Los acuerdos de financiación sanitaria en países de altos ingresos

Síntesis analítica del documento de discusión del Banco Mundial de Reinhard Busse, Jonas Schreyögg y Christian Gericke (2007), con sus lecciones para la gestión de sistemas de salud

Dr. Carlos Alberto Díaz

Gerente Médico — Sanatorio Sagrado Corazón (OSECAC)

Director, Especialización en Economía y Gestión de la Salud — Universidad ISALUD

Buenos Aires, 2026

1. Introducción: el documento y su lugar en la literatura de financiamiento de la salud

En febrero de 2007, el Banco Mundial publicó, dentro de su serie de Documentos de Debate sobre Salud, Nutrición y Población (HNP), un extenso trabajo de Reinhard Busse, Jonas Schreyögg y Christian Gericke titulado “Analysing changes in health financing arrangements in high-income countries: a comprehensive framework approach”. El encargo provino de la Unidad Central de Salud del Banco (HDNHE) y perseguía tres objetivos explícitos: resumir las reformas de financiamiento sanitario introducidas en países de altos ingresos desde 1975, evaluar las principales lecciones de política derivadas de esa experiencia, y extrapolar esas lecciones para países de ingresos bajos y medios. Los tres autores provienen de centros de referencia en gestión de sistemas de salud —la Universidad Tecnológica de Berlín, sede del Centro Colaborador de la Organización Mundial de la Salud para la Investigación y Gestión de Sistemas Sanitarios, la Universidad de Stanford y la Universidad de Adelaida—, lo que explica la orientación marcadamente comparada e institucional del documento.

El interés de recuperar este trabajo para la Diplomatura no es solamente histórico. Buena parte del vocabulario y de los marcos que hoy se usan para analizar el financiamiento de la salud —incluida la representación tridimensional de la cobertura en amplitud, profundidad y altura que se trabajó en un documento anterior de esta serie— tiene su formulación original, o una de sus formulaciones más influyentes, precisamente en este texto. Revisarlo con algún detalle permite entender de dónde provienen esas categorías y cómo se articulan entre sí a lo largo de todo el circuito del dinero en un sistema de salud: desde que se recauda, hasta que se agrupa y finalmente se utiliza para comprar servicios.

2. Metodología: veinticinco países, tres funciones de financiamiento

El estudio define a los “países de altos ingresos” como aquellos con un producto bruto interno per cápita superior a 16.000 dólares estadounidenses en paridad de poder adquisitivo, un umbral que en la práctica incluye a las economías de mercado establecidas de la OCDE (excluidas Turquía, México y los países de Europa Central y del Este) más Singapur: en total, veinticinco países, dieciocho de ellos europeos, dos norteamericanos y cinco de la región Asia-Pacífico. Para el análisis comparado, los autores agrupan a estos países según cuál sea el mecanismo predominante de financiamiento de su sistema de salud, distinguiendo además, dentro de cada grupo, entre países con una participación pública alta (superior al 70 por ciento del gasto) y países con una participación privada relativamente alta (superior al 30 por ciento).

Mecanismo predominanteCon alta participación públicaCon mayor participación privada
Financiamiento por impuestosDinamarca, Finlandia, Islandia, Irlanda, Italia, Nueva Zelanda, Noruega, España, Suecia, Reino UnidoAustralia, Canadá, Portugal
Seguro social de salud (SHI)Bélgica, Francia, Alemania, Japón, Luxemburgo, Países BajosAustria, Corea del Sur, Suiza
Sistemas mixtos, predominio privadoGrecia, Singapur, Estados Unidos

Sobre esta base comparativa, el documento organiza su análisis siguiendo un marco conceptual propio que distingue tres grandes funciones del financiamiento de la salud —recaudar ingresos, agrupar fondos y comprar servicios— precedidas por un conjunto de decisiones previas sobre cobertura y derechos a prestaciones, sin las cuales ninguna de esas tres funciones puede diseñarse con sentido. Ese ordenamiento —decisiones de cobertura, recaudación, agrupación, compra— es también la estructura que sigue el resto de este documento.

Los propios autores explicitan, además, el carácter deliberadamente genérico de este marco: aunque fue construido para sistematizar la experiencia de países de altos ingresos, su vocabulario de funciones —y no de instituciones o de etiquetas nacionales— está pensado para poder aplicarse también a países de ingresos bajos y medios, que es justamente el destinatario final de las lecciones de política que cierran el documento. Esta opción metodológica explica por qué el trabajo evita, de manera consistente, clasificar a los sistemas de salud únicamente por su denominación institucional —“basado en impuestos” o “basado en seguro social”— y prefiere, en cambio, describir qué ocurre efectivamente en cada una de las cuatro funciones, país por país.

