En un mercado que abarca siglos y civilizaciones, reyes, profetas, políticos, revolucionarios, predicadores y visionarios siguen vendiendo la misma mercancía: la esperanza.
David Getner 7 de junio de 2026. Diario do Poder.
Imagina una feria que abrió sus puertas hace miles de años y que nunca ha cerrado desde entonces.
No ocupa una plaza ni una ciudad. Se extiende a lo largo de la historia de la humanidad. Sus corredores atraviesan imperios, religiones, revoluciones, elecciones, guerras, crisis económicas y transformaciones tecnológicas. Millones de personas transitan por él cada día. En un puesto venden prosperidad. En el siguiente, seguridad. Más adelante, igualdad, justicia, riqueza, paz o salvación. Los vendedores cambian. Las banderas cambian. Las ideologías cambian. El empaquetado cambia. Pero la mercancía, sorprendentemente, sigue siendo la misma.
Esperanza.
Si un historiador intentara identificar el producto más vendido en la historia de la humanidad, probablemente comenzaría con los candidatos más obvios: oro, plata, sal, especias, petróleo o tecnología. Todos ellos han enriquecido imperios, transformado economías y marcado épocas. Sin embargo, ninguno ha encontrado tantos compradores como la esperanza. Desde que los humanos aprendieron a imaginar el futuro, alguien descubrió que era posible presentarlo como una promesa.
La fórmula ha perdurado durante milenios porque funciona. Los reyes prometieron gloria. Los profetas prometieron redención. Los revolucionarios prometieron igualdad. Los generales prometieron victoria. Los políticos prometieron prosperidad. Los visionarios prometieron un mundo nuevo. Cada época ha producido sus propios promotores del futuro, ocupando distintos puestos en este inmenso mercado humano.
Lo curioso es que muchas de estas promesas nunca podrían cumplirse exactamente como se anunciaban. Sin embargo, se siguen haciendo. Y siguen encontrando compradores.
Basta con observar el mundo actual. En prácticamente todos los países, surgen candidatos que prometen solucionar en pocos años problemas que han aquejado a sociedades enteras durante generaciones. Algunos prometen erradicar la pobreza sin explicar cómo una población puede enriquecerse sin una educación de calidad, una mayor productividad y un desarrollo económico sostenido. Otros prometen gravar a los multimillonarios que supuestamente controlan el sistema, aunque a menudo dependen del apoyo, la financiación o la influencia de personas cuya riqueza dista mucho de la que prometen combatir.
Hay candidatos que prometen transporte público gratuito en ciudades cuyos sistemas de transporte apenas logran sobrevivir a los déficits acumulados. Otros prometen congelar los alquileres sin reducir la oferta de vivienda. Algunos garantizan más beneficios sociales y menos impuestos simultáneamente, como si las matemáticas pudieran suspenderse durante una campaña electoral. Otros aseguran que las guerras alimentadas por rivalidades históricas, disputas territoriales, intereses estratégicos y regímenes autoritarios pueden resolverse en pocos días gracias a la llegada de un nuevo liderazgo.
En otro sector del mercado se encuentran los vendedores de prosperidad espiritual. Algunos prometen abundancia material en esta vida y felicidad eterna en la siguiente. Es una promesa particularmente elegante: nadie puede volver para comprobar si se cumplió. Más allá están quienes ofrecen protección allí donde el Estado ha fallado. Traficantes, milicias y grupos armados también venden esperanza. Prometen orden, seguridad y estabilidad. El verdadero precio suele revelarse solo después de firmar el contrato invisible.
También existen los promotores de utopías tecnológicas. En distintos momentos, han prometido que las nuevas máquinas, los nuevos sistemas o las nuevas tecnologías eliminarían problemas que la política, la economía e incluso la propia naturaleza humana no han logrado resolver durante siglos. La tecnología transforma las sociedades y abre un abanico de posibilidades extraordinarias. Pero, al igual que la política, la religión o la ideología, rara vez consigue erradicar las limitaciones de la condición humana.
Lo más intrigante, sin embargo, no es la existencia de los vendedores. Siempre han existido y probablemente siempre existirán. La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿por qué seguimos comprando?
Quizás porque los problemas son reales. La pobreza existe. La violencia existe. La desigualdad existe. La inseguridad existe. El sufrimiento existe. Cuando alguien ofrece una solución sencilla a un problema complejo, no solo presenta una propuesta. Ofrece alivio. Ofrece la posibilidad de creer que existe un atajo hacia un destino que normalmente requiere un largo camino.
Es precisamente en este punto donde las contradicciones desaparecen del envoltorio. La prosperidad requiere la producción de riqueza antes de su distribución. La educación requiere inversión y continuidad. La paz depende de la voluntad de todas las partes involucradas. La seguridad implica costos, restricciones y decisiones difíciles. El desarrollo económico lleva tiempo. Casi todos los grandes desafíos humanos conllevan inevitables compensaciones.
Sin embargo, las promesas imposibles tienen una ventaja extraordinaria sobre la realidad: ofrecen beneficios sin costes. Prometen riqueza sin esfuerzo, seguridad sin sacrificio, paz sin concesiones, derechos sin obligaciones y resultados sin tiempo. Son versiones del mismo producto, adaptadas política, religiosa o ideológicamente, cuidadosamente reposicionadas para diferentes públicos.
En muchos casos, ni siquiera es necesario que el vendedor crea plenamente en la promesa. Basta con que el comprador crea en ella.
Quizás por eso sobreviven a sus propios fracasos. Cuando una promesa no se cumple, rara vez desaparece. Simplemente cambia de lugar. Nuevos líderes reemplazan a los antiguos. Nuevos eslóganes sustituyen a los anteriores. Nuevas ideologías ocupan el lugar de las antiguas. Los vendedores se renuevan, pero la mercancía permanece expuesta en el escaparate.
En definitiva, quizás la historia de la humanidad pueda contarse como la de una feria interminable. Generación tras generación, recorremos los mismos pasillos, observando nuevas versiones de los mismos productos. Las voces que anuncian los productos cambian. Los nombres impresos en los envases cambian. Los rostros de los vendedores cambian. Pero seguimos buscando lo que nuestros antepasados buscaron hace miles de años.
Esperanza.
El producto más vendido de la historia.
Y las promesas imposibles siguen siendo el envoltorio preferido en el que, generación tras generación, elegimos llevarnos las cosas a casa.