Ensayo académico — Revisión bibliográfica
Dr. Carlos Alberto Díaz.
Profesor Titular Universidad ISALUD.
Gerente Médico Sanatorio Sagrado Corazón. Hospital Universitario.
Resumen
Las redes sociales constituyen hoy uno de los entornos de socialización, información y consumo más relevantes para adolescentes, adultos y la población en general. Este ensayo realiza una revisión bibliográfica narrativa sobre cuatro ejes interrelacionados: la alfabetización digital como herramienta de afrontamiento crítico ante el ecosistema digital, la utilización de las redes sociales en programas de salud pública, el fenómeno de la adicción o uso problemático de estas plataformas, y la influencia de los creadores de contenido o influencers sobre las decisiones de consumo y el bienestar psicológico. Se concluye que las redes sociales no son intrínsecamente perjudiciales ni benéficas: su impacto depende del tipo de uso, del nivel de competencia digital crítica de la población y del diseño ético —o no— de las plataformas y de quienes producen contenido en ellas. Se plantea la necesidad de políticas públicas, programas educativos y estrategias de gestión institucional que integren la alfabetización digital como eje central de prevención.
Palabras clave: redes sociales; alfabetización digital; salud pública; adicción al comportamiento; influencers; salud mental.
Abstract: Social media platforms are currently among the most relevant environments for socialization, information exchange, and consumption for adolescents, adults, and the general population. This essay presents a narrative literature review organized around four interrelated axes: digital literacy as a tool for critical engagement with the digital ecosystem; the use of social media in public health programs; the phenomenon of addiction or problematic use of these platforms; and the influence of content creators or influencers on consumption decisions and psychological well-being. It concludes that social media are neither intrinsically harmful nor beneficial: their impact depends on the type of use, the population’s level of critical digital competence, and the ethical—or non-ethical—design of platforms and content producers. The essay emphasizes the need for public policies, educational programs, and institutional management strategies that integrate digital literacy as a central axis of prevention.
Keywords: social media; digital literacy; public health; behavioral addiction; influencers; mental health.

1. Introducción
Desde su aparición a finales de la década de 1990, las redes sociales han transformado de manera profunda la forma en que las personas se comunican, construyen su identidad y acceden a la información. Boyd y Ellison definieron a estos servicios como plataformas basadas en la web que permiten a los individuos construir un perfil público o semipúblico, articular una lista de contactos con quienes comparten una conexión, y visualizar y recorrer dicha lista de conexiones dentro de un sistema delimitado (1). Esta definición, formulada hace casi dos décadas, continúa siendo la referencia conceptual más citada en la literatura científica, aun cuando las plataformas actuales —Instagram, TikTok, X, YouTube— han incorporado funciones de recomendación algorítmica, contenido efímero y monetización que exceden ampliamente aquel diseño inicial centrado en el perfil y el contacto.
El crecimiento exponencial del número de usuarios y del tiempo de exposición diaria a estas plataformas ha situado a las redes sociales en el centro de la agenda de salud pública, educativa y social. Diversos estudios advierten que el uso intensivo de redes sociales se asocia con un aumento significativo de síntomas de ansiedad y depresión en adolescentes, particularmente vinculado a dinámicas de comparación social, búsqueda de validación mediante “me gusta” y exposición al ciberacoso (2,3). Al mismo tiempo, estas mismas plataformas han sido adoptadas como herramientas legítimas de comunicación sanitaria, vigilancia epidemiológica y educación para la salud, lo que revela la naturaleza ambivalente del fenómeno.
Este ensayo se propone abordar dicha ambivalencia a través de cuatro ejes que, aunque distintos, se encuentran estrechamente interconectados: en primer lugar, la alfabetización digital como competencia necesaria para gestionar de forma crítica el entorno digital; en segundo lugar, la utilización de las redes sociales como instrumento dentro de los programas de salud; en tercer lugar, el fenómeno de la adicción o uso problemático de redes sociales y sus mecanismos neuropsicológicos; y en cuarto lugar, el papel de los influencers como nuevos prescriptores de hábitos de consumo, estilo de vida y, en ocasiones, información sanitaria no siempre verificada. El objetivo es ofrecer una mirada integradora que permita pensar estrategias de gestión —individual, institucional y de política pública— frente a los efectos de las redes sociales sobre la salud de la población.