3. Parte I. Decisiones de cobertura y derechos a prestaciones

3.1 Amplitud, profundidad y altura: el origen de las tres dimensiones

El punto de partida de todo el marco es una constatación simple: la palabra “cobertura” tiene varios significados posibles, y buena parte de la confusión en el debate de política sanitaria proviene de no distinguirlos. Busse, Schreyögg y Gericke identifican tres dimensiones que determinan, en conjunto, cuánto necesita recaudarse en forma prepaga frente a lo que se deja en manos del gasto de bolsillo: la amplitud, entendida como la extensión de la población cubierta; la profundidad, entendida como el número y el carácter de los servicios cubiertos; y la altura, que especifica hasta qué punto el costo de esos servicios definidos se prepaga o se financia mediante copago. Los autores representan estas tres dimensiones como una caja, cuya aspiración a llenarse por completo —cobertura universal, integral y gratuita en el punto de atención— citan expresamente en los principios fundacionales del Servicio Nacional de Salud británico de 1948.

Figura 1. Reconstrucción de la “caja” de cobertura tal como se presenta en la Figura 2 del documento original de Busse, Schreyögg y Gericke (2007): amplitud (población), profundidad (servicios) y altura (proporción de costos cubierta).

El propio texto advierte, además, que estas tres decisiones no son necesariamente anteriores ni independientes del resto del proceso de financiamiento: la forma en que se financia un sistema puede terminar redefiniendo su cobertura poblacional, por ejemplo cuando el derecho a ciertos beneficios queda condicionado al pago previo de una contribución. Por eso el documento dedica su primera parte a revisar, país por país, cómo se resolvieron durante los últimos treinta años estas tres preguntas: quién tiene derecho a la cobertura, qué queda efectivamente incluido, y qué proporción del costo recae sobre el bolsillo del paciente.

3.2 ¿Quién tiene derecho? Seguro social versus impuestos

Con la excepción de Estados Unidos, todos los países revisados alcanzaron una cobertura universal o casi universal durante la década de 1990, pero por caminos muy distintos. En los países nórdicos y de Australasia financiados por impuestos, el derecho a los servicios de salud se basa en la residencia y no en la ciudadanía, por lo que la población no cubierta queda reducida, en la práctica, a quienes se encuentran en situación migratoria irregular. En el sur de Europa financiado por impuestos, en cambio, la cobertura universal es un fenómeno más reciente: Italia la alcanzó recién en 1978, al sustituir la solidaridad por categoría profesional por una solidaridad intergeneracional de base ciudadana.

En los países de seguro social de salud, el derecho suele seguir atado, aunque cada vez de manera más residual, a la condición de aportante o de familiar a cargo de un aportante. Alemania es el ejemplo más elaborado: alrededor de tres cuartas partes de la población tiene seguro obligatorio, una porción queda legalmente excluida por su nivel de ingresos o por ser empleados públicos con reembolso estatal directo, y solo un grupo minoritario de altos ingresos puede optar entre el seguro social y el seguro privado. El resultado es que apenas dos décimas partes de un uno por ciento de la población alemana queda, en los hechos, sin ningún tipo de cobertura. Japón alcanzó la cobertura universal en 1961 mediante la afiliación obligatoria a alguno de sus miles de fondos de enfermedad, y Corea del Sur protagonizó la expansión más veloz de todo el conjunto de países estudiados: pasó de cubrir al 15 por ciento de su población a cubrir al 100 por ciento en apenas diez años, entre 1977 y 1989, apoyándose en copagos inicialmente altos y en un paquete de beneficios todavía acotado.

