El cuadro de mando integral en las organizaciones de salud: relaciones causa-efecto, indicadores que importan y el tablero de un hospital de 150 camas
Dr. Carlos Alberto Díaz · Buenos Aires, octubre de 2026
Durante años vi tableros llenos de semáforos que nadie miraba. Rojos que se volvían costumbre, verdes que se festejaban sin saber por qué, amarillos que no movían a nadie. El cuadro de mando integral nació para otra cosa: para que una organización diga en voz alta cómo cree que va a crear valor, lo mida y aprenda si estaba en lo cierto. En salud, donde lo que está en juego son vidas y recursos que nunca alcanzan, esa diferencia lo es todo.
| En este artículo Por qué las organizaciones de salud necesitan un control de gestión que vaya más allá de la contabilidad. Qué es, y qué no es, un cuadro de mando integral. Cómo se construye una relación causa-efecto y cómo se distinguen los indicadores impulsores de los indicadores clave de éxito. Seis cadenas que todo hospital debería mirar y un puñado de indicadores para gestionar. El cuadro de mando de un hospital polivalente de 150 camas. Qué cambió entre 2020 y 2026, y por qué fracasan las implantaciones. |
1. Un cuarto del gasto que se nos escapa
Empiezo por una afirmación que repito en clase desde hace años: en las organizaciones de salud alrededor de un 25 % del gasto de producción corresponde a costos de la ineficiencia. No hablo de recortar salarios ni de bajar la calidad. Hablo de infecciones asociadas a procedimientos, de estancias inapropiadas, de internaciones innecesarias, de pacientes con muchas enfermedades a los que el sistema no contiene, de prácticas que se sobreutilizan, de la variabilidad de la prestación, de la diferencia entre las horas contratadas y las efectivamente trabajadas, de insumos de mala calidad y de errores que se pagan dos veces: con daño y con dinero.
Ese cuarto del gasto no se recupera con una medida heroica. Se recupera todos los días, en cada servicio, con cada colaborador, como cultura. Los grandes gastos se cuidan solos, porque movilizan a decisores e intereses; los pequeños, en cambio, se escurren si nadie los mira. Por eso me gusta decir que para ser ricos alguna vez hay que cuidar las monedas y juntarlas.
Detrás de esa ineficiencia hay brechas: distancias entre lo que se planifica y lo que ocurre. Entre la evidencia científica y la práctica. Entre la eficacia de un tratamiento en condiciones ideales y su efectividad en la vida real. Entre la efectividad y la eficiencia. Entre lo que se dice y lo que se hace. Y, la más grave de todas, la brecha de la inequidad, que en la Argentina se expresa en la mortalidad infantil, en la mortalidad materna y en la esperanza de vida. La gestión existe, en última instancia, para evitar muertes y ganar calidad de vida. Todo lo demás es instrumental.
El control de gestión es la disciplina que permite ver esas brechas y trabajar sobre ellas. No es un área administrativa: es una disciplina de síntesis que integra los procesos asistenciales, la contabilidad, las encuestas a pacientes, la facturación, los débitos, el presupuesto y la gestión del personal. Controlar es gestionar, porque gestionar es planificar, organizar, ejecutar, controlar, comunicar y evaluar en un ciclo que nunca termina: el producto de cada vuelta es el punto de partida de la siguiente.

Figura 1. Las cuatro dimensiones del control de gestión: economía, pertinencia, eficiencia y efectividad, entre lo previsto y lo real.
Ese control tiene cuatro dimensiones que conviene no confundir. La economía es comprar bien: el producto más barato entre dos de igual utilidad. La pertinencia es hacer lo adecuado a los fines. La eficiencia es usar el mínimo recurso en un proceso estabilizado. La efectividad es que el resultado sea el esperado. Un ejemplo de quirófano lo aclara: pagar un 15 % menos una prótesis no es eficiente si su compra demora la cirugía un día; el día de internación perdido cuesta más que el ahorro, y el paciente lo sufre.
2. Qué es, y qué no es, un cuadro de mando integral
En enero de 1992 Robert Kaplan y David Norton publicaron en la Harvard Business Review un artículo que cambió la gestión empresarial: «The Balanced Scorecard». Su idea era sencilla y poderosa. Las medidas financieras miran por el espejo retrovisor: informan lo que ya pasó, pero no explican cómo se creó, o se destruyó, el valor. Para gestionar el futuro hacía falta mirar la organización desde varias perspectivas a la vez: la de los clientes, la de los procesos internos y la del aprendizaje y el crecimiento, además de la financiera.
La herramienta evolucionó. Primero fue un conjunto equilibrado de indicadores. Luego sus autores descubrieron que lo importante eran las relaciones entre ellos y propusieron los mapas estratégicos, que ponen en un plano la historia de la estrategia. Después vino el alineamiento, que explica cómo el cuadro institucional baja a los tableros de cada servicio. Y finalmente la ejecución superior (Execution Premium), un ciclo cerrado de seis etapas que une la estrategia con las operaciones de todos los días.

Figura 2. Las generaciones del cuadro de mando integral, de 1992 a la nueva etapa 2020–2026.