2. Alfabetización digital: la primera línea de gestión frente al entorno de redes sociales
El concepto de alfabetización digital fue propuesto inicialmente por Bawden como una ampliación de la alfabetización informacional clásica, entendida como el conjunto de competencias necesarias para localizar, evaluar y utilizar información de manera crítica en entornos mediados por tecnología (5). A diferencia de una alfabetización meramente instrumental —saber operar un dispositivo o una aplicación—, la alfabetización digital contemporánea implica comprender el funcionamiento de los algoritmos, identificar fuentes fiables, reconocer publicidad encubierta y desarrollar una postura reflexiva ante el contenido consumido.
La evidencia reciente confirma que un nivel insuficiente de alfabetización digital constituye un factor de vulnerabilidad transversal. Un informe elaborado en España en 2025 señala que una menor alfabetización digital limita la capacidad de niños, niñas y adolescentes para beneficiarse de manera segura de la tecnología, y que esta limitación se agrava en contextos de vulnerabilidad socioeconómica o de ausencia de acompañamiento familiar adecuado (4). En la misma línea, un estudio publicado en 2025 sobre la incidencia de las redes sociales en la adolescencia sostiene que la alfabetización digital emerge como una herramienta clave para abordar los retos actuales del entorno digital, en la medida en que implica no solo el uso de las tecnologías sino también la comprensión de los riesgos asociados a ellas (3).
Resulta especialmente relevante el hallazgo, reportado por Pew Research y recogido en publicaciones de divulgación científica de 2025, de que la mayoría de los adolescentes no son plenamente conscientes del funcionamiento de los algoritmos que median su experiencia digital, lo cual los expone a manipulaciones informativas o afectivas sin que dispongan de las herramientas críticas para identificarlas (7). Esta brecha entre el uso intensivo de las plataformas y la comprensión de su lógica de funcionamiento configura lo que algunos autores denominan una “paradoja de la nativa digital”: haber crecido rodeado de tecnología no equivale a poseer competencias críticas para gestionarla.
2.1. De la alfabetización instrumental a la alfabetización crítica y emocional
La literatura especializada distingue entre una alfabetización digital de carácter instrumental —orientada al manejo técnico de dispositivos y aplicaciones— y una alfabetización digital crítica y afectiva, que incluye la capacidad de regular las propias emociones frente a estímulos digitales, establecer límites de uso saludables y ejercer lo que se ha denominado “empatía digital” en las interacciones en línea (6). Esta distinción resulta central para el diseño de programas educativos, ya que enseñar a usar una plataforma no es equivalente a enseñar a usarla de forma saludable.
En este sentido, una revisión sistemática publicada en 2025 concluye que los programas centrados en alfabetización digital crítica, bienestar emocional y ética en redes sociales pueden reducir los efectos negativos del uso de estas plataformas y fomentar una relación más equilibrada con la tecnología, siempre que dichos programas se articulen con los marcos de salud pública orientados al bienestar integral de la población joven (6). La promoción del diálogo abierto entre familias, instituciones educativas y adolescentes, junto con la regulación interna del propio comportamiento digital, se identifica como un factor que puede marcar la diferencia entre un entorno digital que erosiona el bienestar y uno que potencia el desarrollo humano de forma sostenible (6).
Desde la perspectiva de la gestión —tanto personal como institucional—, la alfabetización digital cumple una función preventiva que antecede a cualquier intervención clínica o regulatoria. Organizaciones educativas, familias y formuladores de política pública son identificados como los tres actores clave para sostener este proceso: las primeras debiendo integrar la alfabetización digital crítica de manera transversal en el currículo, las familias asumiendo un rol de acompañamiento basado en la escucha y no en la vigilancia punitiva, y los segundos diseñando marcos normativos que regulen el diseño de las plataformas y protejan los datos personales de las personas menores de edad(7).
