronunciada que en las niñas. Un biomarcador para los niños, el logro de un volumen testicular de 4 ml, que indica el inicio de la pubertad, ha mostrado un logro más temprano en algunos estudios (Herman-Giddens et al., 2001). Los datos noruegos de 2016 informaron una disminución de 2,6 meses en la edad media de la menarquia en comparación con las mediciones de 2003 a 2006 (Bratke, 2017). Además, el crecimiento y la velocidad máxima de la altura ocurren durante la pubertad (Aksglaede et al., 2008, Hauspie et al., 1997). Siguiendo una tendencia hacia un momento más temprano de la pubertad, el crecimiento máximo de la altura tiende a ocurrir a edades cada vez más tempranas (Patton et al., 2018, Song et al., 2015, Talma et al., 2013). La edad a la que se produce el inicio de la pubertad puede ser relevante para definir la transición a la edad adulta, ya que el inicio puberal también podría ser indicativo de la edad de finalización de la pubertad.
Estas tendencias históricas en el crecimiento y el inicio de la pubertad generalmente se interpretan como reflejos de una mejor nutrición, salud y condiciones de vida (Hauspie et al., 1997). Como señaló James Tanner, «el crecimiento es un espejo de las condiciones de la sociedad» (Tanner, 1987). El inicio más temprano de la pubertad se ha relacionado con un mejor suministro de alimentos, entornos económicos y sociales favorables (Cámara et al., 2019, Cámara, 2015) y un tamaño más pequeño de los hermanos (Hatton y Martin, 2010). Se han propuesto varios mecanismos biológicos para explicar las tendencias más recientes en el momento puberal. Por ejemplo, el sobrepeso y la obesidad infantil se asocian con un inicio puberal acelerado, particularmente en las niñas (Wagner, 2012). Estas condiciones también están relacionadas con el aumento de la velocidad de la altura, aunque la altura adulta final no se ve afectada (Júlíusson, 2015). Se han propuesto otros factores de riesgo, como la exposición a sustancias químicas disruptoras endocrinas (EDC), como contribuyentes a la disminución secular de la edad de la menarquia. Estas sustancias pueden interferir con la regulación hormonal y se consideran cada vez más relevantes para explicar los cambios contemporáneos en el desarrollo biológico (Fisher y Eugster, 2014).
2.7.3. Patrones de sueño
La transición a la edad adulta también va acompañada de cambios notables en los patrones de sueño. Durante la adolescencia, las personas tienden a experimentar un retraso en el horario del sueño, particularmente los fines de semana y días festivos (Crowley et al., 2018). El punto medio del sueño (el tiempo a medio camino entre quedarse dormido y despertarse) generalmente cambia progresivamente más tarde a lo largo de la adolescencia, alcanzando su punto más reciente alrededor de los 20 años. Después de este período, el horario del sueño comienza a estabilizarse gradualmente y alinearse más estrechamente con el horario del sueño en los adultos. Este cambio en el horario del sueño se ha propuesto como un marcador potencial de la edad adulta (Roenneberg, 2004) probablemente relacionado con las necesidades cambiantes de sueño asociadas con el desarrollo del cerebro (Roenneberg, 2004).
En resumen, las definiciones biológicas de la edad adulta abarcan una variedad de hitos del desarrollo, incluida la finalización de la pubertad, la maduración estructural y funcional del cerebro y los cambios en los patrones de sueño. Estos marcadores resaltan la naturaleza compleja y multifacética del desarrollo biológico durante la transición a la vida adulta.
3. Discusión
Esta revisión ha examinado un conjunto completo de marcadores que señalan la transición a la edad adulta, que abarcan los dominios demográfico, económico, legal, cultural, subjetivo, psicológico y biológico. Los hallazgos subrayan que los marcadores sociales y económicos, como la edad de entrada al mercado laboral, el abandono del hogar y el primer parto, se retrasan cada vez más. Estos cambios van acompañados de un aumento correspondiente en la edad subjetiva en la que los individuos sienten que han alcanzado la edad adulta.
Por el contrario, algunos marcadores biológicos, como la velocidad máxima de la altura y la edad en la menarquia, tienden en la dirección opuesta, ocurriendo a edades más tempranas. Esta divergencia destaca una creciente brecha temporal entre la maduración biológica y la asunción de roles sociales adultos (Fig. 4). Si bien la edad social de la edad adulta, marcada por el empleo a tiempo completo, la vida independiente o la paternidad, continúa aumentando, muchos puntos de transición institucionales y legales permanecen relativamente fijos. Los rituales religiosos de mayoría de edad, los umbrales de edad legal y los ritos de paso culturalmente arraigados tienden a ser más estables a lo largo del tiempo y las generaciones. Como resultado, la madurez biológica se alcanza cada vez más mucho antes del logro de la independencia social o económica, lo que contribuye a una transición más prolongada y fragmentada a la edad adulta.

