Por David Gertner, Ph.D.
Nota del blog: Les entrego Un ensayo de doble ambición de entender la dificil realidad de la geopolítica actual y el comportamiento de los líderes.
Hay ensayos que eligen un carril y lo recorren con precisión. Y hay ensayos que asumen el riesgo de moverse entre el registro histórico y el filosófico-político, sabiendo que esa tensión no es un defecto estructural sino la fuente misma de su energía. «La geografía de la ausencia» pertenece a esta segunda familia, y lo hace con consciencia y ofício.
Gertner construye un texto que funciona en dos movimientos complementarios: primero, una meditación sobre el exilio como experiência histórica constitutiva del pueblo judío; segundo, una reflexión ética sobre cómo esa história ilumina —y debería iluminar— la manera en que leemos el presente. Que ambos movimientos coexistan no es torpeza. Es la apuesta central del ensayo, y en gran medida funciona.
La prosa y su economía
Uno de los rasgos más notables del texto es su contención. Gertner no sobreexplica, no adorna en exceso, no cede a la tentación de la erudición exhibicionista. Su prosa tiene la sobriedad de quien confía en que los hechos, bien ordenados, generan su propio peso emocional.
El ejemplo más claro es uno de los momentos más poderosos del ensayo:
«Seis millones de seres humanos fueron asesinados.»
Una sola oración. Sin adjetivos. Sin contexto inmediato. El aislamiento tipográfico hace todo el trabajo. Es un gesto literario maduro: saber cuándo el lenguaje debe hacerse a un lado y dejar que la realidad hable.
Esta misma economía aparece en la construcción de sus imágenes centrales. La idea de que «la memória se convierte en una patria propia» no es simplemente una metáfora decorativa —es la tesis filosófica del ensayo formulada en una imagen. Ahí Gertner logra algo que pocos ensayistas consiguen: que el pensamiento abstracto y la expresión poética sean exactamente la misma cosa.
Texto original:
Algunos pueblos han visto su historia escrita por emperadores, ejércitos y fronteras. Otros han dejado su huella a través de monumentos, revoluciones o conquistas. La historia del pueblo judío parece haber seguido un camino diferente. Se puede contar a través de ciudades abandonadas, casas dejadas atrás, comunidades destruidas, cementerios dispersos por continentes y sucesivas migraciones forzadas que se extienden a lo largo de más de dos milenios.
Pocos pueblos han descubierto con tanta frecuencia que lo que llamaban hogar no era más que un préstamo temporal de la historia.
Quizás por eso la memoria ocupa un lugar tan central en la experiencia judía. Cuando la seguridad que brinda la geografía se pierde una y otra vez, uno aprende a habitar la geografía del recuerdo. La memoria se convierte en una patria propia. No una patria capaz de prevenir guerras, expulsiones o persecuciones, pero sí lo suficientemente resistente como para sobrevivir a ellas.
La experiencia del exilio ha acompañado la historia judía desde la antigüedad. Cuando Jerusalén fue conquistada por los babilonios en el siglo VI a. C. y el Primer Templo fue destruido, una parte significativa de la población fue exiliada lejos de su tierra. Siglos después, la destrucción romana del Segundo Templo y la derrota de las revueltas judías transformarían una tragedia local en una diáspora global. Roma no solo buscaba aplastar una rebelión, sino debilitar el vínculo entre un pueblo y su tierra. Jerusalén fue reconstruida como ciudad romana, Judea perdió su nombre original y una dispersión que perduraría durante siglos cobró nueva fuerza.
Cabría suponer que una sucesión tan prolongada de derrotas acabaría por disolver una identidad colectiva. La historia está repleta de pueblos que desaparecieron tras perder su territorio, sus instituciones o su idioma. Sin embargo, algo inusual ocurrió con los judíos. Perdieron el Estado, pero conservaron la memoria. Perdieron la soberanía, pero mantuvieron su identidad. Se dispersaron por los continentes, pero conservaron una narrativa común sobre quiénes eran, de dónde venían y la tradición a la que pertenecían.
Sin embargo, esa permanencia tuvo un precio muy alto.
Durante la Edad Media y los inicios de la Edad Moderna, los judíos vivieron en gran parte de Europa, pero rara vez en condiciones de plena seguridad. Su presencia dependía de la tolerancia de reyes, nobles y autoridades religiosas. En épocas de prosperidad, eran aceptados. En tiempos de crisis, se convertían en sospechosos. Se les acusaba de propagar epidemias, conspirar contra los gobernantes, controlar las finanzas, amenazar la religión dominante o ejercer una influencia excesiva. Las acusaciones cambiaban con el tiempo; los acusados, sin embargo, seguían siendo los mismos.