3. La utilización de las redes sociales en los programas de salud
Frente a la imagen predominantemente negativa que suele asociarse a las redes sociales, resulta necesario reconocer su creciente utilización como herramienta legítima dentro de los programas de promoción de la salud. La Organización Mundial de la Salud define la promoción de la salud como el proceso de capacitar a las personas, individual y colectivamente, para aumentar el control sobre los determinantes de su salud y, con ello, mejorarla (9), un objetivo para el cual las redes sociales ofrecen un canal de alcance y bidireccionalidad sin precedentes en la historia de la comunicación sanitaria.
Las organizaciones de salud y los profesionales sanitarios utilizan estas plataformas para interactuar de manera directa y personalizada con la población, difundiendo información actualizada sobre tratamientos, medidas preventivas y campañas de vacunación (10). Esta función se evidenció de manera particularmente clara durante la pandemia de COVID-19, cuando organismos como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y la propia Organización Mundial de la Salud emplearon de forma sistemática las redes sociales para difundir orientaciones sanitarias, mientras plataformas como Facebook redirigían a sus usuarios hacia fuentes oficiales de información (12).
3.1. Beneficios documentados: comunicación, vigilancia y educación sanitaria
Entre los beneficios documentados del uso de redes sociales en salud pública se destaca, en primer lugar, la capacidad de difusión masiva e inmediata: una publicación puede alcanzar a miles de personas en segundos, superando ampliamente la velocidad de los canales tradicionales de comunicación institucional (10). En segundo lugar, se señala la posibilidad de interacción directa entre la población y los profesionales de la salud, lo que favorece la comprensión y el compromiso con la información sanitaria compartida, permitiendo además a los pacientes participar de manera más activa en la toma de decisiones sobre su propio cuidado (10).
En tercer lugar, las redes sociales se han consolidado como un instrumento de vigilancia epidemiológica complementaria, dado que el análisis de tendencias de búsqueda y de menciones en estas plataformas permite detectar de forma temprana brotes o variaciones en la percepción pública sobre determinados riesgos sanitarios (11). Finalmente, se reconoce su valor educativo: la creación de contenido como infografías, videos breves y publicaciones interactivas contribuye a transformar información médica compleja en mensajes comprensibles para públicos no especializados, además de aumentar la visibilidad y el impacto de la investigación científica mediante indicadores de difusión digital (10).
3.2. Riesgos y límites: desinformación y necesidad de gestión institucional
No obstante, la utilización de redes sociales en salud conlleva riesgos que requieren una gestión institucional deliberada. La ausencia de control editorial sobre lo que se publica favorece la circulación de información inexacta o directamente errónea, un problema especialmente grave cuando se trata de consejos de salud, y que se ve agravado por la dificultad de buena parte de la población para distinguir fuentes fiables de fuentes no verificadas (11). Este fenómeno, descrito en la literatura como infodemia, fue particularmente visible durante la pandemia, cuando las mismas plataformas que difundían orientación oficial se convirtieron también en canales de propagación de rumores y desinformación deliberada (12).
Por esta razón, la gestión institucional de la presencia en redes sociales por parte de organismos de salud exige protocolos claros: distinguir entre el uso de perfiles personales e institucionales, atender a las responsabilidades éticas inherentes a la práctica profesional incluso cuando la interacción ocurre fuera del horario laboral, y establecer mecanismos de verificación de la información antes de su difusión. La evidencia sugiere que la eficacia de las redes sociales como herramienta de salud pública depende menos de la plataforma en sí misma que de la estrategia de gestión —contenido, frecuencia, verificación y respuesta a la interacción— que las instituciones sanitarias logren implementar de forma sostenida.
4. Adicción a las redes sociales: del uso problemático al debate clínico
El término “adicción a las redes sociales” se utiliza con frecuencia tanto en el lenguaje cotidiano como en la literatura científica; sin embargo, hasta la fecha no se encuentra reconocido como un trastorno independiente en los principales manuales diagnósticos internacionales, ni en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales en su quinta edición revisada, ni en la Clasificación Internacional de Enfermedades en su undécima versión (15,16). Esta última sí reconoce, en cambio, el trastorno por uso de videojuegos, lo que evidencia que el debate sobre el estatus clínico de la adicción a redes sociales permanece abierto entre la comunidad científica (17).