3.3 ¿Qué está incluido? Paquetes explícitos e implícitos

Una diferencia estructural que el documento subraya es que los sistemas financiados por impuestos rara vez cuentan con un paquete de beneficios explícito y detallado, mientras que los sistemas de seguro social —que remuneran a los proveedores mayormente por prestación— suelen necesitar listas de servicios mucho más precisas para poder pagarlas. La consecuencia práctica de la falta de explicitud en los sistemas de tipo NHS es lo que en el Reino Unido se conoció como “prescripción por código postal”: la incorporación de nuevas tecnologías termina dependiendo de decisiones locales que varían de una región a otra, lo cual es percibido como inequitativo. En Estados Unidos, el contraste es todavía mayor: mientras los seguros privados definen paquetes de beneficios muy heterogéneos según el empleador y el costo de la prima, el programa público Medicare mantiene una base de datos de cobertura detallada y de actualización permanente, cuyo cambio más importante en tres décadas fue la incorporación de medicamentos de venta bajo receta a partir de 2006.

3.4 ¿Cuánto sale del bolsillo?

Todos los países revisados exigen algún tipo de reparto de costos —copagos, coseguros o franquicias— aunque casi siempre con exenciones para determinados grupos según condición clínica, ingresos o edad. A diferencia de lo que ocurre en muchos países de ingresos bajos y medios, los pagos informales son excepcionales en este grupo de países: la principal excepción señalada es Grecia, donde se estimaba que representaban alrededor del 16 por ciento del gasto sanitario total. Entre 1980 y 2001 el peso del gasto de bolsillo no siguió una tendencia uniforme: aumentó en varios países europeos y descendió en otros, como Irlanda y los Países Bajos, mientras que fuera de Europa Nueva Zelanda registró un fuerte incremento, del 10 al 16 por ciento del gasto total en salud entre 1980 y 1999. Con las excepciones de Estados Unidos, Grecia y Austria, los cargos al usuario se mantuvieron, en general, por debajo del 22 por ciento del gasto sanitario total, y frecuentemente por debajo del 10 por ciento, sin que se observara una tendencia clara hacia su aumento o su disminución según el tipo de sistema.

El resumen que los propios autores hacen de esta primera parte es elocuente: la voluntad política —expresada en legislación clara, aprobada de una vez o de manera gradual— resulta un factor tan decisivo como el crecimiento económico para explicar por qué unos países alcanzaron la cobertura universal y otros no. El caso que citan como contraejemplo es, precisamente, Estados Unidos: un país de altos ingresos y crecimiento económico sostenido que, sin embargo, no logró ampliar sustancialmente el alcance de su cobertura poblacional a lo largo de los treinta años analizados.

A modo ilustrativo, la siguiente tabla recoge, para un subconjunto de países europeos, la evolución de la participación del gasto de bolsillo y del seguro médico voluntario dentro del gasto sanitario total entre 1980 y el período 1999-2001, tal como la reconstruye el documento original a partir de fuentes nacionales:

PaísGasto de bolsillo 1980 / útimo año (%)Observación
Dinamarca11,4 % → 16,4 %Aumento sostenido de +5,0 puntos porcentuales
Alemania8,1 % → 11,0 %Aumento de +2,9 puntos, con seguro voluntario relativamente estable
Irlanda14,3 % → 9,1 %Única baja marcada del grupo (–5,2 puntos)
Países Bajos7,0 % → 6,3 %Fuerte caída del seguro voluntario, de 24 % a 14 %
España21,3 % → 22,0 %Nivel entre los más altos de Europa occidental, con leve aumento
Grecia— → 41,4 %**Incluye una estimación de 16 % de pagos informales

Fuente: elaboración propia sobre la base de Thomson, Mossialos y Jemiai (2003), citado en Busse, Schreyögg y Gericke (2007).

4. Parte II. Recaudación de fondos

4.1 Fuentes y mecanismos de recaudación

Antes de recaudar, el documento propone razonar en cuatro pasos: cuantificar los recursos necesarios para sostener la cobertura definida, identificar las fuentes posibles de financiamiento, elegir mecanismos de recaudación culturalmente compatibles, y designar organizaciones responsables de recaudar y administrar esos fondos —que no necesariamente coinciden con las organizaciones que luego los agruparán—. Los mecanismos de financiamiento que describe son cinco: los impuestos directos e indirectos; las contribuciones obligatorias al seguro social de salud, generalmente calculadas como porcentaje del salario y compartidas entre empleado y empleador; las primas de seguro voluntario, sea privado o comunitario; las cuentas de ahorro médico, cuyo caso paradigmático es Singapur; y los pagos de bolsillo en el momento de la atención.