Así, comunidades enteras desaparecieron de Inglaterra a finales del siglo XIII. Lo mismo ocurrió en Francia. Más tarde, en España, una de las civilizaciones judías más brillantes de la historia fue destruida por la expulsión de 1492. En Portugal, pocos años después, miles de personas se vieron obligadas a convertirse o exiliarse. En cada generación, se repetía una escena familiar: familias que abandonaban sus hogares, negocios, bibliotecas, sinagogas y cementerios para empezar de nuevo en otro lugar, casi siempre con la esperanza de encontrar estabilidad esta vez. Rara vez la encontraban. Sin embargo, volvían a empezar.
Quizás uno de los aspectos más extraordinarios de la historia judía sea precisamente esta capacidad de reconstrucción. Cada expulsión dio origen a nuevas comunidades. Cada dispersión creó nuevos centros culturales. Cada intento de borrado fue seguido de reinvención. La supervivencia se convirtió no solo en una necesidad, sino en un rasgo definitorio de la experiencia histórica judía.
El siglo XIX trajo consigo los pogromos de Europa del Este. Millones de judíos abandonaron el Imperio ruso y buscaron refugio principalmente en Estados Unidos y otras partes de América. Pero lo peor aún estaba por llegar.
El Holocausto no fue simplemente otro capítulo de persecución. Fue el más oscuro de todos: una ruptura moral sin precedentes. Por primera vez, un Estado moderno utilizó su burocracia, su tecnología, su capacidad industrial y su maquinaria administrativa para lograr un objetivo explícito de exterminio. No se trataba de expulsar a los judíos. No se trataba de convertirlos. Ni siquiera se trataba de subordinarlos. Se trataba de eliminarlos.
Seis millones de seres humanos fueron asesinados.
La Europa judía, que durante siglos había sido el principal centro de la vida judía en el mundo, emergió de la Segunda Guerra Mundial irreconocible. Comunidades enteras habían desaparecido. Familias enteras habían sido borradas de la historia. Los supervivientes descubrieron que no había adónde regresar. Sus hogares estaban ocupados. Sus parientes habían muerto. Sus ciudades ya no eran las mismas.
Fue en este contexto que nació el Estado moderno de Israel.
Sin embargo, reducir su creación a una consecuencia del Holocausto es ignorar una historia mucho más larga. El vínculo entre el pueblo judío y esa tierra precede al surgimiento del cristianismo por muchos siglos y al del islam por más de un milenio. Jerusalén ya era el centro político y espiritual de la civilización judía cuando Roma aún era una república. La presencia judía en la región nunca desapareció por completo, aunque varió en tamaño a lo largo de los siglos.
En 1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó un plan de partición que preveía la creación de dos estados, uno judío y otro árabe, en los territorios entonces administrados bajo el Mandato Británico. Los líderes judíos aceptaron la propuesta; los líderes árabes la rechazaron. La guerra estalló incluso antes de la independencia formal de Israel. Desde entonces, la región ha vivido con un conflicto cuya complejidad desafía las explicaciones sencillas y cuyas consecuencias humanas han marcado a israelíes y palestinos durante generaciones.
Sin embargo, la creación de Israel no puso fin al largo ciclo histórico de desplazamiento judío. Entre finales de la década de 1940 y la de 1970, aproximadamente 850.000 judíos huyeron o fueron expulsados de países árabes y otras partes del mundo musulmán. Comunidades que habían florecido durante siglos —y en algunos casos durante más de dos mil años— prácticamente desaparecieron.
Judíos de Irak, Egipto, Yemen, Libia, Siria, Marruecos y otros países dejaron atrás hogares, negocios, escuelas, yeshivás, sinagogas, bibliotecas, cementerios y la herencia acumulada de generaciones. Muchos llegaron a Israel con poco más que lo que pudieron llevar consigo. Otros emigraron a Europa o América. Una vez más, una comunidad judía se vio obligada a reconstruir su vida lejos de las tierras que habían sido su hogar durante siglos.
Aun así, esta lista dista mucho de ser exhaustiva. La historia judía no se reduce a una sola expulsión ni a una sola diáspora, sino a muchas. Babilonia, Roma, Inglaterra, Francia, España, Portugal, partes de Europa del Este, el mundo árabe e incontables otros lugares conforman una geografía de ausencia construida a lo largo de más de dos milenios. Cada generación heredó no solo una tradición, sino también la memoria de un lugar que había dejado atrás.
Nada de esto significa que Israel esté exento de críticas. Ningún país lo está. Ninguna democracia lo está. Los gobiernos cometen errores. Los líderes toman malas decisiones. Las estrategias pueden ser cuestionadas. Las políticas públicas pueden —y deben— ser objeto de debate. Los propios israelíes lo hacen con notable intensidad y frecuencia.
Sería reconfortante creer que la larga historia de persecución pertenece al pasado, que las expulsiones colectivas, la discriminación legal y los prejuicios sistemáticos son reliquias de una humanidad menos ilustrada.
Pero la historia rara vez desaparece.
Con mayor frecuencia, cambia de idioma.
Los símbolos evolucionan. Los lemas se renuevan. Las justificaciones se adaptan al espíritu de cada época. El impulso permanece.