El antecedente conceptual más relevante se encuentra en los trabajos pioneros de Young sobre adicción a Internet, que a finales de la década de 1990 identificaron en usuarios frecuentes signos clínicos compatibles con los criterios diagnósticos empleados entonces para el juego patológico (13). A partir de esa base, la investigación sobre adicciones comportamentales digitales se ha extendido específicamente al ámbito de las redes sociales en línea, entendido como una modalidad particular dentro del espectro más amplio de la adicción a Internet.
4.1. Mecanismos neuropsicológicos y motivaciones del uso problemático
Desde el punto de vista neurobiológico, el diseño de las plataformas de redes sociales aprovecha deliberadamente los mecanismos cerebrales de recompensa, liberando dopamina ante cada notificación, “me gusta” o comentario recibido, lo que genera un ciclo de refuerzo que dificulta la autorregulación del tiempo de uso(17). La investigación identifica cuatro motivaciones principales en la raíz del uso problemático de redes sociales: el efecto novedad asociado a la incorporación de nuevas tecnologías, el miedo a quedarse fuera o FoMO (por sus siglas en inglés, Fear of Missing Out), la búsqueda de validación social a través de métricas de interacción, y la evitación del afrontamiento de problemas o emociones desagradables mediante la distracción digital (24).
Entre las conductas que permiten identificar un uso problemático se incluyen la pérdida de control, manifestada en intentos fallidos de reducir el tiempo de uso; la priorización de las redes sociales sobre otras actividades, con el consecuente descuido de responsabilidades académicas, laborales o relacionales; la aparición de síntomas de abstinencia como ansiedad, irritabilidad o tristeza ante la imposibilidad de acceder a las plataformas; y la tolerancia, entendida como la necesidad de aumentar progresivamente el tiempo o la intensidad de uso para alcanzar el mismo nivel de satisfacción(17).
4.2. Evidencia empírica sobre consecuencias en la salud
La evidencia empírica disponible muestra asociaciones consistentes, aunque heterogéneas, entre el uso problemático de redes sociales y distintos indicadores de salud mental. Un metaanálisis centrado en el período 2020-2025 encontró una correlación positiva moderada entre el uso problemático de redes sociales y el estrés percibido, explicada por vías como la sobrecarga de información, la presión por mantener una imagen idealizada en línea y la interferencia con el sueño y otras actividades restauradoras (32). El mismo trabajo advierte, no obstante, que la heterogeneidad estadística observada en los estudios de ansiedad y estrés fue sustancial, lo que sugiere la existencia de factores moderadores —tipo de uso, contenido consumido, características individuales— que condicionan la magnitud del efecto (32).
En jóvenes adultos, un estudio cuantitativo correlacional encontró asociaciones positivas entre la adicción a redes sociales y los niveles de depresión, ansiedad y estrés medidos mediante escalas validadas, identificando que la obsesión por mantenerse informado y la necesidad percibida de estar permanentemente conectado se relacionaban de forma significativa con el malestar emocional reportado (33). Asimismo, se ha documentado que el riesgo de adicción a redes sociales constituye un factor asociado al consumo de sustancias como alcohol y tabaco, a la adopción de hábitos alimenticios poco saludables y a una menor actividad física, con independencia de otras variables demográficas (18).
El uso nocturno de redes sociales merece una mención particular: una revisión sistemática de 2024 relacionó este patrón de uso con alteraciones del sueño que, a su vez, incrementan la irritabilidad, la ansiedad y la disfunción cognitiva tanto en adolescentes como en jóvenes adultos (20). Por su parte, estudios longitudinales sugieren que el uso elevado de redes sociales durante la adolescencia temprana predice un incremento sostenido de síntomas depresivos en los años siguientes, lo cual apunta a un efecto acumulativo que trasciende la exposición puntual (22).