Cada mecanismo genera incentivos distintos. Los impuestos y las contribuciones obligatorias comparten la ventaja de ser administrados públicamente y de alimentar uno o varios fondos mancomunados, lo que les permite cumplir una función redistributiva que ningún mecanismo privado logra replicar por sí solo. El seguro médico privado, las cuentas de ahorro médico y otras formas privadas de recaudación son caracterizadas por los autores, de manera explícita, como modelos que solo pueden funcionar como complemento de la cobertura universal, nunca como su sustituto: no logran, por diseño, mancomunar el riesgo de toda una población.

Un caso singular: las cuentas de ahorro médico de Singapur 1. Cada trabajador aporta obligatoriamente una parte de su salario a una cuenta personal de ahorro (Medisave), que solo puede usarse para gastos médicos propios o de familiares directos. 2. A diferencia de un seguro, no mancomuna el riesgo entre personas: cada individuo consume, en esencia, sus propios ahorros acumulados. 3. El propio esquema debió complementarse con Medishield (seguro catastrófico) y Medifund (asistencia a indigentes) para cubrir los riesgos que el ahorro individual, por diseño, no puede mancomunar.

4.2 Organizaciones recaudadoras

La mayoría de los países de altos ingresos concentra la función recaudadora en un número reducido de organizaciones, a menudo separando, incluso dentro de los sistemas financiados por impuestos, al ministerio de finanzas o tesoro —que efectivamente recauda— del ministerio de salud, que administra y agrupa. El documento remarca que la agenda política, más que criterios técnicos explícitos, suele determinar cómo se distribuyen los recursos entre ambos organismos, con Nueva Zelanda como una de las pocas excepciones que definió criterios de asignación objetivos y transparentes. El resumen de esta parte insiste en un punto que atraviesa todo el trabajo: dado que resulta difícil atribuir resultados sanitarios a un mecanismo de recaudación en particular, los autores se niegan a declarar una “mejor práctica” única entre financiamiento por impuestos y financiamiento por seguro social; ambos son, en su lectura, caminos igualmente válidos hacia la cobertura universal, y la elección entre uno u otro depende sobre todo de la historia institucional y política de cada país.

5. Parte III. Agrupación de fondos (pooling)

La agrupación —el pooling— es definida como la acumulación de recursos prepagados destinados a cubrir riesgos financieros que superan la capacidad de pago de una persona o de un grupo pequeño. Es, para los autores, la función más determinante de todo el proceso de financiamiento: es la que efectivamente reduce el riesgo financiero individual al repartirlo entre el conjunto de la población cubierta, y por lo tanto la que más directamente define el alcance real de la protección financiera de un sistema de salud.

5.1 De la recaudación a la agrupación

En la mayoría de los países de altos ingresos, recaudación y agrupación se realizan a nivel central o nacional, aunque el documento identifica una tendencia hacia la descentralización de ambas funciones en los sistemas financiados por impuestos: Suecia, España e Italia otorgaron mayor autonomía recaudadora y de agrupación a sus gobiernos regionales, con los consejos de condado suecos financiándose principalmente con impuestos a la renta que ellos mismos recaudan. La tendencia contraria se observa en los sistemas de seguro social de salud, que en las últimas décadas avanzaron hacia una mayor centralización del pooling: Alemania, los Países Bajos, Bélgica y Suiza concentraron la función de agrupación en organismos federales independientes, principalmente para reducir la exposición de los antiguos fondos de enfermedad pequeños y fragmentados a un riesgo financiero excesivo. El caso de Suiza es señalado como particular, porque allí los recursos se agrupan únicamente dentro de cada región de prima, de modo que el mayor gasto per cápita de un cantón rico no se comparte con el de un cantón de menores recursos.

5.2 De la agrupación a la compra: capitación y ajuste de riesgo

Una vez agrupados, los recursos deben asignarse a las organizaciones compradoras, ya sea de manera retrospectiva —cubriendo el gasto efectivamente incurrido— o prospectiva, mediante un presupuesto fijado de antemano. El documento describe un movimiento general, aunque no universal, desde la asignación retrospectiva hacia mecanismos de capitación: un valor definido por persona cubierta, ajustado por factores de riesgo que intentan predecir su gasto sanitario esperado. La sofisticación de esos ajustadores de riesgo varía enormemente entre países: en Suiza la capitación se ajusta solamente por edad y sexo, mientras que Suecia y los Países Bajos desarrollaron fórmulas mucho más avanzadas, que incorporan situación laboral, composición del hogar, región de residencia e incluso grupos de costo diagnóstico y farmacéutico. Alemania ilustra la evolución típica de este mecanismo: pasó de un esquema mixto que solo mancomunaba el gasto de los jubilados, a la introducción en 1994 de un ajuste de riesgo por edad, sexo y discapacidad, previo a la apertura de la competencia entre fondos de enfermedad en 1996.