Conviene decir también qué no es un cuadro de mando. No es un tablero de semáforos. Existe la ilusión de mirar de un vistazo si un indicador está rojo, amarillo o verde y saber qué hacer; esa ilusión dura poco, porque la gente se acostumbra a las alarmas y luego las ignora. Kaplan y Norton propusieron otra metáfora que me parece insuperable: el cuadro de mando no es el tablero de instrumentos del avión, sino un simulador de vuelo. Incorpora las relaciones causa-efecto entre las variables críticas, con sus demoras y retroalimentaciones, y describe la trayectoria de la estrategia. Cuando los resultados son buenos, sin cuadro de mando del descorche se pasa al brindis sin saber por qué; cuando son malos, nadie encuentra la causa.
| Una definición para llevarse El cuadro de mando integral es un sistema de gestión que traduce la misión y la estrategia en objetivos relacionados entre sí, medidos con indicadores desde cuatro o más perspectivas y ligados a planes de acción que alinean el comportamiento de todos los miembros de la organización. |
3. Cuatro miradas, o cinco
En salud, cada una de las perspectivas clásicas adquiere matices propios. La financiera es económica, de costos y de presupuesto; en el sector público se convierte en una perspectiva fiduciaria, porque el resultado es la correcta ejecución de los fondos que la sociedad confía. La de los clientes se divide en tres, porque en una misma prestación hay tres clientes: el usuario, sujeto de derecho y de interés, que elige por confianza; el financiador, obra social, prepaga o Estado, que paga y exige previsibilidad; y el cliente interno, el que atiende y cubre la asimetría de información. La de los procesos abarca la producción, la utilización, la calidad y la seguridad. La de aprendizaje y crecimiento reúne el capital humano, el de información y el organizacional.
Las dos primeras son de resultado; las dos últimas, de palanca. Y la cantidad no debe ser un corsé: no existe teorema que diga que cuatro perspectivas son necesarias y suficientes. En mi práctica docente uso cinco, porque separo los recursos humanos del aprendizaje. La razón es concreta: en los noventa calculaba que un ausentismo superior al 8 % en las áreas de cuidado indicaba mal clima organizacional; hoy ese número supera el 20 %. Una organización de mano de obra intensiva no puede esconder a sus personas dentro de un rubro genérico. Como se verá, la evidencia de los últimos años me dio la razón.
Hay una advertencia que vale para todas las perspectivas: no todas las demandas de los clientes deben ser satisfechas, sino sus necesidades. En salud dar más no siempre es mejor. La paradoja es conocida: cuanto más se da, más se incorpora como natural. El cuadro de mando debe medir el valor para el paciente, no la cantidad de cosas que se le hacen.
4. La estrategia es un conjunto de hipótesis
Llego al corazón del asunto. Una estrategia no es una lista de deseos. Es un conjunto de hipótesis sobre causas y efectos que se pueden escribir con la estructura «si… entonces». Si formamos a los médicos en evidencia científica y en elaboración de guías clínicas, entonces se estabilizan y mejoran los procesos; entonces el paciente se siente mejor atendido; entonces se puede facturar todo lo que se hace. Cada eslabón de esa cadena pertenece a una perspectiva distinta, y cada uno se mide.

Figura 3. Anatomía de una relación causa-efecto: objetivos encadenados entre perspectivas, cada uno con su indicador, y la latencia entre la acción y el resultado.
El ejemplo de la figura es el que más uso, porque todos lo entienden. Si capacitamos al personal en higiene de manos y en el paquete de medidas para el catéter venoso central, entonces mejora el cumplimiento de la técnica en cada inserción; entonces disminuyen las bacteriemias y los días de internación; entonces baja el gasto en antibióticos y en días-cama. Cuatro eslabones, cuatro perspectivas, cuatro indicadores.
Una buena cadena cumple tres condiciones. Cada eslabón es medible y tiene un responsable. Los eslabones tienen sentido clínico y organizacional: no alcanza con que dos indicadores se muevan juntos; tiene que haber un mecanismo que explique por qué uno produce al otro. Y la cadena reconoce el tiempo: la capacitación se mide en semanas, la adherencia en uno o dos meses, las infecciones en un trimestre o más y el impacto económico en el ejercicio.
Las críticas al cuadro de mando suelen apuntar aquí. Nørreklit señaló en 2000 que muchas relaciones entre perspectivas son asociaciones lógicas y no verdaderas causas; Ittner y Larcker mostraron en 2003 que muchas empresas eligen indicadores no financieros sin validar su vínculo con los resultados. Mi respuesta es la de siempre: tratemos las relaciones causa-efecto como lo que son, hipótesis, y pongámoslas a prueba. Un cuadro de mando que nunca refuta ninguna de sus hipótesis probablemente no las está midiendo.
5. Impulsores y claves de éxito
Para poner a prueba una hipótesis necesitamos dos familias de indicadores. Los impulsores, que Kaplan y Norton llamaron inductores de actuación, responden a la pregunta: ¿estamos haciendo lo que creemos que produce el resultado? Los indicadores clave de éxito, o de resultado, responden a otra: ¿llegamos? Los primeros se mueven pronto y dependen del servicio; los segundos se mueven tarde y dependen de muchos factores, algunos externos.
