La verdad en general nunca triunfa, menos en la atención de Salud

Sofismas y verdades en pedazos:

Autor Dr. Carlos Alberto Díaz.

Director de la Especialidad de Economía y Gestión de la Salud. Universidad ISALUD.

“La verdad siempre triunfa”. Era un mandato recibido sobre obrar y decir, pero tanto los incentivos actuales como las palabras se basan en verdades en pedazos, sofismas y en las mentiras recientes instaladas por la postmodernidad, el relato, la demagogia, el populismo y el esnobismo que dominan nuestros días. Pensé que la verdad triunfaba siempre, incisto, y que uno nunca debía arrepentirse de obrar bien y trabajar honestamente, ya sea en la función pública o en la privada, sin embargo, esta postura noble a menudo ocasiona privaciones materiales y de acceso, o la frustración de no ser representados ante lo externo. Suponía en mis silencios: las cosas siempre se van a poner en su lugar, en más o menos tiempo, como un reloj que tarde o temprano marca la hora correcta. Pero fui observando que “mintiendo, vamos viviendo, mintiendo y trampeando vamos pasando” de manera cotidiana, y esto se ha convertido en una norma que muchos aceptan sin cuestionar. Hay que recordar que cuando mentimos les estamos robando a otros el derecho a la verdad, en este caso particular el derecho a tener un buen servicio de salud, que es tan esencial para el bienestar de la sociedad, y con ello muchos proyectos autonómicos de vida que podrían florecer. Estas mentiras no tendrían ningún sentido a menos que observemos la verdad como algo peligroso o que afecta intereses de algunas corporaciones que prosperan en la desinformación, manteniendo un sistema que beneficia a unos pocos mientras ignora las necesidades de la mayoría. La verdad, aunque incómoda, es la base sobre la cual se pueden construir sociedades justas y equitativas, y es responsabilidad de cada uno de nosotros alzar la voz, resistir la mediocridad del engaño y luchar por un futuro donde la verdad realmente prevalezca.

Esta decadencia de la verdad se sostiene entre los sistemas populistas y los expertos de la democracia, que toleran, necesitan, relatan y describen la pobreza, entonces le empiezan a poner categorías y distintos umbrales: pobreza absoluta o relativa, directa o indirecta; posteriormente, se la analizó desde el desarrollo humano, el concepto de necesidad, de estándar de vida, de insuficiencia de recursos, hasta que Sen en 1984 argumentando que el nivel de vida de un individuo lo determinan sus capacidades: salud y educación, no solo los bienes que posee. Con este enfoque, la pobreza se transforma en un fenómeno multifacético que requiere un entendimiento más profundo y abarcador. Aparecen entonces los excluidos, los expulsados, los trabajadores pobres, y comienzan los grandes debates sobre economía informal, emprendimientos, cooperativas, asignaciones, el hambre, la mala nutrición, el sobrepeso y la migración desordenada por el éxodo del horror de la población desplazada por la desigualdad estructural. Estos asuntos interrelacionados no sólo desafían las nociones tradicionales de desarrollo, sino que también ponen de relieve las fallas sistémicas que perpetúan la marginalidad. Con ellos, los determinantes sociales de la Salud emergen como conceptos clave, donde se toma en cuenta que más allá de lo genético y lo biológico, aparecen la educación, el empleo formal, el lugar de residencia, la distribución de la riqueza, la vivienda, el acceso a servicios, y otros factores sociales que moldean la calidad de vida. Las dinámicas actuales expulsan gente hacia afuera de las fronteras y del sistema, creando flujos migratorios que no solo son respuestas a crisis inmediatas, sino también manifestaciones de un descontento más amplio, donde la lucha por la dignidad y la justicia social se vuelve esencial para confrontar estos desafíos sistémicos.