El resumen de esta parte concluye que, cualquiera sea el arreglo de financiamiento elegido, algún mecanismo de capitación resulta indispensable si el objetivo es redistribuir de manera equitativa los recursos agrupados entre la población; y que cuanto mayor es el poder predictivo de los ajustadores de riesgo utilizados, más equitativa resulta la asignación y más justa la eventual competencia entre organizaciones compradoras.

La siguiente tabla, elaborada a partir de las Tablas 3 y 4 del documento original, ilustra la enorme variación en la sofisticación de los ajustadores de riesgo utilizados para calcular la capitación en un subconjunto de países:

PaísSistemaPrincipales ajustadores de riesgo utilizados
SuizaSHI (por cantón)Edad y sexo únicamente
AlemaniaSHIEdad, sexo y discapacidad (desde 1994)
Países BajosSHIEdad, sexo, situación laboral, región y grupos de costo diagnóstico/farmacéutico (desde 2002)
SueciaFinanciado por impuestosEdad, sexo, estado civil, situación laboral, ocupación, antigüedad de vivienda y alta utilización previa
InglaterraFinanciado por impuestos (NHS)Edad, mortalidad, morbilidad, desempleo, personas mayores que viven solas, origen étnico
AustraliaFinanciado por impuestosEdad, sexo, grupo étnico, personas sin hogar, mortalidad, ruralidad

Fuente: elaboración propia sobre la base de Busse et al. (2004), Rice y Smith (2002) y otras fuentes citadas en Busse, Schreyögg y Gericke (2007).

6. Parte IV. Compra y remuneración de proveedores

Comprar significa transferir los recursos ya agrupados hacia los proveedores de servicios, y la manera de remunerarlos moldea de manera directa sus incentivos de comportamiento. Antes de diseñar cualquier sistema de pago, el documento propone aclarar dos cuestiones: la estructura de mercado de las organizaciones compradoras —un comprador único nacional o varios compradores regionales, en competencia o no entre sí— y el papel que se les asigna, ya sea el de un intermediario financiero pasivo o el de un comprador activo con poder efectivo para exigir calidad y eficiencia.

6.1 Estructura de mercado de los compradores

La descentralización de la función compradora alcanzó a casi todos los países revisados en las últimas tres décadas, con la notable excepción de sistemas pequeños como Grecia, Islandia, Corea del Sur y Singapur, donde la escala reducida hace menos necesaria la multiplicación de compradores regionales. En los sistemas de seguro social, Alemania y los Países Bajos introdujeron durante los años noventa la competencia entre fondos de enfermedad —hasta entonces asignados por ocupación o zona geográfica—, siguiendo un camino ya iniciado por Bélgica y Suiza; el número de fondos se redujo drásticamente en todos estos países, entre un 21 por ciento en Bélgica y más de un 70 por ciento en Alemania, en un proceso motivado menos por el ahorro administrativo que por la búsqueda de mayor eficiencia asignativa.

6.2 El rol del comprador: de intermediario pasivo a comprador activo

Durante los años setenta y ochenta el comprador solía limitarse a reembolsar servicios en nombre de la población; recién en los noventa ganó autonomía de gestión y planificación en la mayoría de los sistemas. El caso más citado es el del Servicio Nacional de Salud británico, que en 1991 separó explícitamente las funciones de comprador y proveedor para crear un “mercado interno”, con autoridades sanitarias distritales y médicos de cabecera que administraban su propio presupuesto (fundholding) para adquirir atención secundaria en nombre de sus pacientes. La evidencia posterior es matizada: la retención de fondos por parte de los médicos de cabecera parece haber reducido tiempos de espera y derivaciones innecesarias, pero también se documentaron mayores costos de transacción, inequidades entre pacientes según qué tipo de comprador los representaba, y en algunos casos deterioro de resultados clínicos. Aunque el gobierno laborista abolió formalmente el mercado interno en 1997, terminó desarrollando su propia versión, primero con las autoridades sanitarias y desde 2003 con los fideicomisos de atención primaria, en los que los médicos de cabecera recuperaron funciones ejecutivas.