Cabe señalar, en términos de honestidad científica, que no toda la evidencia disponible es concluyente ni unánime. Una revisión sistemática con metaanálisis orientada a examinar la relación bidireccional entre el uso de redes sociales y los trastornos mentales encontró un tamaño del efecto pequeño junto con una elevada heterogeneidad entre estudios, lo que llevó a sus autores a enfatizar que la investigación futura debería concentrarse en identificar qué tipos específicos de uso resultan perjudiciales o beneficiosos, en lugar de continuar empleando medidas generales de tiempo de exposición que probablemente encubren patrones de consumo muy heterogéneos(23). Esta observación resulta clave para evitar simplificaciones excesivas en el debate público sobre redes sociales y salud mental.
5. Influencers: nuevos prescriptores de consumo, identidad y salud
El fenómeno de los influencers o creadores de contenido representa una de las transformaciones más significativas en la forma en que se construyen la confianza, la identidad y las decisiones de consumo en el entorno digital. Estas figuras han pasado a ocupar espacios que tradicionalmente correspondían a líderes políticos, religiosos o a los medios de comunicación masivos, ejerciendo una influencia que en muchos casos resulta tan relevante —o más— que la de las figuras de autoridad tradicionales en la construcción de opiniones y valores sociales(30).
5.1. Influencia sobre la autoestima y la salud mental
Un estudio realizado por la Universitat Pompeu Fabra con 4.800 adolescentes europeos en 2024 reveló que el 77 % de las chicas jóvenes encuestadas considera que las cuentas de influencers que sigue influyen en su estado de ánimo y en su confianza en sí mismas (29). El mismo trabajo señala que los mecanismos de validación social presentes en estas plataformas, como el número de comentarios o de “me gusta” recibidos, tienden a polarizar aún más las emociones de quienes los experimentan, al punto de que una publicación con bajo rendimiento puede por sí sola desencadenar malestar emocional significativo (29).
Investigadores de la Universidad de Piura señalan que la exposición constante a contenido publicitario promovido por influencers puede generar expectativas poco realistas sobre la imagen corporal, el estilo de vida y el éxito personal, lo cual repercute negativamente en la autoestima de adolescentes y jóvenes que se encuentran en una etapa crítica de construcción identitaria (27). En la misma dirección, especialistas de la Universitat Pompeu Fabra advierten que este tipo de marketing emocional, fundamentado en la identificación afectiva con la figura del influencers, refuerza patrones de consumo y estándares estéticos difíciles de alcanzar, generando frustración, ansiedad y una baja autovaloración en quienes no logran aproximarse a dichos estándares (26).
5.2. Influencers, salud y desinformación
Un ámbito de preocupación creciente es la difusión de consejos de salud por parte de personas sin formación médica ni respaldo científico verificable. Datos recogidos por The BMJ indican que más del 70 % de los adultos jóvenes en Estados Unidos sigue a algún influencer y que más del 40 % ha comprado productos recomendados por estas figuras, mientras que en Austria se reportó que el 83 % de los jóvenes ha estado expuesto a contenido de salud promovido por influencers en redes sociales (28). La revisión científica citada advierte sobre la existencia de asesoramiento médico perjudicial y sesgado por parte de algunos influencers, frecuentemente vinculado a la falta de experiencia clínica y a conflictos de interés financieros no declarados (28).
Este escenario plantea un desafío específico de gestión tanto para las plataformas como para los sistemas de salud: mientras que algunos perfiles administrados por profesionales de la psicología u otras disciplinas sanitarias contribuyen efectivamente a visibilizar y desestigmatizar problemáticas de salud mental (31), otros perfiles sin respaldo profesional difunden información no verificada que puede inducir a decisiones de salud inadecuadas. La ausencia generalizada de señalización clara sobre contenido patrocinado agrava este problema, en la medida en que dificulta que la audiencia distinga entre recomendación genuina y publicidad encubierta, lo que ha llevado a plantear la necesidad de regulaciones más estrictas orientadas a proteger a los consumidores de información sanitaria en redes sociales (30).