Las verdades se destruyen por los intereses económicos de los diferentes mercados de salud que son funcionales a la acumulación y la concentración. Dichos intereses económicos presentan asimetrías tendenciosas, como la coaptación de la evidencia científica, inflación en el gasto, la equidad silenciada, curas milagrosas que no son tanto, efectividades inferiores a las eficacias publicadas, con calidades de vidas residuales limitadas y la intermediación que sustrae gran parte de los recursos asistenciales reales.

En este contexto, se evidencia una crisis de confianza hacia las estructuras que deberían salvaguardar la salud pública. Con escepticismo observo que en la modernidad, la mentira alcanzó su límite absoluto, que habría llegado a ser completo y definitivo, convirtiéndose en un autor de las mentiras de los medicamentos que se utilizan para aplicaciones que no sirven. Esta situación es aún más alarmante cuando consideramos que la lucha antibacteriana, en lugar de erradicar infecciones, ha generado multiresistencia, un fenómeno que coloca en mayor riesgo la salud de la población.

Asimismo, el ámbito de la cirugía “oncológica” y el parto “humanizado” se vuelve objeto de análisis crítico, puesto que estos procedimientos, otrora considerados estandartes de avance en la medicina, pueden no estar ofreciendo los beneficios esperados, generando más daño que bien. La vital pregunta que surge de todo esto es si realmente estamos priorizando la salud y bienestar de las personas, o si, por el contrario, estamos sirviendo a un sistema que antepone el lucro sobre el cuidado genuino. Este dilema ético exige una reflexión profunda sobre el papel de las instituciones y la responsabilidad colectiva en la búsqueda de soluciones que sean verdaderamente efectivas y equitativas para todos.

Las evidencias científicas coaptadas:

La apertura al conocimiento del genoma humano fue el muro de Berlín de la medicina, la terminación de los paradigmas kantianos, la concretización de la complejidad sujeta a la causa, noxa, injuria, expresiones fenotípicas, variadas y complejas. A través de este avance monumental, se han desvelado los secretos de la herencia genética y se ha permitido una comprensión sin precedentes de las enfermedades, pero también se han abierto vías para una serie de dilemas éticos y sociales que nos enfrentan en la actualidad.

La ciencia en la actualidad está generando un cúmulo de daños colaterales, de dependencia, de inequidad en la asignación de recursos, de problemas en la vida de relación y en la construcción de la memoria, y “las amnesias”. Este entorno complejo crea un caldo de cultivo para el sufrimiento humano que va más allá de lo físico, adentrándose en los aspectos emocionales y sociales de nuestras vidas. La interconexión entre las innovaciones tecnológicas y la medicina tradicional ha llevado a una deshumanización en el enfoque hacia el paciente, donde las cifras y los datos parecen tener más peso que las historias y experiencias individuales.

Las ideologías constituyen lógicas de la denominación, será que la medicalización y la tecnología ideologizaron el triunfo de una medicina sin escucha, sin biopatografía, con inteligencia artificial y manejos de grandes bases de datos, que casualmente corresponden a seres humanos, y a estandarizar comportamientos que deberían ser individualizados. Esta práctica despersonalizada plantea serias preguntas sobre la ética de nuestras decisiones médicas y la real necesidad de un enfoque más empático que considere las particularidades de cada individuo en el proceso de tratamiento.

Como ocurre habitualmente los lazos entre el poder político y los proveedores de recursos del complejo industrial son fuertes puentes de perpetuación de privilegios mutuos, que dificultan el cuestionamiento de la ideología dominante. Este entramado de intereses no solo impide la innovación genuina en la atención médica, sino que también limita el acceso equitativo a los recursos que son vitales para la población vulnerada. Esto no nos deja desarrollar un sistema de salud de cobertura universal, competitivo entre sistemas de cobertura, sistemas de financiamiento público, social, mixtos y privados puros, que compitan en calidad, desempeño y eficiencia.