6.3 Remuneración de proveedores: de los presupuestos globales al pago por caso

Históricamente, los sistemas financiados por impuestos remuneraron a los hospitales mediante presupuestos globales prospectivos que solían reflejar el gasto histórico más que la intensidad real de atención, mientras que los sistemas de seguro social privilegiaron el pago por servicio o por día de internación. El punto de inflexión que el documento identifica es 1983, cuando el programa estadounidense Medicare introdujo el pago por caso mediante Grupos Relacionados de Diagnóstico (DRG): una suma fija por episodio, calculada según el costo medio esperado de cada categoría de paciente. Desde entonces, la gran mayoría de los países de altos ingresos adoptaron alguna variante de pago por caso, generalmente combinada con presupuestos globales: Suecia (1985), Finlandia (1987), Portugal (1989), Canadá y Bélgica (1990 y 1995 respectivamente), Alemania (tarifas por caso desde 1995 y sistema G-DRG desde 2003), Francia (1997), Japón (2003), entre muchos otros. La evidencia sobre sus beneficios es matizada: se documentan ahorros de costos del orden del 10 por ciento en algunos países, pero también riesgos de reducción en la intensidad de la atención y, en episodios de exceso de oferta, aumentos de actividad que obligaron a reintroducir controles centrales de volumen.

El resumen de esta parte destaca que la evidencia sobre la efectividad de la separación entre comprador y proveedor sigue siendo controvertida: las ganancias de eficiencia técnica conviven con riesgos de deterioro de la calidad y con mayores costos de transacción, y los sistemas de tipo NHS parecen sostener mejor la coordinación de la atención a enfermos crónicos que los sistemas de seguro social, gracias a su estructura jerárquica de control directo sobre los proveedores.

La siguiente tabla resume el año de introducción de mecanismos de pago por caso de tipo DRG (o su equivalente) en una selección de los países revisados por el documento original:

PaísAño de introducciónSistema de financiamiento predominante
Estados Unidos (Medicare)1983Mixto, predominio privado
Suecia1985Financiado por impuestos
Finlandia1987Financiado por impuestos
Portugal1989Financiado por impuestos
Bélgica1995Seguro social de salud (SHI)
Alemania1995 (tarifas por caso) / 2003 (sistema G-DRG)Seguro social de salud (SHI)
Francia1997Seguro social de salud (SHI)
Países Bajos2003Seguro social de salud (SHI)
Japón2003 (combinación de procedimientos diagnósticos)Seguro social de salud (SHI)

Fuente: elaboración propia sobre la base de Langenbrunner y Wiley (2002) y otras fuentes citadas en Busse, Schreyögg y Gericke (2007).

7. Parte V. Lecciones para países de ingresos bajos y medios

7.1 Tendencias generales de reforma en países de altos ingresos

Desde fines de los años setenta, buena parte de la reforma sanitaria en los países de altos ingresos estuvo dominada, al menos en el debate público, por la contención de costos; pero de manera menos visible también avanzaron reformas orientadas a ampliar la cobertura y la equidad. Australia, Portugal, Irlanda, Grecia, España y, de manera especialmente veloz, Corea del Sur introdujeron cobertura obligatoria del cien por ciento de la población entre 1975 y 1989; Bélgica y Francia completaron la cobertura de los últimos grupos aún no asegurados en 1998 y 2000 respectivamente; y varios países ampliaron su cobertura hacia la atención de largo plazo durante los años noventa. En términos organizacionales, el documento identifica un movimiento cruzado: la agrupación de fondos tendió a centralizarse, mientras que la función compradora tendió a descentralizarse, sobre todo en los sistemas financiados por impuestos.

7.2 Las seis lecciones de política

A partir de esta revisión de tres décadas de reformas, los autores condensan la experiencia de los países de altos ingresos en seis lecciones dirigidas explícitamente a los países de ingresos bajos y medios, con una advertencia previa: la lección más importante de todas es no implementar ninguna reforma de financiamiento que no contribuya, en última instancia, al objetivo de la cobertura universal.