Tabla 1. Dos familias de indicadores
| Impulsor (adelantado) | Clave de éxito (rezagado) | |
| Pregunta | ¿Hacemos lo que produce el resultado? | ¿Logramos el objetivo? |
| Velocidad | Días o semanas | Meses, trimestres o el ejercicio |
| Control | Alto: depende del servicio | Parcial: depende de muchos factores |
| Ejemplos | Adherencia a higiene de manos; altas antes de las 11 h; inicio puntual del primer turno quirúrgico; epicrisis a las 24 h | Bacteriemia por 1.000 días-catéter; estancia media; lista de espera; débitos sobre facturación |
| Si se usa solo | Se mide actividad sin saber si sirve | Uno se entera tarde y sin saber por qué |
Dos ejemplos que doy en clase ayudan a fijar la diferencia. En el fútbol, tener la pelota es un impulsor; meter más goles que el rival es la clave del éxito. En cirugía cardiovascular, el tiempo quirúrgico, las transfusiones, las horas de asistencia respiratoria, el débito de los drenajes y los inotrópicos son impulsores; la clave del éxito es que el paciente se vaya de alta sin falla de bomba ni mediastinitis.
Hay una sutileza que suele pasar inadvertida: ser impulsor o resultado es una condición relativa a la cadena. La estancia media es un resultado para el servicio de clínica médica, pero es un impulsor del costo por egreso en la perspectiva financiera. Por eso el mapa estratégico es tan importante: muestra en qué lugar de la historia está cada indicador.
6. La latencia y el árbol
Entre el impulsor y el resultado hay un tiempo de latencia, y respetarlo es una virtud de gestión. La figura siguiente lo muestra con datos simulados con fines didácticos: la adherencia a la higiene de manos mejora en pocos meses después de iniciada una intervención, y las bacteriemias empiezan a bajar varios meses más tarde. Es el patrón que describió el programa Keystone en las terapias intensivas de Michigan, que redujo de manera marcada y sostenida las bacteriemias asociadas a catéter con un paquete simple de medidas, una lista de verificación y un cambio de cultura (Pronovost y colaboradores, 2006).

Figura 4. Impulsor adelantado y resultado rezagado en una misma cadena. Datos simulados con fines didácticos.
Esto tiene dos consecuencias prácticas. La primera: no hay que abandonar una iniciativa porque el resultado no se movió en el primer mes; si el impulsor mejora, se va por buen camino. La segunda, menos cómoda: si el impulsor mejoró y el resultado no responde después del tiempo esperado, lo que está en duda es la hipótesis, y hay que revisarla.
Cuando un resultado es complejo, conviene descomponerlo en un árbol de inductores. Tomemos la estancia media, que está en el centro de la eficiencia hospitalaria. Se alarga por demoras en tres momentos: el ingreso al plan diagnóstico, el proceso diagnóstico y terapéutico, y el egreso. Cada uno se descompone a su vez en impulsores que un servicio puede medir y mover cada semana: las horas de espera en la guardia, los informes de imágenes y laboratorio en menos de cuatro horas, las interconsultas en menos de veinticuatro, la rotación de la medicación endovenosa a oral medida en horas, las altas antes de las once, los pacientes sociales sin alta y los minutos que tarda el camillero.

Figura 5. Árbol de inductores de la estancia media. Cada hoja es un impulsor medible por un servicio responsable.
El árbol enseña a cada servicio cuál es su parte en un resultado que parece de otros. Imágenes, laboratorio, camilleros y admisión son proveedores internos que influyen sobre la estancia tanto como el médico tratante. Una cuenta simple lo demuestra: reducir una hora en cada internación, con setenta u ochenta altas por día, equivale a ganar más de tres días-cama diarios. Por eso insisto en que la cuantificación en días es grosera; cuando se trabaja con lógica de procesos magros se aprende a medir en horas.
Para saber si una hipótesis funciona no hace falta un laboratorio de econometría. Alcanza con series confiables de al menos doce meses, con mirar el impulsor y el resultado juntos y con desfase, con comparar servicios y, sobre todo, con usar gráficos de control, que separan la variación común de las causas especiales. Antes de felicitar o de sancionar por un indicador, el gerente debería preguntarse si el valor está fuera de los límites de control, si se movió primero el impulsor y si pasó el tiempo de latencia esperado.

Figura 6. Gráfico de control de caídas por 1.000 días-paciente. Datos ilustrativos: un mes con causa especial y un cambio de nivel tras un programa de prevención.
7. La ficha: el indicador como contrato
Un indicador sin ficha es una opinión con decimales. Cada indicador del cuadro debería tener por escrito a qué objetivo tributa y si es impulsor o clave de éxito; su definición exacta, con numerador, denominador y ajuste por riesgo; su fuente y quién carga el dato; su frecuencia de cálculo y de análisis; su serie histórica, su meta y sus umbrales de alerta; quién responde por la medición y quién por la actuación; y qué iniciativas lo mueven. Los indicadores no son para hacer periodismo, sino para actuar.
Tabla 2. Ocho virtudes de un buen indicador
| Virtud | Qué significa en la práctica |
| Adecuado | Mide realmente el objeto que interesa, no algo parecido |
| Objetivo | No da lugar a interpretaciones heterogéneas entre servicios |
| Claro | Lo entiende el jefe de servicio, no solo el analista |
| Costo aceptable | Obtenerlo no cuesta más que lo que aporta |
| Obtenible | Sale del sistema de información sin planillas paralelas |
| Estratégico | Es un eslabón de una cadena causa-efecto del mapa |
| Sensible | Se mueve cuando cambia lo que pretende medir |
| Preciso | Su variación no es solo ruido del registro |
El secreto, decía en la revisión original, es que los jefes no se sientan controlados, sino con una meta alcanzable y protagonistas de lograrla. La información no es poder para atesorar: es el cemento que mantiene unida a la organización.
