una crisis colectiva que exige acción estructural
Dr. Carlos Alberto Díaz
Profesor Titular — Universidad ISALUD
Basado en: Hagenaars LL, Ennis G, Hendlin YH. “Perjuicios de considerar la obesidad como una enfermedad individual.” JAMA Health Forum. 1 de mayo de 2026; 7(5):e260968. doi:10.1001/jamahealthforum.2026.0968
Más de mil millones de personas en el mundo viven con obesidad. La ciencia y la evidencia acumulada son contundentes: reducir esta epidemia a una falla individual o a un asunto estético no sólo es científicamente inexacto, sino políticamente conveniente para quienes se benefician del statu quo. Ha llegado el momento de llamar las cosas por su nombre.
Una epidemia de proporciones globales
La obesidad ha dejado de ser un fenómeno marginal. La Organización Mundial de la Salud (OMS) reporta que desde 1990 la prevalencia de la obesidad se ha más que duplicado en adultos, y cuadruplicado en adolescentes, configurando uno de los mayores desafíos sanitarios de la historia contemporánea. Se estima que para 2030, casi la mitad de la población adulta mundial tendrá sobrepeso u obesidad si las tendencias actuales se mantienen sin cambios.
América Latina no es la excepción. Países como México, Argentina, Chile y Brasil se encuentran entre las naciones con mayores tasas de obesidad en la región. Este fenómeno no reconoce fronteras de edad, género ni clase social, aunque afecta de manera desproporcionada a las poblaciones más vulnerables, quienes tienen menor acceso a alimentos nutritivos y menos herramientas para resistir los entornos alimentarios adversos.
El costo humano y económico es inconmensurable. La epidemia de obesidad se asocia directamente con las principales causas de muerte evitable en el mundo y representa una carga financiera billonaria para los sistemas de salud públicos y privados. Ignorar sus causas estructurales es, en el mejor de los casos, un error; en el peor, una decisión política.
Mucho más que un número en la balanza: las enfermedades asociadas
Reducir la obesidad a una cuestión estética —al aspecto de la persona frente al espejo— es una trivialización peligrosa. La evidencia clínica es inequívoca: la obesidad es un factor de riesgo mayor para un amplísimo espectro de enfermedades crónicas y agudas.
Entre las condiciones más directamente relacionadas se encuentran la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, las enfermedades cardiovasculares —incluyendo el infarto de miocardio y el accidente cerebrovascular—, la apnea del sueño, la esteatosis hepática no alcohólica, la osteoartritis, ciertos tipos de cáncer (colorrectal, de mama, de endometrio, entre otros) y trastornos de salud mental como la depresión y la ansiedad. La obesidad también complica el embarazo, eleva el riesgo quirúrgico y reduce la eficacia de numerosos tratamientos médicos.
Dicho de otro modo: cuando hablamos de obesidad, hablamos de años de vida perdidos, de calidad de vida disminuida, de familias golpeadas por enfermedades prevenibles. No de tallas de ropa ni de cánones estéticos. Este cambio de encuadre no es semántico: tiene consecuencias directas sobre las políticas públicas que se diseñan y las inversiones que se priorizan.
El mito de la fuerza de voluntad y la trampa del enfoque individual
Durante décadas, el discurso dominante ha presentado la obesidad como el resultado de decisiones individuales incorrectas: comer demasiado, moverse poco, carecer de disciplina. Este relato, cómodo para ciertos sectores industriales y políticos, ha permeado la cultura popular, los consultorios médicos y hasta las salas de deliberación legislativa.
Sin embargo, la ciencia lo refuta con claridad. La obesidad es una condición multifactorial en la que intervienen factores genéticos, metabólicos, psicológicos, socioeconómicos y, de manera determinante, ambientales. Las personas no desarrollan obesidad en un vacío: lo hacen inmersos en entornos alimentarios que han sido diseñados, con precisión industrial, para maximizar el consumo de productos ultraprocesados de alta densidad calórica, baja calidad nutricional y enorme poder adictivo.
Como señalan Hagenaars, Ennis y Hendlin en un reciente análisis publicado en el JAMA Health Forum (2026), el enfoque predominante que presenta la obesidad como una enfermedad que requiere tratamiento individual debilita el apoyo público y político para abordar las causas profundas de la epidemia. Paradójicamente, cuanto más se personaliza el problema —cuanto más se pone el foco en el individuo que lucha con su peso—, menos disposición colectiva existe para exigir las reformas estructurales que realmente podrían detener la epidemia.
Investigadores de la Universidad de Yale han documentado este efecto con solidez experimental: cuando un reportaje identifica a un niño o adulto con obesidad de manera personalizada, los lectores son consistentemente menos propensos a apoyar políticas de prevención que cuando el problema se presenta en términos colectivos y estructurales. La narrativa del individuo que sufre, lejos de generar solidaridad política, genera parálisis.