Las seis lecciones de Busse, Schreyögg y Gericke (2007) para países en transición 1. Facilitar un crecimiento económico estable: el ingreso per cápita creciente es, para los autores, el primer y más importante factor que acelera la transición hacia la cobertura universal.
2. Iniciar proyectos piloto de seguro médico voluntario: en Alemania y Japón, el seguro voluntario sirvió como escuela de gestión antes de introducir esquemas obligatorios.
3. Fomentar la capacidad administrativa: la experiencia de Corea del Sur muestra que contar con administradores de nivel medio bien formados fue clave para expandir el seguro social de salud.
4. Asegurar el compromiso político para ampliar la cobertura poblacional: la prosperidad económica no basta por sí sola —Alemania y Japón introdujeron el seguro obligatorio siendo todavía países pobres— pero sin una decisión política explícita la ampliación de la cobertura no ocurre de manera espontánea.
5. Combinar la expansión de la cobertura poblacional con la agrupación de riesgos: los esquemas comunitarios pequeños y fragmentados se vuelven insostenibles a medida que crece la cobertura, por lo que la ampliación poblacional debe ir acompañada de mecanismos de mancomunación de riesgo cada vez más amplios.
6. Asegurar la evaluación de productos y servicios en cada etapa: aun con presupuestos iniciales muy acotados, solo deberían incorporarse al paquete de beneficios tecnologías de eficacia probada y costo-efectivas, tomando como referencia razonable un umbral cercano a dos veces el PIB per cápita por año de vida ajustado por calidad.

7.3 Cuadro síntesis: las cuatro funciones del financiamiento sanitario

A modo de repaso integrador de las Partes I a IV, el siguiente cuadro reúne la pregunta central que organiza cada función, los mecanismos típicos revisados por el documento y la lección de política más directamente asociada a cada una:

FunciónPregunta centralMecanismos típicos revisadosLección de política asociada
Decisiones de cobertura¿A quién, qué y cuánto se cubre?Amplitud, profundidad y altura del paquete de beneficiosNo reformar el financiamiento sin objetivo explícito de cobertura universal
Recaudación¿De dónde sale el dinero?Impuestos, contribuciones SHI, primas voluntarias, cuentas de ahorro, bolsilloLos mecanismos privados son complemento, nunca sustituto, de la cobertura universal
Agrupación (pooling)¿Cómo se mancomuna el riesgo?Fondos centralizados o descentralizados, capitación ajustada por riesgoLa expansión poblacional exige agrupar riesgos cada vez más amplios
Compra y remuneración¿Cómo se paga a los proveedores?Presupuestos globales, pago por día, pago por servicio, DRG/pago por casoLa eficiencia técnica debe sopesarse siempre frente a la calidad de la atención

8. El documento de 2007 como origen del “box” de cobertura

Vale la pena remarcar, para cerrar el círculo con el trabajo anterior de esta serie, que la Figura 2 del propio documento original de Busse, Schreyögg y Gericke —reproducida conceptualmente en la Figura 1 de este documento— es la formulación primera y más citada de las tres dimensiones de amplitud, profundidad y altura que después reaparecerían, con otro nombre y otro propósito, en el cubo de la Cobertura Universal de Salud del Informe Mundial de la Salud de la Organización Mundial de la Salud de 2010. El propio Busse integró, años más tarde, el extenso equipo de colaboradores de aquel informe, lo que confirma que no se trata de una coincidencia sino de una única línea de trabajo que evolucionó desde un documento de discusión del Banco Mundial orientado a la comparación técnica entre sistemas de altos ingresos, hacia un instrumento de comunicación normativa dirigido a movilizar voluntad política global.

Leído en conjunto con ese cubo posterior, el documento de 2007 aporta algo que la versión normativa de 2010 no podía ofrecer: el detalle empírico, país por país, de qué combinaciones concretas de amplitud, profundidad y altura efectivamente se ensayaron durante treinta años de reformas, con qué mecanismos de recaudación, agrupación y compra se sostuvieron, y qué resultados —a menudo ambiguos o contradictorios— se observaron en cada caso.

Esta genealogía también aclara un malentendido frecuente: ni el box de 2007 ni el cubo de 2010 fueron concebidos como un estándar único a replicar, sino como herramientas para ordenar preguntas que cada país —y, dentro de cada país, cada institución de salud— debe responder de acuerdo con su propia historia institucional. El propio documento de 2007 es explícito en este punto: dado que resulta difícil atribuir resultados a un mecanismo de financiamiento en particular, cualquier lectura que busque en él una receta cerrada termina forzando conclusiones que los propios autores se cuidaron de no formular.