Figura 4. Figura estilizada en diferentes marcadores de la transición a la edad adulta.
Las leyes y normas sociales que rigen los comportamientos de los adultos continúan evolucionando, lo que a menudo contribuye a un retraso en el reconocimiento de la edad adulta. Estos cambios, como el aumento de la edad mínima legal para el empleo y el matrimonio, están estrechamente alineados con tendencias más amplias, incluidas las trayectorias educativas prolongadas, el retraso en la entrada al mercado laboral y el aplazamiento de la formación de relaciones estables.
La edad cronológica sigue siendo un marcador relevante de la edad adulta en contextos donde los procesos biológicos son relativamente estables a lo largo del tiempo a través de las generaciones o donde los marcos económicos y legales experimentan cambios mínimos. Por ejemplo, los umbrales relacionados con la elegibilidad para votar (Franklin, 2020, Munn, 2023) y la edad mínima de responsabilidad penal (Cipriani, 2016, Zhu y van der Aa, 2017) generalmente se han mantenido dentro de un rango estrecho y muestran consistencia entre países y a lo largo del tiempo. Sin embargo, si bien estos puntos de referencia cronológicos brindan claridad administrativa, a menudo no logran capturar la considerable variabilidad en la salud, la madurez psicosocial y la actividad socioeconómica entre individuos de la misma edad. Como resultado, la dependencia de la edad cronológica por sí sola puede oscurecer la naturaleza compleja, no lineal y dependiente del contexto de la transición a la edad adulta.
Además, la edad cronológica no logra capturar la creciente variabilidad en la secuencia y el momento de los eventos de la vida que tradicionalmente marcan la transición a la edad adulta (ver Shanahan (2000)). Por lo tanto, su relevancia como marcador de la edad adulta se limita en gran medida a dominios donde los umbrales legales, económicos o relacionados con la salud dependen explícitamente de la edad. Para representar con mayor precisión la naturaleza multifacética de la edad adulta, es necesario considerar marcadores alternativos que reflejen mejor la madurez individual.
A la luz de los cambios en curso en el desarrollo social y biológico, argumentamos que los marcos regulatorios y políticos deben tener en cuenta tanto los patrones cambiantes de maduración como la brecha cada vez mayor entre la edad adulta biológica y social. Aunque esta revisión no ofrece pautas prescriptivas para determinar los umbrales óptimos de edad legal, sugiere que la formulación de políticas modernas podría beneficiarse del reconocimiento del inicio más temprano de la madurez biológica y la realización cada vez más tardía de la independencia socioeconómica. Las edades específicas asociadas con estos hitos deberán evolucionar con el tiempo, en respuesta a las normas sociales cambiantes, las tendencias biológicas y las condiciones contextuales.
Los marcadores económicos de la edad adulta, como la participación en la fuerza laboral, el compromiso de la fuerza laboral y el logro del estado de pago de impuestos, reflejan la transición de un individuo de ser un receptor de transferencias públicas o privadas a convertirse en un contribuyente económico neto (Beard y Bloom, 2015, Cutler y Johnson, 2002). Estos marcadores pueden volverse más importantes, particularmente a medida que el empleo en el sector formal continúa aumentando entre las mujeres a nivel mundial (Turra et al., 2011). Sin embargo, la transición a la independencia económica se retrasa cada vez más debido a períodos más largos de educación y una disminución de la demanda de mano de obra no calificada y de nivel inicial.
Los marcadores sociales, como la paternidad, también se están posponiendo (Sawyer et al., 2018) moldeados por la disponibilidad generalizada de anticonceptivos efectivos y la reducción de embarazos no planificados. Por el contrario, la maduración biológica más temprana, impulsada por mejoras en la nutrición y la salud general, apunta a una edad de madurez física decreciente. En conjunto, estas trayectorias divergentes resaltan que ninguna medida única puede definir universalmente la edad adulta. En cambio, los marcadores más apropiados dependerán del contexto específico y el dominio de la edad adulta en consideración.
Actualmente, los biomarcadores no predicen de manera confiable el funcionamiento económico o social de un individuo. En cambio, son más efectivos para evaluar estados biológicos o patológicos específicos. Por ejemplo, los patrones de metilación del ADN derivados de la sangre se han asociado con el riesgo de desarrollar afecciones como la diabetes (Xia et al., 2017). Sin embargo, los biomarcadores aún pueden ofrecer información valiosa sobre el envejecimiento biológico, por ejemplo, a través de estimaciones de la edad cerebral (Cole y Franke, 2017) que pueden ayudar a delinear los hitos biológicos asociados con la transición a la edad adulta. Si la madurez biológica, incluido el desarrollo físico y neurológico, ocurre antes que en generaciones anteriores, podría sugerir que la transición biológica a la edad adulta también ocurre a edades más tempranas.