De esta forma, no deberíamos partir desde la desigualdad actual, sino mejorar fuertemente el sector público y el de la seguridad social, porque si no lo visible (que no son las prestaciones de salud, y sus resultados), seguirán cristalizando este modelo de desigualdad e inequidad en función de cobertura-recursos. Este esfuerzo debe realizarse modelando el sentido de la propuesta, todos pueden estar, pero deben tener modelos prestadores integrales, integrados, en red, con inversión costo efectiva. La implementación de modelos de atención centrados en el paciente se vuelve crucial, donde la tecnología no solo se use para recopilar datos, sino también para mejorar la experiencia del paciente y su relación con el sistema de salud.

¿Estaremos pagando el precio de desentendernos de la realidad de los problemas de accesibilidad, de desigualdad, de gastos catastróficos? Este interrogante se vuelve esencial en el debate contemporáneo sobre las políticas de salud. Nos enredamos en los problemas de los tratamientos de las enfermedades raras y nos entretenemos, mientras que hipertensos y diabéticos en el 50% no saben que lo son. Esta desconexión entre la realidad de los problemas de salud pública y la narrativa predominante sobre innovaciones y tecnología es alarmante. Todo esto ocurre mientras que el complejo industrial médico mantiene su poder sobre los sistemas de salud y la prescripción médica. La falta de conciencia sobre estas condiciones puede ser devastadora, perpetuando ciclos de enfermedad y complicaciones que son evitables con el diagnóstico y manejo adecuado.

La credulidad deja de ser rentable y la realidad se muestra en toda su crudeza, la población sigue aumentando de peso, metabolómicos, hipertensos, hipercolesterolémicos, escuchando la oferta calórica y la polifarmacia que nos hará la vida feliz.

La población es la víctima de esas ideologías de los factores de riesgos, donde estamos enfermos cuantitativamente o en vías de serlo por insuficiente diagnóstico.

La urgencia de un cambio en la percepción sobre la salud pública es inminente; debemos cuestionar no solo el enfoque médico, sino también las estructuras y sistemas que permiten que estas realidades persistan.

La salud no debe ser un privilegio, sino un derecho al que todos tengan acceso, con políticas que atiendan la diversidad y complejidad de las necesidades de la población.

La cobertura falaz

Hay una lucha contra un sistema segmentado, con recursos insuficientes, envueltos en el cinismo de cubrir el programa médico obligatorio (PMO) que lo es todo. Este PMO no se permeabiliza a las acciones a las buenas iniciativas. En este contexto, es crucial entender que la estructura de salud pública está configurada de tal manera que a menudo ignora las нужды más fundamentales de la población, generando un ciclo vicioso de insatisfacción y falta de recursos.

El presupuesto y el financiamiento de la salud pública son insuficientes y se gasta todo en salarios, quedando muy poco para la gestión. Sigue siendo una discusión de monto, sin contenido, propósitos y objetivos, programas y alcances. Este problema no es nuevo; hemos visto que se ha vuelto una crítica crónica del sistema de salud, pero sin nombres, porque las excepciones que se enfrentaron a esta lógica son cuatro: Carrillo, Oñativia, Neri y Gonzalez García, quienes han sido mencionados por sus esfuerzos significativos. Sin embargo, posteriormente, muchos otros han llegados a ocupar esos roles, pero han preferido no generar problemas y han terminado sus mandatos como comisarios políticos, más enfocados en la administración que en la innovación.

Las obras sociales tienen financiamiento a través de los aportes y contribuciones, que no llegan a cubrir el costo del PMO, una canasta de prestaciones que no existe. La ausencia de esta canasta convierte al PMO en una entelequia. Sobre esta entelequia se legisla y se generan amparos judiciales, creando así un terreno propenso a la confusión y, en muchos casos, a las mentiras. Es fundamental destacar que el PMO es otra de las falacias del sistema, pues es a la vez una promesa y una limitación, siendo todo lo que se puede dar, sin el dinero necesario para proporcionarlo. Esto nos lleva a una conclusión simple: ningún sistema puede ofrecer todo a todos.

