El tiempo es finito

Jenna Taglienti, Doctora en Medicina1,2JAMA 16 de abril  de 2026

doi: 10.1001/jama.2026.3656

Resumen

El texto reflexiona sobre el compromiso y el desgaste que implica la profesión médica, resaltando cómo las instituciones perduran más allá de los individuos, mientras que la familia y la vida personal son insustituibles. La autora reconoce el valor de la medicina y la formación, pero enfatiza que el agotamiento no debe aceptarse sin cuestionamiento y que ninguna profesión puede reemplazar la importancia de vivir plenamente y cuidar a quienes nos aman. Frente a la posibilidad de que el tiempo sea limitado, la jerarquía de prioridades se vuelve clara, reafirmando la necesidad de poner la vida personal en primer lugar.

Voy a empezar con algo que quizás les sorprenda.

Me veo joven. Me veo saludable. Parezco estar perfectamente bien.

Me consideraba sana: no fumadora de toda la vida. Esposa y madre de tres hijos. Psiquiatra y directora de un programa de residencia que adora a sus pacientes y a sus residentes.

Y entonces me diagnosticaron cáncer de pulmón. 1

Cuando me operaron de la lobectomía, no creía tener cáncer. Mis médicos tampoco. La lesión había crecido, sí. ¿Pero estadísticamente? ¿Una persona de 45 años que nunca había fumado? Seguía siendo improbable. Me operaron suponiendo que la lesión podría ser inflamatoria. Quizás una infección atípica. Tal vez algo raro pero benigno.

La operación no fue sencilla. Dos noches en el hospital. Un tubo torácico. Un dolor para el que no estaba preparada. En casa, dormía en un sillón reclinable porque no podía acostarme completamente plana. Mi marido se encargó de todo: los niños, las comidas, la logística. Familiares y amigos ayudaron con las actividades extraescolares. Yo me centré en recuperarme.

No me preocupaban los resultados de la patología. Ni un poquito. Diez días después, abrí el portal del paciente. El informe ya estaba allí.

Leí una palabra: adenocarcinoma. Recuerdo haber pensado: «Eso no puede ser correcto». Mi esposo estaba sentado en el sofá viendo la televisión. Lo dije en voz alta casi con naturalidad, como si al decirlo así pudiera restarle importancia. Me quitó la computadora portátil. «Eso es cáncer», dijo. Dejé de leer.

Me recosté en el mismo sillón reclinable y sentí que algo cambiaba, algo para lo que aún no encontraba palabras. La conmoción de aquel momento todavía se siente física. La semana siguiente se convirtió en una sucesión de citas, escáneres y planes de tratamiento.

El miedo que todo padre alberga silenciosamente pasó a primer plano. La posibilidad de no ver crecer a mis hijos ya no era algo abstracto.

Luego llegó la quimioterapia. Recuerdo la primera infusión: el suave zumbido de las máquinas, el medicamento transparente fluyendo por los tubos hasta mi vena. Sentada allí, me asaltó la desconcertante idea de que había dedicado años a darlo todo por mi trabajo. Ahora mi cuerpo me pedía algo que no podía negociar.

Me encantaba mi trabajo. Todavía me encanta. Me entregué por completo a él: a los residentes, a los pacientes, a los sistemas. Los residentes me dijeron después que no comprendieron del todo la profundidad e importancia de nuestro trabajo conjunto hasta que me fui.

Eso me importaba. Y, sin embargo, el programa continúa. Las conferencias de enseñanza siguen celebrándose. Las clínicas siguen funcionando. El sistema se adapta a las ausencias.

Eso no le resta valor a la obra. Simplemente me recuerda que las instituciones están diseñadas para perdurar más allá de los individuos. Por otro lado, las familias no.

Desde el primer día de la facultad de medicina, nos enseñan a ser perseverantes. Años de formación con poco dinero y largas jornadas porque, al final, valdrá la pena. La residencia refuerza esta lección. El agotamiento emocional se normaliza. La fatiga se convierte en prueba de compromiso. La postergación de la gratificación se convierte en identidad profesional.

Hay nobleza en ese compromiso, pero la perseverancia tiene un precio silencioso. La bandeja de entrada se llena. Las reuniones se multiplican. Los pequeños conflictos se acumulan. Los problemas son constantes e inmediatos. No son dramáticos. No son catastróficos. Simplemente son constantes. Y ese desgaste constante nos persigue hasta casa.

Creo en la medicina. Creo en la formación de la próxima generación. Creo en el significado de este trabajo. Lo que ha cambiado es mi disposición a aceptar el agotamiento sin cuestionarlo.

El significado de mi trabajo es profundo. El significado de mi presencia en casa es insustituible. Ante la posibilidad de que el tiempo sea finito, la jerarquía se vuelve inconfundible. La tolerancia al drama laboral disminuye. La energía que antes absorbía el «ruido» se vuelve valiosa.

Ningún título profesional reemplaza la dicha de ver crecer a un hijo. La lealtad institucional no te protege de las consecuencias de posponer tu propio cuidado. La medicina exige mucho, y nosotros damos con generosidad. Pero no puede arrebatármelo todo.

Estoy recibiendo tratamiento con intención curativa. Tengo esperanza. Soy fuerte. Pero ahora soy diferente. Ya no estoy dispuesta a seguir posponiendo la vida.

La medicina puede tener un significado extraordinario. Pero no puede sustituir la importancia de vivir plenamente. El mundo nos necesita como médicos. Pero quienes nos aman nos necesitan tal como somos.

Y ese es el papel que nadie más puede desempeñar.

Publicado por saludbydiaz

Especialista en Medicina Interna-nefrología-terapia intensiva-salud pública. Director de la Carrera Economía y gestión de la salud de ISALUD. Director Médico del Sanatorio Sagrado Corazon Argentina. 2010-hasta la fecha. Titular de gestión estratégica en salud

Deja un comentario