Factorología y medicalización universal
Dr. Carlos Alberto Díaz
saludbydiaz.com
De la ficción al diagnóstico social
Un siglo después de Jules Romains, la lógica de Knock no solo sobrevivió: se sofisticó. Ya no necesita un pueblo ni un posadero-enfermero; tiene checkeos ejecutivos, wearables, campañas de “detección temprana” y algoritmos que convierten cualquier variable biológica en un factor de riesgo accionable. La factorología —la multiplicación de factores de riesgo como categoría médica autónoma, desprendida muchas veces de la enfermedad real que dicen anunciar— es el instrumento técnico que actualiza aquella máxima de que “toda persona sana es un enfermo que se ignora”. Hoy no hace falta ignorarlo: un estudio de laboratorio, una app o un dispositivo se encargan de recordárselo todos los días.
Lo notable del fenómeno contemporáneo es su escala. Knock necesitaba convencer a un pueblo entero mediante charlas y visitas domiciliarias; los sistemas de salud actuales cuentan con guías de práctica clínica, sociedades científicas, industria farmacéutica y de dispositivos, medios masivos y algoritmos de estratificación de riesgo que operan simultáneamente sobre poblaciones enteras.
La factorología ya no es la estrategia comercial de un médico aislado: es una arquitectura institucional distribuida entre múltiples actores con incentivos convergentes hacia la ampliación constante del universo de “pacientes en riesgo” o sea todos.
Los mecanismos técnicos de la factorología actual
A diferencia del Knock original, que operaba con sugestión y autoridad personal, la factorología contemporánea se apoya en instrumentos que parecen objetivos y por eso son más difíciles de cuestionar:
- El corrimiento progresivo de los puntos de corte de normalidad (colesterol, presión arterial, glucemia, densidad ósea), que convierte en “altera” a poblaciones que antes se consideraban sanas, sin que necesariamente cambie el riesgo absoluto de eventos clínicos.
- La proliferación de estudios de tamizaje sin evaluación rigurosa de daño neto (sobrediagnóstico, falsos positivos, cascadas de estudios complementarios, ansiedad iatrogénica).
- La medicina de precisión y los wearables de autocontrol, que generan flujos continuos de datos biométricos y convierten la variabilidad fisiológica normal en motivo de consulta.
- Los incentivos económicos de la oferta —privada y también pública cuando se financia por prestación— que premian la generación de demanda antes que la resolución costo-efectiva del problema de salud.
Un fenómeno que atraviesa las clases, pero de modo distinto
Lo que esta factorología logra no es homogéneo. Afecta a toda la sociedad, pero con lógicas diferenciadas:
- En las clases media-alta y alta, el mecanismo opera por exceso: sobrediagnóstico, sobretratamiento, medicina defensiva y de consumo. Se multiplican estudios, segundas opiniones, suplementos y prácticas preventivas de dudoso sustento en evidencia, muchas veces impulsadas por una oferta privada que necesita generar demanda propia —el viejo problema de la inducción de demanda por el oferente, ahora con marketing de wellness.
- En la clase media-baja, el mismo discurso se traduce en ansiedad sanitaria sin siempre tener el acceso económico para sostenerla: gasto de bolsillo creciente, medicalización de la vida cotidiana (estrés, sueño, rendimiento) y una relación con el sistema de salud mediada por el miedo antes que por la necesidad clínica objetiva.
- Los sectores más postergados, en cambio, quedan fuera de esta maquinaria de captación temprana. No reciben el mismo bombardeo preventivo ni el mismo acceso a la detección oportuna. Su ingreso al sistema suele producirse tarde, cuando la enfermedad ya está avanzada, complicada y con menor margen terapéutico.
| La paradoja central La factorología sobra donde hay recursos para consumirla y falta donde haría verdadera diferencia clínica. | ||
| Estrato social | Manifestación de la factorología | Consecuencia dominante |
| Clases alta y media-alta | Sobrediagnóstico y sobretratamiento; medicina de consumo y chequeos ejecutivos | Gasto elevado sin beneficio clínico proporcional; iatrogenia por exceso |
| Clase media-baja | Ansiedad sanitaria; medicalización de la vida cotidiana | Gasto de bolsillo creciente sin mejora equivalente en resultados |
| Sectores postergados | Exclusión de la captación preventiva temprana | Ingreso tardío, enfermedad avanzada, peor pronóstico |
El costo sistémico
Esta distribución desigual no es solo una injusticia epidemiológica; es también una fuente de ineficiencia y de insustentabilidad financiera para los sistemas de salud. Los recursos se concentran en la prevención cuaternaria de los que menos la necesitan, mientras la atención de los que llegan tarde exige internaciones más prolongadas, tecnología de mayor complejidad y peores resultados en salud por unidad de gasto. El sistema termina pagando dos veces: por medicalizar al sano y por curar tarde al enfermo real.