A pesar de las limitaciones del PMO, seguimos hablando de él, incluso cuando no se cubren algunos lujos, como la habitación privada, enfatizando que a ese beneficiario del plan se le dice que simplemente está dentro del «PMO». Esta frase se ha convertido en una especie de mantra que justifica la falta de recursos y la escasez de servicios adecuados.

El PMO es máximo y, sin embargo, la priorización sobre guías y programas de salud no ocurre de manera explícita en ningún campo, ya sea para bien o para mal. Todo lo que se dice, se contradice hasta el hartazgo. Las palabras y lo firmado no parecen tener ningún peso real; todo se siente frágil e inconsistente. Ni siquiera hemos tenido la oportunidad primordial de discutir si realmente debe haber priorización en el acceso a la salud. Esto debería manejarse desde criterios de necesidades, efectividad, eficiencia, y costo efectividad, considerando lo que se puede pagar y lo que se puede ofrecer por regiones.

No hemos abordado si debemos priorizar la salud para los más desaventajados o únicamente para aquellos que pueden pagarla. La discusión sobre si las priorizaciones en salud deberían ser asignadas de manera centralizada o descentralizada es fundamental, al igual que el debate sobre qué criterios explícitos utilizaremos: ¿incrementalismo o un enfoque de todismo que es muchas veces un tipo de nadismo?

Los recursos son más que limitados; están mal distribuidos, las necesidades son ilimitadas y existe ineficiencia en la localización de los recursos y fallas de mercado. Aquí es donde se vuelve crucial la intervención del estado, que no realiza las acciones necesarias para maximizar el bienestar de sus ciudadanos. La falta de visibilidad de instrumentos adecuados para abordar las fallas de mercado se observa en múltiples sectores: desde el farmacéutico, hasta el de los prestadores, insumos y recursos humanos, creando un escenario donde la salud pública se ve comprometida. La necesidad de revisar y reestructurar estos sistemas es más urgente que nunca, si realmente buscamos mejorar el bienestar general y garantizar un acceso equitativo a la atención médica.

Estamos atrapados en dos silogismos:

Si para mentir hay que saber o creer que se sabe la verdad y ocultarla o deformarla intencionadamente, para que haya engaño, es decir, para que la mentira sea efectiva, es indispensable que alguien la tome por verdadera. Este principio se aplica de manera notable en el ámbito del sistema de salud, donde la percepción de la realidad puede ser tan distorsionada que se convierte en un obstáculo para el bienestar general.

El sistema de salud es parte del sistema social, y es evidente que el sistema social hoy en día no sostiene la calidad de vida de sus integrantes, con un incremento alarmante de pobres y marginados. En esta situación, el prestador de salud tiende a centrarse en el paciente enfermo, en lugar de considerar integralmente el bienestar del sistema social y cómo este influye en la calidad de vida de las personas. Este enfoque miope resulta en una atención que se limita a tratar síntomas, sin abordar las causas subyacentes de la enfermedad, sobre todo en comunidades que enfrentan desafíos socioeconómicos.

La fragmentación del sistema de salud obliga a la coparticipación de los usuarios. Los pacientes transcurren saltando las intrigas de lo que tienen, descansando en información mal explicada, sin comprender los alcances de su dolencia, ni lo que deben aportar para mejorar su cuidado. Hacen su recorrido en el sistema de salud, muchas veces, sin saber qué medicamentos deben ingerir y cómo deben hacerlo. Esta falta de conocimiento no solo afecta a su tratamiento inmediato, sino que también impide la adopción de hábitos más saludables que podrían prevenir complicaciones futuras. Al final, muchos terminan siendo objetos de consumo en la industria de la salud, donde su bienestar se convierte en un mero producto comercial en vez de un derecho humano fundamental.