La teoría de la historia de vida (LHT) proporciona un marco teórico útil para interpretar estos desarrollos. Según LHT, los individuos ajustan sus trayectorias de desarrollo en respuesta a las señales ambientales. En contextos marcados por una alta imprevisibilidad o adversidad (por ejemplo, pobreza, alta mortalidad o exposición a la violencia), es más probable que las personas adopten una estrategia de historia de vida más rápida, caracterizada por una reproducción más temprana y una planificación de vida a corto plazo. Por el contrario, los entornos ricos en recursos suelen apoyar una estrategia de historia de vida más lenta en la que los individuos invierten más en educación y retrasan la formación de familias. La incertidumbre económica también puede influir en el momento del desarrollo al alentar a las personas a posponer transiciones clave, como el matrimonio o la paternidad. Si bien las mejoras mundiales en la mortalidad infantil y adolescente han reducido la imprevisibilidad ambiental en las últimas décadas, la persistencia de la inestabilidad económica y el aumento de las tensiones geopolíticas en los últimos años pueden estar contribuyendo al aplazamiento observado de la transición a la edad adulta. Una transición más temprana a la edad adulta biológica puede extender el número de años que se percibe que están disponibles para actividades después de la pubertad, incluidos posiblemente más años de vida en los que uno está cognitivamente desarrollado y es capaz de trabajar, y biológicamente capaz de reproducirse, lo que lleva a la percepción de que uno tiene más tiempo disponible y, por lo tanto, puede permitirse reducir el ritmo de la transición a al menos algunos eventos en la edad adulta. Desde una perspectiva de LHT, tales percepciones y patrones de comportamiento reflejan adaptaciones estratégicas a las condiciones sociales y económicas actuales (Del Giudice y Belsky, 2011, Kruger, 2021).
4. Conclusiones
Esta revisión destaca que ningún marcador único puede definir universalmente la transición a la edad adulta en todos los contextos culturales, históricos y socioeconómicos. En primer lugar, revela que los marcadores de la edad adulta, ya sean biológicos o sociales, tienen una relevancia diferente según el contexto específico. Por ejemplo, los indicadores biológicos pueden relacionarse con la madurez cognitiva o física, mientras que los marcadores sociales como los umbrales de edad legal influyen directamente en el acceso al empleo, el derecho al voto y otras responsabilidades cívicas. Uno de los hallazgos centrales de esta revisión es que los desarrollos tecnológicos, sociales, nutricionales, demográficos, del mercado laboral y educativos contemporáneos han contribuido a una creciente divergencia entre los marcadores biológicos y sociales de la edad adulta.
En segundo lugar, históricamente, particularmente en las sociedades preindustriales, los hitos biológicos y sociales a menudo ocurrieron al mismo tiempo. Por ejemplo, la pubertad y los ritos de iniciación como la confirmación protestante generalmente tuvieron lugar a mediados de la adolescencia, lo que indica una maduración biológica y social. En contraste, en las sociedades más prósperas e industrializadas de hoy, estas trayectorias se han vuelto menos sincronizadas.
Los avances tecnológicos y los cambios estructurales en el mercado laboral, combinados con trayectorias educativas más largas y un período prolongado de juventud subjetiva, han ampliado la brecha entre el desarrollo biológico y la transición a los roles sociales adultos. Si bien algunas transiciones biológicas, como la pubertad o la maduración neurológica, están ocurriendo antes, las transiciones socioeconómicas, como la entrada al mercado laboral o la paternidad, se retrasan cada vez más. Mientras tanto, muchos marcadores culturales de la edad adulta, incluidas las ceremonias religiosas o seculares de mayoría de edad, han permanecido vinculados a edades cronológicas fijas. Esta creciente desincronización ha introducido una mayor heterogeneidad en la definición de la edad adulta, lo que dificulta el establecimiento de un umbral de edad universal para esta etapa vital.
En tercer lugar, los marcadores sociales de la edad adulta pueden seguir cada vez más una secuencia ordinal, donde el momento de un hito influye en el momento de los posteriores (por ejemplo, la finalización de la educación antes de la entrada en la fuerza laboral o la paternidad) (Marini, 1984, Sobotka y Beaujouan, 2018). Los cambios en la forma en que los individuos evalúan subjetivamente su propia edad adulta también pueden desempeñar un papel, contribuyendo al aplazamiento de roles adultos como la formación de una familia o la vida independiente.
En resumen, la edad adulta se entiende mejor como un constructo multifacético y dependiente del contexto formado por procesos biológicos, psicológicos, sociales y culturales que se cruzan. Reconocer esta complejidad es esencial para informar marcos de políticas más flexibles e inclusivos que reflejen las realidades de las transiciones de la vida moderna.