Los entornos obesogénicos: el verdadero campo de batalla
Hablar de obesidad sin hablar de los entornos alimentarios es hablar a medias. Las ciudades modernas han sido moldeadas, en gran parte, por los intereses de las industrias procesadoras de alimentos: publicidad omnipresente de productos ultraprocesados, particularmente dirigida a niños y adolescentes; subsidios estatales a materias primas baratas que abaratan los alimentos más nocivos; precios asimétricos que hacen que lo saludable cueste más que lo dañino; desiertos alimentarios en barrios populares donde la única opción accesible es la comida chatarra.
A esto se suma lo que los investigadores denominan la «carrera armamentística de la palatabilidad»: el efecto acumulativo de décadas de ingeniería de alimentos orientada a maximizar el deseo de comer más, mediante combinaciones precisas de azúcar, sal, grasa y aditivos que desactivan los mecanismos naturales de saciedad. No se trata de una metáfora: la neurociencia ha demostrado que estos alimentos activan los mismos circuitos de recompensa que las sustancias adictivas.
Exigir «fuerza de voluntad» a personas que viven en estos entornos es, en el mejor de los casos, una ingenuidad. En el peor, es una estrategia para desviar la responsabilidad de quienes la tienen: las corporaciones alimentarias, los reguladores que las permiten y los gobiernos que las subsidian.
La lección del tabaco: de la píldora a la política
El siglo XX ofrece un precedente poderoso. La epidemia del tabaquismo no se doblegó a base de parches de nicotina ni de campañas que imploraban a los fumadores tener más fuerza de voluntad. Se doblegó con impuestos, con restricciones de acceso, con prohibición de publicidad, con espacios libres de humo y con la exposición pública de las maniobras de desinformación de la industria tabacalera. Es decir, con política pública orientada a transformar el entorno, no solo a tratar al individuo.
La analogía con la obesidad es directa. Las herramientas existen: impuestos a las bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados —recomendados por la propia OMS—, etiquetado frontal claro y obligatorio, restricción de publicidad de comida chatarra dirigida a menores, regulación de los subsidios a commodities que distorsionan los precios a favor de lo insalubre, y fortalecimiento de los entornos alimentarios escolares. Muchos países han comenzado a aplicar algunas de estas medidas con resultados prometedores.
Lo que falta, en demasiados casos, es la voluntad política para sostenerlas frente a la presión de las industrias afectadas, que destinan recursos inconmensurables al cabildeo y a la producción de duda científica —otra táctica calcada del manual de la industria tabacalera.
El rol de la medicina y la trampa de los GLP-1
La irrupción de los fármacos agonistas del receptor GLP-1 —como la semaglutida— ha generado un entusiasmo comprensible en la comunidad médica y mediática. Su eficacia para reducir el peso en personas con obesidad es real y significativa, y su potencial para mejorar la calidad de vida de millones de pacientes no debe minimizarse.
Sin embargo, el debate público saturado por estos fármacos conlleva riesgos colaterales. Primero, consolida la narrativa de la obesidad como problema médico-individual, susceptible de ser resuelto con una inyección semanal, desincentivando la presión sobre los entornos que la provocan. Segundo, su costo hace que sean inaccesibles para la mayoría de las personas que más los necesitarían, reproduciendo y profundizando las inequidades en salud. Tercero, al crear la expectativa de una solución tecnológica, desplaza el espacio político y fiscal disponible para las medidas preventivas de mayor impacto poblacional.
La comunidad médica tiene aquí una responsabilidad especial. Como señalan los investigadores de JAMA Health Forum, los profesionales de la salud que tratan la obesidad podrían usar su credibilidad pública no sólo para hablar de tratamientos, sino para amplificar los debates políticos sobre las causas estructurales de la epidemia. Tratar a los pacientes con dignidad y sin estigma, al tiempo que se ejerce presión colectiva sobre los entornos que los enferman: eso sería actuar a la altura de la crisis.
Es tiempo de replantear el debate
Replantear la obesidad como un resultado de políticas públicas deficientes, influenciadas por intereses corporativos, generará resistencias. Las industrias alimentaria, farmacéutica y del bienestar se benefician económicamente del modelo actual —que patologiza al individuo sin transformar el entorno— y tienen capacidad y voluntad para defender ese modelo. Los responsables políticos que han sido permeados por estos intereses resistirán el cambio de encuadre.
Pero la ciudadanía, los medios de comunicación, los profesionales de la salud y la sociedad civil tienen el poder de forzar ese replanteo. La evidencia está disponible. Las herramientas de política pública existen. Lo que se requiere es la decisión colectiva de exigir que se apliquen.
La obesidad no es la historia de millones de personas que fallaron individualmente. Es la historia de un sistema económico y regulatorio que ha fallado colectivamente a esas personas. Y las historias colectivas tienen soluciones colectivas.
Editorial elaborado por el Dr. Carlos Alberto Díaz, Profesor Titular de la Universidad ISALUD. Este editorial toma como referencia central el análisis de Hagenaars LL, Ennis G, Hendlin YH. “Perjuicios de considerar la obesidad como una enfermedad individual.” JAMA Health Forum. Publicado en línea el 1 de mayo de 2026; 7(5):e260968. doi:10.1001/jamahealthforum.2026.0968