La estructura de camas públicas es importante en Argentina, sin embargo, presenta una baja productividad y una escasa tecnología asociada que se encuentra mal mantenida. Esto lleva a una situación en la que tanto aquellos que trabajan en el sistema público como aquellos que se atienden en él han perdido la ilusión de un servicio adecuado. Además, la percepción social de pertenecer a un hospital privado es a menudo valorada más que ser atendido en un establecimiento público. La inmanencia de la tecnología en este contexto parece tener un componente mágico, creando una falsa sensación de mejor atención simplemente por contar con más recursos. El paciente y su familia quedan atrapados en esta narrativa, donde la calidad de la atención se mide por la cantidad de recursos materiales disponibles.

Los trabajadores del sector público, además, reciben una paga insuficiente y agraviante, lo que crea un ambiente laboral sumamente desmotivador. Estos profesionales responden trabajando solo el 50% de las horas contratadas, sufriendo el peso de ser la cara visible de las carencias sistemáticas. En su día a día, son testigos de la violencia que proviene no solo de la falta de recursos, sino también de la resignación y el sufrimiento de los pacientes. Estos trabajadores han perdido la esperanza, y muchos solo reciben compasión por lo que avanzan como el rostro de la crisis del sistema de salud. Solo quedan recuerdos nostálgicos de aquellos lugares que fueron en su momento sitios de formación integral de los profesionales, quienes en su tiempo aprendieron no solo medicina, sino también humanismo, cultura y a entender al pueblo que los rodea: un pueblo carente y necesitado de atención y apoyo genuino.

Medicamentos innovación, competencia:

En la Argentina, los medicamentos son notablemente más caros que en otros países, lo que genera una preocupación significativa entre la población. Esta situación está agravada por el hecho de que los productores de genéricos son “marquistas”. Con esto se entiende que han desarrollado una identidad propia, no solo con relación a la marca, sino también en lo que respecta al envase, lo que a menudo supera incluso a los productos originales. Esta falta de diferenciación ha llevado a que los “generistas”, en medio de un entorno de competencia caótico, intenten establecer los precios más altos dentro de la banda terapéutica. Este comportamiento ha limitado, en gran medida, la competencia que podría haber resultado en una mayor accesibilidad a los medicamentos, convirtiéndose en un problema crítico para la población.

La raíz de este problema es la ausencia de una regulación efectiva y bien intencionada, lo que hace que el mercado de medicamentos funcione como un territorio de negociación oscura y poco transparente. La accesibilidad de los medicamentos no solo está en riesgo, sino que las medidas implementadas para mitigar el problema, como la reducción de precio de venta al público o la entrega de ciertos medicamentos a jubilados sin coseguro, resultan ser meras acciones insuficientes y temporales. Esto revela una profunda crisis en el sistema de salud, donde la verdadera solución requiere un enfoque más integral.

Asimismo, se naturalizó que para tener salud hay que pagarla, una concepción que ha arraigado en la sociedad argentina. Por lo tanto, la ambición de aquellos que desean ascender en la escala social es obtener un servicio de prepago privado, más que la calidad en la atención de su salud. El tener un prepago se convierte en un símbolo de estatus, un “diploma de clase media”. En contraste, aquellos que carecen de esta cobertura son etiquetados como “pobres”, como si fueran castigados por un sistema neo-liberal que recompensa a quienes han sabido aprovechar las oportunidades que se les presentan, dejando a muchos en una situación de vulnerabilidad.

Es fundamental entender que esta situación no debe ser utilizada para atacar la innovación tecnológica que controla enfermedades potencialmente mortales. En lugar de eso, debemos encontrar un equilibrio que permita asegurar la sostenibilidad del sistema de salud. Esto implica desarrollar negociaciones transparentes, establecer compras centralizadas que fomenten una mayor competitividad y fijar precios de referencia que permitan regular el costo de los medicamentos. Además, es crucial implementar una reducción impositiva para medicamentos indispensables e irremplazables, lo que podría aliviar la carga financiera de muchas familias.

Otra estrategia es ahorrar en medicación sintomática innecesaria y reducir la variabilidad prescriptiva entre los profesionales de la salud. En este sentido, se sugiere que las sociedades científicas intervengan, proponiendo prácticas en las cuales es necesario desinvertir para que los gastos en salud disminuyan. Esta estrategia podría contribuir a disminuir la sobreutilización de recursos en los sectores que cuentan con financiamiento, promoviendo así un sistema de salud más equitativo y sostenible a largo plazo.