8. Seis cadenas que todo hospital debería mirar
Las relaciones causa-efecto que se repiten en casi todas las organizaciones de salud pueden resumirse en seis cadenas. Son plantillas, no recetas: cada institución debe adaptarlas a su misión y a la información que tiene.

Figura 7. Seis cadenas causa-efecto modelo, de la perspectiva de aprendizaje a la financiera.
- Seguridad. Capacitación en prevención de infecciones, adherencia a la higiene y a los paquetes de medidas, menos bacteriemias, menos gasto en antibióticos y días-cama.
- Flujo. Gestión de camas y planificación del alta desde el ingreso, altas tempranas, menor estancia y menor espera en la guardia, más egresos con la misma capacidad.
- Quirófano. Programación con prequirúrgico completo, inicio puntual y menos suspensiones, listas de espera más cortas, más producción por hora.
- Facturación. Formación en registro, historias completas y epicrisis a las 24 horas, financiadores que confían en la información, menos débitos y cobro más rápido.
- Experiencia. Comunicación y trato humanizado, información a la familia y continuidad, satisfacción y recomendación, fidelización de usuarios y financiadores.
- Personas. Liderazgo y reconocimiento, menos ausentismo y rotación, continuidad de cuidados y menos errores, menos horas extra.
La cadena de la facturación merece un comentario aparte, porque suele olvidarse. Por cada egreso corren tres procesos en paralelo: el asistencial, el de la historia clínica, que es el proceso técnico-administrativo por excelencia, y el de la facturación o el costeo. Un sanatorio con tres mil egresos mensuales tiene nueve mil procesos que alinear. Si la historia clínica está incompleta, el débito llega meses después, y con él la sospecha del financiador.
9. Indicadores para gestionar
Antes de elegir indicadores conviene recordar el marco clásico de Donabedian: la estructura describe los recursos, el proceso lo que se hace y cómo, y el resultado lo que se logra en la salud y la experiencia de las personas. En el cuadro de mando, los indicadores de estructura y de proceso suelen actuar como impulsores, y los de resultado como claves de éxito. Es una regla práctica, no una ley: lo que decide es el lugar del indicador en la cadena.

Figura 8. Del marco de Donabedian (estructura, proceso, resultado) a los tipos de indicadores del cuadro de mando.
El catálogo de indicadores posibles es enorme. Una revisión de 2024 encontró 1.161 indicadores de desempeño hospitalario en la literatura y los redujo a 110 principales (Hadian y colaboradores). El riesgo no es la falta de indicadores, sino el exceso. Mi recomendación es un cuadro estratégico de veinte a treinta indicadores, cada uno con su ficha, su responsable y su serie, y que cada servicio tenga además su propio tablero operativo con pocos impulsores. La tabla siguiente reúne una selección por familia.
Tabla 3. Una selección de indicadores por familia
| Familia | Indicador | Fórmula |
| Producción y utilización | Porcentaje de ocupación | Días-paciente / días-cama disponibles × 100 |
| Producción y utilización | Estancia media ajustada | Días de estada / egresos, ajustada por casuística |
| Producción y utilización | Utilización de quirófanos | Horas utilizadas / horas programadas × 100 |
| Calidad | Bacteriemia asociada a catéter | Episodios / 1.000 días-catéter |
| Calidad | Reinternación no programada | Reingresos a 30 días / egresos × 100 |
| Calidad | Mortalidad ajustada en terapia intensiva | Observada / esperada según APACHE II |
| Economía, finanzas y costos | Costo por egreso ajustado | Costo de internación / egresos ponderados por GRD |
| Economía, finanzas y costos | Días de cobro | Cuentas por cobrar / facturación diaria promedio |
| Economía, finanzas y costos | Débitos | Débitos / facturación presentada × 100 |
| Aprendizaje y personas | Competencias certificadas | Personal evaluado en práctica / personal del área × 100 |
| Aprendizaje y personas | Ausentismo | Días de ausencia / días programados × 100 |
| Satisfacción de usuarios | Experiencia y recomendación | Encuesta validada (por ejemplo, SERVQUAL o HCAHPS) |
| Satisfacción de usuarios | Resultados reportados por pacientes | Cambio en un cuestionario validado antes y después |
Dos reglas evitan los errores más comunes. La primera: nunca comparar tasas brutas entre servicios de distinta complejidad; hay que ajustar por riesgo o por casuística. La segunda: combinar siempre indicadores de participación con indicadores de competencia aplicada. Que se hayan dictado cuarenta cursos no dice nada; que el personal de terapia intensiva inserte catéteres con la técnica correcta, sí.
10. Por qué la ocupación no es una meta
Hay un indicador que se presta a malentendidos: la ocupación de camas. Muchos directivos la celebran cuanto más alta es, como si un hospital lleno fuera un hospital eficiente. La teoría de colas enseña otra cosa. A medida que la ocupación media se acerca al 90 %, la probabilidad de que un paciente que necesita internarse no encuentre cama crece de forma explosiva, y el fenómeno es mucho más marcado en servicios pequeños y aislados que en un hospital que gestiona sus camas como un pool único.

Figura 9. Probabilidad de que un ingreso deba esperar cama según la ocupación media. Modelo de colas ilustrativo.