9. Implicancias para la gestión de instituciones de salud en Argentina

Varias de las categorías que el documento utiliza para describir a los países de seguro social de salud europeos resultan directamente aplicables al sistema argentino, que combina un subsistema de seguridad social fragmentado en un gran número de obras sociales, un subsistema público financiado por impuestos y un subsistema privado de medicina prepaga. La discusión sobre la centralización del pooling frente a la fragmentación en fondos pequeños y expuestos a riesgo financiero —el problema que llevó a Alemania, los Países Bajos, Bélgica y Suiza a concentrar su función de agrupación— es, con matices, la misma discusión que atraviesa el debate sobre un eventual fondo compensador único o mecanismos más robustos de ajuste por riesgo entre obras sociales en la Argentina.

De modo similar, la experiencia descripta sobre la separación entre comprador y proveedor, y sobre el pasaje de presupuestos globales o pago por día hacia mecanismos de pago por caso de tipo DRG, ofrece antecedentes útiles para instituciones prestadoras que negocian con múltiples financiadores: la evidencia internacional revisada sugiere que estos mecanismos pueden mejorar la eficiencia técnica, pero solo si se acompañan de instrumentos de control de calidad y de volumen que eviten el deterioro de la atención o el aumento no controlado de la actividad. Finalmente, la sexta lección —evaluar sistemáticamente productos y servicios antes de incorporarlos al paquete de beneficios— es enteramente trasladable a cualquier institución o financiador argentino que deba decidir, con recursos siempre acotados, qué tecnologías sanitarias incorporar y con qué prioridad.

A modo de síntesis operativa, cinco puntos del documento original resultan directamente aplicables a la gestión de clínicas, sanatorios y hospitales privados en la Argentina:

  • Auditar, para cada convenio con un financiador, las tres dimensiones de cobertura (amplitud, profundidad, altura) en lugar de aceptar la cobertura poblacional declarada como dato suficiente.
  • Distinguir con claridad, en cualquier negociación, si el financiador actúa como recaudador, como agrupador de riesgo o como comprador, ya que cada rol admite exigencias distintas.
  • Exigir o construir, cuando sea posible, mecanismos de ajuste de riesgo más sofisticados que la simple edad y sexo, siguiendo el ejemplo de los países que avanzaron hacia capitaciones con mayor poder predictivo.
  • Anticipar que cualquier mecanismo de pago por caso o por desempeño requiere, en paralelo, indicadores de calidad y de volumen que eviten los efectos adversos documentados internacionalmente.
  • Incorporar la evaluación de tecnologías sanitarias como paso previo —y no posterior— a la incorporación de nuevas prestaciones al paquete de beneficios institucional.

10. Conclusiones

El documento de Busse, Schreyögg y Gericke (2007) ofrece, casi veinte años después de su publicación, un mapa todavía vigente de las decisiones que estructuran cualquier arreglo de financiamiento de la salud: a quién se cubre, qué se cubre, cuánto de eso se paga, cómo se recauda el dinero, cómo se agrupa para mancomunar el riesgo y cómo finalmente se transfiere a los proveedores.

Su conclusión más resistida —que no existe una “mejor práctica” única entre financiamiento por impuestos y por seguro social— sigue siendo, probablemente, su aporte más honesto: la evidencia comparada de veinticinco países de altos ingresos no permite decretar un modelo ganador, sino identificar condiciones —crecimiento económico, capacidad administrativa, compromiso político, agrupación de riesgo, evaluación tecnológica— que favorecen la transición hacia la cobertura universal con independencia del mecanismo elegido.

Esa misma prudencia metodológica es la que conviene sostener al utilizar este documento como referencia para la gestión de instituciones de salud en contextos, como el argentino, que combinan varios de los arreglos institucionales que el propio texto describe por separado.

Para la gestión concreta de una clínica, un sanatorio o un hospital, el valor último de este documento no está en ninguna de sus conclusiones aisladas, sino en la disciplina de análisis que propone: frente a cualquier cambio en un convenio, en una política pública o en un mecanismo de pago, resulta más productivo preguntar en qué función del financiamiento incide —cobertura, recaudación, agrupación o compra— y qué incentivo concreto genera sobre proveedores y pacientes, que evaluarlo únicamente por su denominación o por la retórica con la que se lo presenta.

Publicado por saludbydiaz

Especialista en Medicina Interna-nefrología-terapia intensiva-salud pública. Director de la Carrera Economía y gestión de la salud de ISALUD. Director Médico del Sanatorio Sagrado Corazon Argentina. 2010-hasta la fecha. Titular de gestión estratégica en salud

Deja un comentario