Modelo Asistencial

Las prepagas atienden con un modelo asistencial medicalizante y fragmentado, y este enfoque presenta serias limitaciones en la atención a los pacientes. Ninguna de estas compañías ofrece un plan de salud que garantice una atención continua y compasiva. A diferencia de organizaciones como Kaiser Permanente, que han desarrollado modelos de continuidad de atención, las prepagas en nuestro sistema no parecen tener una estructura que priorice el bienestar integral de sus afiliados.

En estos últimos años, se intentó impulsar un sistema de cobertura universal de salud. Sin embargo, la realidad es que esta cobertura ha demostrado ser ineficaz y no ha logrado ser verdaderamente universal, lo que ha llevado a una frustración generalizada en la población, reflejada en discursos vacíos e ineficaces.

Además, la infraestructura hospitalaria se enfrenta a carencias extremas en términos de insumos, dispositivos médicos y aparatos necesarios para ofrecer atención de calidad. Esta situación ha creado un ambiente donde, lamentablemente, la gente ha llegado a aceptar lo inaceptable. Las guardias de los hospitales, que en teoría deberían ser un refugio seguro para las emergencias, carecen de algunas especialidades básicas y se ha registrado un aumento en la violencia, que afecta no solo a los pacientes, sino también a los profesionales de la salud.

En este contexto, es evidente que los pacientes son vistos como números en una tabla contable. La atención a su salud parece estar relegada a un segundo plano, donde solo se consideran importantes aquellos individuos que tienen cobertura y que la prepaga puede facturar. Los pacientes no elegibles, aquellos que presenten casos de patologías raras o condiciones complejas, son cada vez menos interesantes para el sistema, incluso aunque en el pasado existiera un interés genuino por parte de algunos médicos al atender a estos casos en el marco del aprendizaje hospitalario.

Es crucial que se reevalúe el modelo actual de atención médica en Argentina para garantizar que se priorice la salud y el bienestar de cada paciente, sin distinción, y que el sistema de salud atienda de manera efectiva las necesidades de toda la población. Se requiere un cambio hacia un enfoque más humanizado y accesible que fomente la continuidad de la atención y la calidad de vida de todos los ciudadanos.

El factor humano:

Los trabajadores del área de salud están mal remunerados, lo que representa un quebranto significativo en la calidad de vida de estos profesionales dedicados a cuidar la salud de la población. Para subsistir, muchos se ven obligados a recurrir al multiempleo, lo que les impide dedicar tiempo a su formación continua y desarrollo profesional. La falta de una carrera hospitalaria que garantice un crecimiento y estabilidad laboral es alarmante. En general, en el ámbito de las empresas privadas, los trabajadores de la salud son utilizados como créditos sin interés, lo que implica que no reciben su remuneración de manera adecuada. En realidad, muchos solo logran cobrar diez veces al año, y son partícipes involuntarios del financiamiento del sueldo anual complementario de aquellos que se encuentran en relación de dependencia, viendo cómo sus deudas se diluyen en el contexto de un entorno inflacionario creciente.

Es innegable que los anestesistas poseen una capacidad de fuerza y habilidad únicas dentro del ámbito médico, lo que se traduce en la importante diferencia que hacen en procedimientos quirúrgicos y en la atención crítica. Sin embargo, si todas las asociaciones médicas tuvieran la misma fuerza para otorgar el título habilitante de la especialidad, el sistema de salud enfrentaría serios problemas de sostenibilidad con el financiamiento actual. Este tema se convierte en un punto de tensión que merece una seria reflexión sobre cómo se estructuran las especialidades y la jerarquía dentro del sistema de salud.