Bagust, Place y Posnett mostraron en 1999 que por encima de una ocupación media del 85 % aparecen crisis periódicas de camas. La enseñanza para el cuadro de mando es doble: la ocupación es un impulsor, no un fin; y la gestión centralizada de camas no es un detalle administrativo, sino una iniciativa estratégica. La meta no es llenar camas, sino que fluyan.
11. El cuadro de mando de un hospital de 150 camas
Para que todo esto no quede en abstracciones, propongo un ejercicio: el cuadro de mando de un hospital polivalente de agudos de 150 camas, de complejidad media-alta, con guardia de 24 horas, cinco quirófanos, maternidad, terapia intensiva de adultos, unidad coronaria y neonatología. Con una ocupación del 82 % y una estancia media de 4,5 días produce unos diez mil egresos al año, alrededor de seis mil cirugías y cuarenta y cinco mil consultas de guardia, con una plantilla cercana a las setecientas personas.
Su diagnóstico estratégico muestra cinco brechas: esperas prolongadas entre la indicación de internación en la guardia y la cama; estancias superiores a las esperables; suspensiones quirúrgicas y un primer turno que empieza tarde; débitos y ciclos de cobro largos; y ausentismo de enfermería por encima del 10 %, con horas extra crecientes. De esas brechas surgen cinco líneas estratégicas: seguridad y calidad clínica; flujo y acceso oportuno; eficiencia y sostenibilidad económica; personas; e información y gestión clínica.

Figura 10. Mapa estratégico del hospital tipo de 150 camas: quince objetivos en cinco perspectivas.
El mapa se lee de abajo hacia arriba como la historia de la estrategia. Si los jefes de servicio se convierten en gerentes, si hay competencias en seguridad y gestión clínica y si la historia clínica es completa y oportuna, entonces baja el ausentismo, la dotación se ajusta y mejora el clima; entonces los procesos son más seguros, el flujo mejora y el quirófano produce; entonces los pacientes acceden a tiempo y confían, y los financiadores se fidelizan; entonces el hospital alcanza el equilibrio operativo con menor costo por egreso y un ciclo de cobro más corto.
Tabla 4. Algunos indicadores del cuadro de mando del hospital tipo (valores ilustrativos)
| Indicador | Tipo | Base | Meta año 1 | Responsable |
| Horas desde la indicación de internación hasta la cama (p90) | CE | 14 h | ≤ 6 h | Gestión de camas |
| Altas antes de las 11 h | I | 15 % | ≥ 40 % | Jefes de internación |
| Bacteriemia por 1.000 días-catéter en terapia intensiva | CE | 4,5 | ≤ 2,0 | Comité de infecciones |
| Adherencia a higiene de manos | I | 55 % | ≥ 80 % | Enfermería de control de infecciones |
| Inicio puntual del primer turno quirúrgico | I | 45 % | ≥ 85 % | Coordinación quirúrgica |
| Débitos sobre facturación | CE | 5 % | ≤ 3 % | Facturación y auditoría |
| Ausentismo de enfermería | CE | 13 % | ≤ 8 % | Recursos humanos |
| Epicrisis cerradas a las 24 h | I | 55 % | ≥ 90 % | Jefes de servicio |

Figura 11. Una página del tablero estratégico del hospital tipo, con valores ilustrativos.
Miren el tablero con atención: la ocupación y las bacteriemias están en meta, pero las altas tardías, las suspensiones quirúrgicas y el ausentismo, que son impulsores, están fuera. El tablero está anunciando lo que vendrá: más estancia, más espera en la guardia y más costo. Esa es la utilidad de tener impulsores y resultados en la misma página: se ve el futuro antes de que llegue.
Los indicadores no se mueven solos. El hospital tipo necesita una cartera de iniciativas con líder, plazo y recursos: un programa de bacteriemia cero, una central de camas con planificación del alta, una reingeniería del bloque quirúrgico, una política de historia clínica completa, un plan de dotación y bienestar de enfermería, la formación de los jefes como gerentes y los perfiles de consumo con compras centralizadas. Y necesita que el cuadro baje a los servicios mediante compromisos de gestión, con entrevistas a medio camino donde la dirección también se pregunta qué puede ofrecer para que el servicio cumpla.
Del cuadro institucional al servicio
Un cuadro de mando que se queda en la dirección es un adorno. Su fuerza aparece cuando baja a los servicios y cada jefe sabe cuál es su parte en la historia de la estrategia. El instrumento para lograrlo es el compromiso de gestión: un acuerdo anual, firmado, en el que el servicio se compromete con unos pocos objetivos medibles, en función de su capacidad real de producción, y la dirección se compromete a proveer lo que el servicio necesita para cumplirlos. Suelo recomendar que los compromisos de producción no superen el 80 % de la capacidad máxima del servicio: los errores por exceso de trabajo terminan en complicaciones para los pacientes.
En el hospital tipo, la terapia intensiva mide cada semana la adherencia a la higiene de manos, el cumplimiento de los paquetes de medidas y los días de catéter por día-paciente, y comparte con el cuadro institucional la tasa de bacteriemias, la mortalidad ajustada y los reingresos antes de las 48 horas. El bloque quirúrgico mide el inicio puntual del primer turno, los minutos de recambio y los prequirúrgicos completos con 48 horas de anticipación, y comparte las suspensiones, la utilización y la espera de las cirugías trazadoras. La guardia mide los tiempos a la evaluación médica por nivel de triage y los abandonos, y comparte las horas desde la indicación de internación hasta la cama. Clínica médica mide la fecha probable de alta registrada al ingreso, las altas antes de las once y la rotación de la medicación endovenosa a oral en horas, y comparte la estancia ajustada y la reinternación a treinta días.