Desde la perspectiva sociológica, la identidad de los influencers ha sido descrita como “líquida y efímera”, retomando la noción de modernidad líquida propuesta por Bauman, en tanto se transforma constantemente para adaptarse a tendencias cambiantes, reflejando una cultura de la inmediatez en la que lo relevante no es la permanencia sino la capacidad de mantenerse vigente (30). Esta dinámica, sumada a la reciente aparición de influencers virtuales generados mediante inteligencia artificial que ya captan niveles de atención superiores a los de figuras humanas equivalentes, anticipa un escenario de gestión de la información y de la salud pública cada vez más complejo, en el que la línea entre contenido auténtico, publicitario y generado artificialmente se vuelve progresivamente más difusa (29).
6. Discusión integradora: hacia una gestión responsable de las redes sociales
El recorrido por estos cuatro ejes permite identificar un hilo conductor común: el impacto de las redes sociales sobre la salud y la gestión —personal, institucional y de política pública— no depende de la tecnología en sí misma, sino de la interacción entre el diseño de las plataformas, el nivel de competencia crítica de quienes las utilizan, y el marco regulatorio y educativo en el que dicho uso se inscribe. La alfabetización digital aparece de forma transversal en la literatura revisada como el factor protector más consistentemente señalado, tanto para prevenir el uso problemático como para potenciar el aprovechamiento de estas plataformas con fines de salud.
Resulta significativo que los mismos mecanismos psicológicos que explican el uso problemático de redes sociales —la búsqueda de validación social, la activación del sistema de recompensa dopaminérgico y el efecto de comparación social— sean también los que explican la efectividad de los influencers como prescriptores de consumo y de comportamientos relacionados con la salud. Esto sugiere que cualquier estrategia de gestión que pretenda abordar de manera aislada la adicción a redes sociales, sin considerar el papel de los influencers, o que promueva el uso de redes sociales en salud pública sin atender a la alfabetización digital de la población destinataria, corre el riesgo de obtener resultados parciales o contraproducentes.
En términos de gestión, se desprenden al menos tres niveles de intervención. En el nivel individual y familiar, resulta central el acompañamiento basado en el diálogo abierto y la educación emocional digital, evitando tanto la permisividad acrítica como la vigilancia punitiva (6,7). En el nivel institucional —educativo y sanitario—, se requiere la incorporación curricular sistemática de la alfabetización digital crítica y el desarrollo de protocolos claros para el uso profesional de redes sociales con fines de comunicación en salud (4,10). En el nivel de política pública, finalmente, se observa una tendencia internacional creciente hacia la regulación de las plataformas digitales y la protección de las personas menores de edad en entornos digitales, como lo evidencian las iniciativas adoptadas en países como Australia, Francia, Estados Unidos y el Reino Unido, así como en el marco de la Unión Europea (4).
7. Conclusión
Las redes sociales constituyen un fenómeno estructuralmente ambivalente: la misma plataforma que puede convertirse en un canal eficaz de comunicación sanitaria durante una emergencia epidemiológica puede también funcionar como vector de adicción comportamental o de desinformación promovida por influencers sin respaldo profesional. Esta revisión bibliográfica permite sostener que dicha ambivalencia no se resuelve prohibiendo o promoviendo indiscriminadamente el uso de redes sociales, sino gestionando de manera deliberada las condiciones en las que ese uso tiene lugar.
La alfabetización digital emerge como el eje articulador de cualquier estrategia de gestión integral, en la medida en que constituye la competencia que permite a las personas —adolescentes, adultos y población general— discernir entre información fiable y desinformación, entre contenido auténtico y publicidad encubierta, y entre un uso recreativo de las redes sociales y un patrón de uso que comienza a interferir con su bienestar físico y emocional. Futuras líneas de investigación deberían orientarse a evaluar de manera longitudinal la eficacia de programas específicos de alfabetización digital crítica, así como a profundizar en el papel regulatorio que las propias plataformas y los marcos legales nacionales e internacionales deben asumir frente a la influencia creciente de los creadores de contenido sobre la salud de la población.
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