Además, existen cargos de residencia que no son cubiertos por médicos argentinos, sino que son ocupados por residentes nacidos en el extranjero. Estos profesionales utilizan los salarios que reciben como un medio para costearse parcialmente sus títulos de especialistas hasta que deciden regresar a sus países de origen, haciendo que esta dinámica carezca de equidad. Esto es una generosidad mal entendida, ya que estos trabajadores se comportan como una masa de «trabajadores golondrinas», que cada cuatro o cinco años vuelven a sus países dejando atrás una enseñanza que, aunque recordamos con nostalgia, no se traduce en un desarrollo duradero para nuestro sistema de salud. La realidad es que, una vez que se van, no queda ningún tipo de contrapartida que beneficie a nuestra comunidad.

Ante esta situación, surge la pregunta inevitable: ¿qué sucederá cuando todos esos médicos extranjeros decidan irse? ¿Realmente no hay suficientes médicos argentinos que puedan cubrir las guardias o las residencias necesarias? Es un dilema preocupante que podría tener profundas repercusiones en la atención de salud, especialmente en el primer nivel, donde la atención primaria juega un papel crucial en la prevención de enfermedades y el cuidado comunitario.

Dentro de esta compleja trama, también es fundamental considerar cómo las burocracias ministeriales operan como capas geológicas, donde las personas se instalan y perduran. Aunque muchos intentan introducir cambios, a menudo se encuentran impotentes ante un sistema que parece estar anclado en su propia inercia. Las quejas de quienes forman parte de este ecosistema son comunes, pero la realidad es que todos dependen de este mismo sistema para su subsistencia. En este contexto, los silencios a menudo resultan más potentes que las quejas, reflejando una resignación que sólo profundiza la crisis existente. La necesidad de un cambio estructural en el sistema de salud es imperativa, pero requiere de una voluntad colectiva y decidida para enfrentar las ineficiencias y construir un futuro más justo para los trabajadores de la salud y la población que dependen de sus servicios.

Financiamiento

Con la estructura de oferta y demanda actual del sistema de salud se gasta un 10,2 del PBI, lo cual es una cifra elevada para un país pobre, escaso para la forma de organización existente y para lo que le llega a la gente. Este porcentaje del PBI debe permitir la atención de los servicios de salud en el país, sumando los tres subsistemas, con una diferencia entre las cápita de cada uno de los sistemas, lo cual es inadmisible. Por lo cual existen francas asimetrías, que reproducen y multiplican falta de oportunidades.

No es posible financiar la salud con el impuesto al trabajo, menos si adicionamos la discapacidad y los nuevos medicamentos que han cuadruplicado sus costos de producción en las últimas décadas. La carga de enfermedad ha aumentado, hay más personas que tienen diabetes, hipertensión y cáncer. Existen tratamientos para enfermedades que antes no tenían como ser tratadas. Por lo tanto, se tienen recursos para mejorar las respuestas, pero no hay respuestas para financiarlas. Los salarios son proporcionalmente muy bajos y la carga impositiva es muy alta. Las innovaciones agregan más costos que resultados mientras que los resultados terminan siendo postergaciones de la muerte.

Aumenta el gasto de bolsillo por efecto del desfinanciamiento, surgiendo el copago como la herramienta para evitar el abuso moral. La salud no está en todas las políticas que deberían estar enfocándose en el bienestar de la población. Las obras de infraestructura salubrista sufren las mismas postergaciones que otras áreas de desarrollo social. Todavía se habla de agua potable y cloacas, como logros en las comunidades, cuando deberían ser considerados derechos fundamentales garantizados.

Las entidades intermedias profesionales y empresariales confunden su función gremial con la de pagadores para financiarse, lo que complica aún más el panorama. El complejo industrial médico tiene mucha penetración en el sistema de salud, lo que a menudo resulta en decisiones que priorizan el lucro sobre la calidad de atención a los pacientes. La cantidad de niños inmunizados en la actualidad es muy baja, una situación alarmante cuando antes éramos ejemplo de buenas prácticas en salud pública. Es importante tener en cuenta siempre que, si no se pone un alto a esta tendencia negativa, siempre se puede caer más.