Cada seis meses, la entrevista a medio camino entre el gerente médico y el jefe de servicio revisa el grado de cumplimiento. Ante un desvío, lo primero es descartar que la meta haya sido irreal, que el indicador esté mal calculado o que las bases no estén depuradas. Después se buscan las causas con el responsable, que debe aceptarlas como propias. Y finalmente se decide qué puede hacer cada uno, incluida la dirección. Esa es la esencia de la dirección participativa por objetivos: confianza, delegación y rendición de cuentas en las dos direcciones. La gente no hace lo que el jefe dice, sino lo que el jefe controla; pero tampoco hace lo que el jefe controla si no entiende para qué.
12. Qué cambió entre 2020 y 2026
Treinta y cuatro años después del artículo fundacional, el cuadro de mando sigue vigente, pero cambió de piel. La primera novedad es que, por fin, hay evidencia. Una revisión sistemática publicada en 2022 en BMC Health Services Research analizó veinte estudios y encontró que el cuadro de mando se asocia con mejoras en la satisfacción de los pacientes y en el desempeño financiero, con un efecto apenas leve sobre la satisfacción del personal, aunque con estudios de calidad metodológica limitada (Amer y colaboradores). Otra revisión del mismo grupo reunió 797 indicadores de 36 implementaciones en 13 dimensiones y comprobó que muchas organizaciones debieron agregar perspectivas externas y gerenciales. Y una tercera, sobre cuarenta artículos, mostró que no hay consenso sobre las perspectivas adecuadas en salud, que la cultura es la principal barrera y que casi nadie estudia la fase de revisión del cuadro (Betto y colaboradores, 2022).

Figura 12. Frecuencia de uso de las perspectivas clásicas en cuarenta artículos sobre el cuadro de mando en salud. Datos de Betto y colaboradores (2022).
Me interesa subrayar el hallazgo sobre el personal. Si el cuadro de mando mejora poco la satisfacción de quienes trabajan, es probable que muchos cuadros midan a las personas solo como capacidad productiva. No es casual que el marco de objetivos de los sistemas de salud haya pasado del triple objetivo de Berwick (experiencia, salud poblacional y costo) al cuádruple, que agrega el bienestar de los equipos (Bodenheimer y Sinsky, 2014), y al quíntuple, que suma la equidad (Nundy, Cooper y Mate, 2022).
La segunda novedad la trajo el propio Kaplan. Junto con David McMillan propuso reimaginar el cuadro de mando para la era de la sostenibilidad: la perspectiva financiera se convierte en resultados financieros, ambientales y sociales; la del cliente, en grupos de interés; la de aprendizaje, en habilitadores. Para la salud la propuesta tiene resonancia propia, porque el sector no es neutro: su huella climática equivale al 4,4 % de las emisiones netas globales (Health Care Without Harm y Arup, 2019). Muchos objetivos ambientales son también objetivos de eficiencia: menos descartables innecesarios, menos vencimientos, menos energía desperdiciada.
La tercera es el valor. El enfoque de Porter definió el valor como los resultados que importan al paciente dividido por el costo del ciclo completo de atención. Hoy disponemos de cuestionarios estandarizados de resultados reportados por los pacientes y de un método de costeo por actividades y tiempos que permite conocer el costo real de cada ciclo. En 2025 la OCDE publicó la primera encuesta internacional que compara sistemas con la voz de más de 107.000 pacientes de 19 países. La perspectiva del cliente ya no puede limitarse a la satisfacción hotelera.
La cuarta es el ritmo. Los OKR, objetivos y resultados clave con ciclos trimestrales, y el Hoshin Kanri, que despliega la estrategia en cascada, no compiten con el cuadro de mando: lo complementan. La dirección participativa por objetivos que enseño desde hace años, con resultados clave acordados y entrevistas a medio camino, es en esencia un sistema de OKR avant la lettre.
La quinta son los datos vivos. La historia clínica electrónica y la inteligencia artificial permiten actualizar indicadores casi en tiempo real y anticipar desvíos. Celebro la posibilidad, con tres resguardos: la fatiga de alarmas, el juego con las metas, que en el sistema inglés llevó a manipular los tiempos de espera (Bevan y Hood, 2006), y la mala calidad de los datos, que un modelo predictivo no corrige sino que amplifica. La tecnología de la información, por más poderosa que sea, es simplemente un facilitador. Todo sigue dependiendo de la gente.

Figura 13. Propuesta de arquitectura para un cuadro de mando hospitalario de nueva generación.
13. Por qué fracasan, y cómo no fracasar
Paul Niven enumeró en 2002 las causas más frecuentes de fracaso, y la evidencia reciente las confirma: falta de patrocinio ejecutivo, educación deficiente, iniciar sin estrategia, implantar sin una razón clara, apurarse, prácticas gerenciales inconsistentes, no diseñar los indicadores nuevos que hacen falta, no compartir el lenguaje y no desplegar el cuadro a los servicios. A esa lista agrego lo que vi en nuestras organizaciones: información desestructurada, indicadores elegidos antes que los objetivos, entusiasmo inicial seguido de abandono, el «más o menismo» y la resistencia a rendir cuentas porque «siempre hay un paciente grave que atender».