A esto se suma un costo menos visible pero igualmente relevante: el desgaste de la confianza social en la medicina preventiva. Cuando la población percibe que buena parte de la actividad de tamizaje y de “factores de riesgo” responde a lógicas comerciales o defensivas más que a evidencia sólida de beneficio, se erosiona la adherencia a las intervenciones preventivas que sí tienen respaldo —vacunación, control de hipertensión severa, detección de cáncer con protocolos validados— y aumenta el escepticismo generalizado frente al sistema de salud.
El desafío para la gestión sanitaria
Frente a esto, la respuesta no puede ser el rechazo ingenuo de la prevención, sino la construcción de criterios de valor clínico: distinguir factor de riesgo de enfermedad, jerarquizar la evidencia sobre el beneficio neto de cada intervención preventiva, y —sobre todo— reorientar deliberadamente los recursos de detección temprana hacia quienes hoy llegan tarde y complicados.
- Incorporar el concepto de prevención cuaternaria como criterio explícito de calidad asistencial, con indicadores de sobrediagnóstico y sobretratamiento evitable.
- Priorizar la asignación de recursos de tamizaje según carga de enfermedad real y equidad de acceso, no según capacidad de pago o demanda espontánea.
- Formar a los equipos de salud en lectura crítica de la evidencia sobre factores de riesgo, para diferenciar asociación estadística de beneficio clínico demostrado.
- Diseñar estrategias activas de búsqueda y captación temprana específicamente dirigidas a los sectores que hoy ingresan tarde al sistema.
La medicina del triunfo de Knock no será derrotada con menos ciencia, sino con más criterio: gestionar la salud con equidad, no solo con algoritmos de riesgo.
El contexto internacional: un problema que trasciende fronteras
Organismos como la OCDE y la OMS vienen documentando hace más de una década el crecimiento sostenido del gasto en salud sin una correlación equivalente en resultados poblacionales, un patrón que coincide con la expansión de los umbrales diagnósticos y de las guías de tamizaje en enfermedades cardiovasculares, metabólicas y oncológicas. El fenómeno no es exclusivo de los sistemas de salud latinoamericanos: en Estados Unidos se lo ha descripto bajo el término “disease mongering” (invención o exageración de enfermedades para ampliar mercados), y en Europa ha motivado iniciativas como “Choosing Wisely”, orientadas a identificar y reducir prácticas de bajo valor clínico.
En el contexto argentino, con un sistema fragmentado entre subsector público, obras sociales y prepagas, esta dinámica adquiere un matiz adicional: la competencia entre financiadores privados por captar afiliados de bajo riesgo puede reforzar los incentivos a la sobreoferta de estudios preventivos en los segmentos de mayor poder adquisitivo, mientras el subsector público —con menores recursos relativos— concentra a la población que llega tarde y con mayor complejidad. Comprender esta dinámica es central para cualquier estrategia de cobertura universal de salud que aspire a ser, a la vez, clínicamente racional y socialmente equitativa.
Reflexión final
Jules Romains escribió su comedia como una advertencia sobre los límites entre educar en salud y fabricar enfermos. Un siglo más tarde, esa advertencia no ha perdido vigencia: se ha vuelto más urgente, porque la escala del fenómeno ya no se mide en un pueblo sino en sistemas de salud completos, con presupuestos que crecen sin que la salud poblacional mejore en la misma proporción.
El verdadero triunfo de la medicina no puede medirse por la cantidad de personas etiquetadas como “en riesgo”, sino por su capacidad de identificar y tratar oportunamente a quien realmente lo necesita —sin importar su clase social— y de resistir la tentación, tan antigua como el propio Knock, de convertir la salud de todos en la enfermedad de todos.