Es aquí donde una distinción fundamental se vuelve esencial. Criticar a un gobierno no es lo mismo que cuestionar la existencia de un país. Discrepar con una política no es lo mismo que negar a un pueblo el derecho a la autodeterminación nacional. Y responsabilizar a los judíos de todo el mundo por las acciones de cualquier gobierno no es una forma de activismo político. Es una de las expresiones más antiguas de antisemitismo.
Esa distinción ha cobrado especial importancia en los últimos años. El aumento de los ataques contra sinagogas, escuelas, centros comunitarios, estudiantes e instituciones judías en numerosos países no puede explicarse simplemente como una crítica a la política exterior israelí. Cuando judíos en París, Londres, Nueva York, Buenos Aires o Melbourne se convierten en blanco de hostilidad debido a sucesos que tienen lugar a miles de kilómetros de distancia, ya no presenciamos un debate sobre gobiernos o fronteras. Nos enfrentamos a la antigua idea de la responsabilidad colectiva judía por acontecimientos que trascienden a cualquier individuo.
Cuando la hostilidad deja de dirigirse hacia políticas, gobiernos o decisiones específicas y, en cambio, se dirige contra los judíos como individuos o comunidades, ya no estamos ante una crítica política.
Nos enfrentamos al antisemitismo.
En muchas universidades, movimientos sociales, organizaciones internacionales y espacios digitales, se ha vuelto común escuchar que Israel es el país más odiado del mundo o que casi toda la humanidad condena su existencia. La evidencia sugiere una realidad más compleja. Existen críticas significativas a las políticas israelíes y a las acciones de gobiernos específicos. Sin embargo, quizás la pregunta más interesante no sea si tales críticas existen.
La pregunta es otra.
¿Por qué ciertos conflictos captan la atención moral del mundo con tanta intensidad, mientras que tragedias igualmente devastadoras —y a menudo mucho más largas y mortíferas— reciben una atención incomparablemente menor?
En las últimas décadas, las guerras y las crisis humanitarias en el Congo, Sudán, Siria, Yemen, Somalia, Haití, Ucrania, Venezuela y otras regiones han provocado millones de muertes, refugiados y desplazados. Algunas han devastado sociedades enteras durante años. Otras permanecen prácticamente invisibles para gran parte de la opinión pública internacional. Plantear esta pregunta no implica minimizar el sufrimiento palestino ni eximir a Israel de sus errores. Simplemente implica reconocer que el sufrimiento humano no debe clasificarse según consideraciones políticas, ideológicas o mediáticas.
El verdadero humanismo no elige a sus víctimas favoritas. No mide la dignidad humana según la nacionalidad, la religión o la utilidad política de una causa. Se lamenta ante todas las tragedias.
Quizás sea precisamente aquí donde la historia vuelve a proyectar su sombra sobre el presente.
A lo largo de los siglos, los judíos han sido frecuentemente convertidos en símbolos de problemas mucho mayores que ellos mismos. Se les ha culpado de epidemias, crisis económicas, derrotas militares, transformaciones sociales y ansiedades colectivas. Las circunstancias cambiaron. El lenguaje cambió. La necesidad de encontrar un culpable permaneció.
Es imposible observar esta larga historia sin notar ciertas continuidades inquietantes.
La cuestión central de este ensayo no es si un gobierno israelí en particular merece críticas. Por supuesto que sí, como cualquier gobierno. Tampoco es si los palestinos merecen dignidad, seguridad y un futuro. Por supuesto que sí.
Pero hay una pregunta aún más difícil.
Tras más de dos mil años de expulsiones, persecuciones, masacres, discriminación legal e intentos de aniquilación, ¿por qué el único estado judío del mundo sigue siendo, para tanta gente, el único cuya legitimidad continúa siendo objeto de debate?
Quizás no haya una respuesta sencilla.
Pero la mera existencia de esta pregunta debería inquietarnos.
Después de todo, pocos pueblos han pasado tantos siglos descubriendo que lo que parecía permanente podía desvanecerse de una generación a otra. Pocos han sido expulsados de tantos lugares, perseguidos bajo tantas banderas y acusados con tantos pretextos diferentes.
La historia del pueblo judío no es simplemente la historia de una minoría.
Es la historia de una advertencia.
Nos recuerda que el prejuicio rara vez desaparece. Con mayor frecuencia, se adapta. Cambia su lenguaje, sus símbolos y sus justificaciones, manteniendo intacta la convicción de que ciertos seres humanos deben justificar su derecho a existir.
Y cada vez que una sociedad llega a ese punto, lo que se juzga no es simplemente el destino de los perseguidos.
Es el carácter moral de la civilización misma.
David Gertner nació en Brasil, hijo de judíos de Europa del Este cuyas familias fueron desplazadas por las persecuciones y convulsiones que marcaron el siglo XX. Ha vivido en Estados Unidos durante más de tres décadas. Escribe sobre la memória, la identidad, la história, la ética y la condición humana.