Hay una lección más dura que aprendí en carne propia. En el Centro Gallego de la Fundación Galicia Saúde la estrategia se ejecutó bien: se cumplieron las metas de gestión, de capacitación, de innovación y de eficiencia, con niveles de productividad nunca vistos, y durante tres años se revirtieron las pérdidas. Pero no se logró cambiar la cultura, prevalecieron la desconfianza, el boicot y los liderazgos negativos, y una gestión bien intencionada se agotó sin apoyo colectivo. Cumplir las metas en las perspectivas internas no garantiza el resultado si la estrategia no contempla el entorno ni a los grupos de poder. Hay que construir apoyos políticos, sociales y de socios estratégicos. El poder es útil cuando se usa para cambiar las cosas.
Lo que el cuadro de mando no puede hacer
Conviene ser honestos con los límites de la herramienta. El cuadro de mando no fabrica una estrategia donde no la hay: si no hubo debate, consenso y visión compartida, lo que se obtiene es un conjunto ordenado de indicadores, no un sistema de gestión. Tampoco reemplaza el juicio clínico ni el criterio directivo; la pregunta sobre cuánto debe durar una consulta o cuántas cirugías debe hacer un equipo por día tiene una respuesta que ningún tablero da por sí solo: hasta el punto en que los resultados empiezan a empeorar, cuando los rendimientos marginales se vuelven decrecientes.
No resuelve, además, los conflictos de interés que atraviesan la relación de agencia. El médico que selecciona pacientes, el servicio que retiene camas, el proveedor que induce la prescripción, el financiador que difiere el pago: todos pueden convivir con un tablero en verde. Por eso el cuadro debe incluir indicadores que detecten esos comportamientos, y por eso la dirección debe recorrer los servicios y presenciar el momento de verdad, donde la estrategia se juega de verdad: cómo se atiende, qué se dice, cómo se informa, cómo se tratan entre sí los equipos.
Y, sobre todo, no sustituye a las personas. Una empresa del conocimiento necesita competencias instaladas: buenos médicos y enfermeras trabajando en equipo con los pacientes y sus familias son la ventaja más fuerte e imposible de imitar. El cuadro de mando puede hacerla visible, protegerla y orientarla. No puede crearla.
| Cinco consejos para empezar el lunes Elija una sola brecha y escriba su cadena causa-efecto completa, con un indicador por eslabón.Ponga en el tablero del servicio al menos un impulsor que el equipo controle y revíselo cada semana.Construya doce meses de serie antes de fijar metas, y use gráficos de control antes de felicitar o sancionar.Firme compromisos de gestión con los jefes y haga entrevistas a medio camino donde la dirección también se comprometa.Una vez al año, reúna al directorio para preguntarse si las hipótesis siguen siendo válidas. Es la etapa que casi nadie hace. |
14. Un ejercicio para el lector
Propongo un ejercicio para hacer con el equipo. Supongamos que el 24 % de los pacientes que egresan con insuficiencia cardíaca se reinternan dentro de los treinta días. ¿Cómo sería la cadena causa-efecto para reducir esa cifra? Mi propuesta está en la tabla, pero vale la pena intentarlo antes de mirarla.
Tabla 5. Reinternaciones por insuficiencia cardíaca: una cadena posible
| Perspectiva | Si… | Se mide con | Meta |
| Aprendizaje | Capacitamos a clínica, cardiología y enfermería en la vía clínica y en educación al alta | % del equipo capacitado (impulsor) | ≥ 90 % en 3 meses |
| Procesos | Optimizamos el tratamiento al alta y educamos al paciente y su familia | % de egresos con tratamiento según guía y educación documentada (impulsor) | ≥ 85 % |
| Procesos | Aseguramos la continuidad: llamado a las 72 h y control en 7 días | % de pacientes con seguimiento (impulsor) | ≥ 80 % |
| Usuarios | Entonces habrá menos reinternaciones y mejor calidad de vida | Reinternación a 30 días; cuestionario de calidad de vida (clave de éxito) | ≤ 16 % |
| Finanzas | Entonces bajarán los días-cama evitables y el costo del episodio | Costo del ciclo de 90 días (clave de éxito) | −15 % |
El ejercicio reúne casi todo lo dicho: la posatención, que la salud tiene tan poco incorporada como servicio posventa; un árbol de causas (educación, tratamiento, continuidad); impulsores que el servicio controla y un resultado que comparte con la atención ambulatoria; la medición del valor con un cuestionario de calidad de vida; y el costo del ciclo completo, no solo del episodio. Los impulsores deberían moverse en uno a tres meses; la reinternación, en dos trimestres. Si a los seis meses los impulsores están en meta y las reinternaciones no bajaron, toca revisar la hipótesis.
15. Preguntas para debatir con el equipo
Si este artículo sirve para algo, que sea para abrir una conversación en la próxima reunión de jefes. Dejo algunas preguntas que uso con mis alumnos de la Maestría y la Especialización en Economía y Gestión de la Salud de la Universidad ISALUD, y que funcionan igual de bien en un comité de dirección.
- ¿Cuál es la brecha más importante de nuestra organización y cómo la mediríamos con un solo indicador de resultado?
- Si escribiéramos nuestra estrategia como una cadena «si… entonces», ¿qué eslabón no estamos midiendo hoy?