Los pacientes, sus perjuicios, y el deterioro de su calidad de vida en general no le interesan a nadie, ya que no hay asignadas responsabilidades dentro de la maraña de la fragmentación, segmentación, y pérdida de longitudinalidad-continuidad que caracteriza al sistema. Gran parte de los recursos destinados a la atención de salud no llegan a los pacientes y se quedan en la intermediación, la burocracia, y un sistema que parece no funcionar en beneficio de quienes realmente lo necesitan.

Poco es lo que se puede gestionar, con tantos costos fijos que agobian al sistema, entonces la solución que encuentran es tener menos enfermeros y menos médicos, pero también peores cuidados. En esta lógica de recortes y disminuciones en el personal, la atención al paciente se ve seriamente comprometida.

No hay vocación, ni pensamiento de cambio. Hablamos desde el conocimiento ilustrado, nuestros cursos de supervivencia nos permiten disertar de cómo andar en aguas turbulentas o de querer estar omnipresentes en la comodidad del asesoramiento. Sin embargo, la realidad exige un cambio profundo en la forma en la que se gestiona la salud pública.

No se está midiendo el impacto de la desinversión, del retraso en los pagos, del endeudamiento sectorial, ni de los cambios en la distribución de los gastos. La falta de transparencia y responsabilidad en la gestión de los recursos públicos en salud continúa siendo un obstáculo formidable para lograr mejoras significativas. Esta ausencia de evaluación en las políticas de salud no solo perpetúa la crisis actual, sino que también pone en riesgo el futuro del sistema sanitario en su conjunto.

Conclusiones

Ha implotado el contrato social, y con ello se perdió el profundo valor que tenía la educación, la salud, el trabajo formal; estos pilares que solían sustentar el bienestar colectivo ahora parecen haberse desvanecido. La falta de garantías y derechos ha dejado a la población vulnerable, sin protección contra los riesgos individuales y los colectivos que surgen en un contexto de incertidumbre y precariedad. El naufragio del sistema de salud, que ha sido objeto de múltiples críticas, es tanto una consecuencia de la desinversión pública como una consecuencia de la sociedad que ha naturalizado la postergación mediante la enfermedad, convirtiendo el sufrimiento humano en un aspecto cotidiano e ineludible de la existencia. La reestructuración del tejido social es urgente, pues sólo así se podrá restaurar la confianza en estas instituciones y reconstruir un entorno donde la dignidad de la persona sea nuevamente priorizada.

No he perdido totalmente las esperanzas, tal vez por tener el refugio universitario, y el de una entidad social a la cual pertenezco, que me ofrecen un espacio seguro y estimulante para reflexionar sobre las problemáticas que nos rodean. Sin embargo, tampoco debemos dejar de advertir que tantas mentiras, cinismos, silencios y olvidos no harán nada para mejorar nuestra situación. Es evidente que mucho es lo que debemos transformar en nuestra sociedad, y el poder de rectoría del Gobierno sobre el sector salud no es suficiente para abordar los retos que enfrentamos. Este contexto nos obliga a reconocer que se requiere del compromiso genuino y el acuerdo con los otros actores sociales involucrados, quienes, lamentablemente, no declinarán privilegios tan fácilmente, aunque es vital que lo hagan para sostener derechos fundamentales. La realidad es que, conforme avanzamos en este camino, se ha visibilizado de manera clara que la colaboración y la transparencia son esenciales para lograr cambios significativos y duraderos.

Cierro este artículo con una frase de Mahatma Gandhi: Más vale ser vencido diciendo la verdad, que triunfar por la mentira.

Publicado por saludbydiaz

Especialista en Medicina Interna-nefrología-terapia intensiva-salud pública. Director de la Carrera Economía y gestión de la salud de ISALUD. Director Médico del Sanatorio Sagrado Corazon Argentina. 2010-hasta la fecha. Titular de gestión estratégica en salud

Deja un comentario