- ¿Cuántos de los indicadores de nuestro tablero son impulsores que un servicio puede mover esta semana?
- ¿Qué indicador celebramos o castigamos sin mirar su serie ni sus límites de control?
- ¿Qué servicios de apoyo participan en nuestra estancia media y lo saben?
- ¿Gestionamos las camas como un pool único o cada servicio defiende las suyas?
- ¿Qué lugar tienen las personas en nuestro cuadro: capacidad productiva o sujetos cuyo bienestar es condición de la calidad?
- ¿Cuándo fue la última vez que revisamos si nuestras hipótesis estratégicas seguían siendo válidas?
Cierre: gestionar hipótesis, con pasión
Gestionar con un cuadro de mando es gestionar hipótesis. Los impulsores dicen si hacemos lo necesario; las claves de éxito, si llegamos. Entre unos y otras hay un tiempo que debemos respetar y un mecanismo que debemos explicar. El cuadro de mando no reemplaza el criterio ni el liderazgo: los ordena, los hace visibles y los somete a prueba. Y su capacidad de transformar una organización depende menos de cuestiones de diseño que del liderazgo de quien la conduce y del compromiso de los jefes que convierten el flujo de órdenes en flujo de trabajo.
Termino con lo que escribí hace años y sigo creyendo. El hospital del futuro, como el hospital de antes, requiere un soporte vital que es la pasión: la de los residentes, enfermeros y médicos comprometidos con sus ansias de aprender y de hacer; la de los fundadores que quieren trascender; la de quien siente que con su trabajo sumó algo a la salud del otro. Cualquier hospital sin mística y sin pasión, sin llanto, alegría, miedo y corazón, es un edificio donde las personas que trabajan y las atendidas son cosas.
Este artículo resume el documento «Cuadro de Mando Integral en las organizaciones de salud», edición ampliada 2026, preparado para la Cátedra de Gestión Estratégica de la Universidad ISALUD. Redactado con la asistencia de Claude (Anthropic) como herramienta de redacción y síntesis, bajo la supervisión y responsabilidad del autor.
Bibliografía
Amer F, Hammoud S, Khatatbeh H, Lohner S, Boncz I, Endrei D. The deployment of balanced scorecard in health care organizations: is it beneficial? A systematic review. BMC Health Serv Res. 2022;22:65.
Amer F, Hammoud S, Khatatbeh H, Lohner S, Boncz I, Endrei D. A systematic review: the dimensions to evaluate health care performance and an implication during the pandemic. BMC Health Serv Res. 2022;22.
Bagust A, Place M, Posnett JW. Dynamics of bed use in accommodating emergency admissions: stochastic simulation model. BMJ. 1999;319(7203):155-8.
Berwick DM, Nolan TW, Whittington J. The triple aim: care, health, and cost. Health Aff (Millwood). 2008;27(3):759-69.
Betto F, Sardi A, Garengo P, Sorano E. The evolution of balanced scorecard in healthcare: a systematic review of its design, implementation, use, and review. Int J Environ Res Public Health. 2022;19(16):10291.
Bevan G, Hood C. What’s measured is what matters: targets and gaming in the English public health care system. Public Adm. 2006;84(3):517-38.
Bodenheimer T, Sinsky C. From triple to quadruple aim: care of the patient requires care of the provider. Ann Fam Med. 2014;12(6):573-6.
Díaz CA. Cuadro de Mando Integral en las organizaciones de salud. Edición ampliada. Buenos Aires: Universidad ISALUD, Cátedra de Gestión Estratégica; 2026.
Hadian SA, Rezayatmand R, Shaarbafchizadeh N, Ketabi S, Pourghaderi AR. Hospital performance evaluation indicators: a scoping review. BMC Health Serv Res. 2024;24.
Health Care Without Harm, Arup. Health Care’s Climate Footprint. Climate-smart health care series, Green Paper Number One; 2019.
Ittner CD, Larcker DF. Coming up short on nonfinancial performance measurement. Harv Bus Rev. 2003;81(11):88-95.
Kaplan RS, McMillan D. Reimagining the Balanced Scorecard for the ESG Era. Harvard Business Review; 2021.
Kaplan RS, Norton DP. The balanced scorecard: measures that drive performance. Harv Bus Rev. 1992;70(1):71-9.
Kaplan RS, Norton DP. Strategy Maps. Boston: Harvard Business School Press; 2004.
Kaplan RS, Norton DP. The Execution Premium. Boston: Harvard Business Press; 2008.
Kaplan RS, Porter ME. How to solve the cost crisis in health care. Harv Bus Rev. 2011;89(9):46-64.
Niven PR. Balanced Scorecard Step by Step. Nueva York: Wiley; 2002.
Nørreklit H. The balance on the balanced scorecard: a critical analysis of some of its assumptions. Manag Account Res. 2000;11:65-88.
Nundy S, Cooper LA, Mate KS. The quintuple aim for health care improvement: a new imperative to advance health equity. JAMA. 2022;327(6):521-2.
OECD. Does Healthcare Deliver? Results from the Patient-Reported Indicator Surveys (PaRIS). París: OECD Publishing; 2025.
Porter ME. What is value in health care? N Engl J Med. 2010;363(26):2477-81.
Pronovost P, Needham D, Berenholtz S, et al. An intervention to decrease catheter-related bloodstream infections in the ICU. N Engl J Med. 2006;355(26):2725-32.