Las compensaciones de negocio de la calidad asistencial, y por qué pueden ser superavitarias en la empresa privada y en la organización pública
Dr. Carlos Alberto Díaz
Universidad ISALUD · Diplomatura en Clínicas, Sanatorios y Hospitales Privados (CONFECLISA)
Septiembre de 2026
El enfrentamiento periódico con los contables y con los administradores pendula entre tenemos muchas enfermeras, le pagamos mucho a los médicos y por otro lado, la calidad es un gasto, un costo que nadie paga, al contrário, si un paciente se complica se factura más y puede ser un negócio. No hay penalidades a las complicaciones evitables.

1. Una pregunta mal planteada
En la discusión cotidiana de un directorio, de un consejo de administración o de un ministerio, la calidad asistencial suele presentarse como un costo incremental: más personal, más capacitación, más auditoría, más sistemas de información, más horas dedicadas a medir y a corregir. Todo eso se suma al presupuesto y, en apariencia, nada se resta. Planteada así, la calidad compite con cualquier otra prioridad y casi siempre pierde, porque su beneficio parece difuso y su costo, en cambio, es inmediato y visible.
Esa mirada es incompleta. La calidad tiene, efectivamente, un costo de inversión. Pero también genera compensaciones: costos que dejan de pagarse, capacidad que se libera, ingresos que aparecen, riesgos que disminuyen, profesionales que se quedan. En muchos casos esas compensaciones superan la inversión, y cuando eso ocurre la calidad no es un costo: es una fuente de superávit. Este escrito desarrolla ese argumento, muestra con qué condiciones se cumple y por qué vale tanto para la empresa privada como para la organización pública, aunque en cada una la palabra «negocio» quiera decir cosas distintas.
| Idea central La pregunta de gestión no es cuánto cuesta la calidad, sino cuál es su resultado neto y en que período temporal: la diferencia entre lo que se invierte para lograrla y lo que, gracias a ella, se deja de gastar, se libera o se gana. Una mejora de calidad bien elegida, en un marco de pago o de presupuesto que no premie la complicación, suele ser superavitaria. |
2. Costo bruto y resultado neto de la calidad
La tradición industrial de la gestión de calidad planteó esta distinción hace casi setenta años. Feigenbaum clasificó en 1956 los costos de la calidad en cuatro categorías: los de prevención y los de evaluación, que la organización decide gastar para hacer bien las cosas, y los de fallas internas y fallas externas, que paga cuando las hace mal. Crosby resumió la consecuencia en el título de un libro que se volvió consigna, La calidad no cuesta (1979): lo que cuesta es la no calidad, y lo que se invierte en prevención y evaluación se recupera, con creces, en fallas que dejan de ocurrir. En los servicios de salud el costo de la no calidad es enorme —la OCDE estima que alrededor del 15% del gasto hospitalario de sus países miembros se origina en eventos adversos evitables—, pero lo que interesa aquí es su consecuencia para la gestión: el costo de la calidad debe leerse siempre como un balance, nunca como una partida aislada.
Balance de la calidad: lo que se invierte y lo que se compensa
| Lo que se invierte (costo incremental) | Lo que se compensa (retorno) |
| Prevención: protocolos, listas de verificación, profilaxis, capacitación, dotación adecuada | Fallas internas evitadas: complicaciones, reoperaciones, estudios repetidos, días de estada adicionales |
| Evaluación: indicadores, auditoría clínica, vigilancia epidemiológica, sistemas de información | Fallas externas evitadas: reinternaciones, reclamos, juicios, pérdida de convenios y de reputación |
| Organización del proceso: gestión de camas, del alta y del quirófano; tiempo protegido para la mejora | Capacidad liberada: camas, quirófanos y horas profesionales disponibles para nueva producción |
| Desarrollo del equipo: formación, liderazgo, condiciones de trabajo | Ingresos y posición: más derivaciones, mejor negociación, menor rotación del personal |
Swensen y colaboradores, al documentar el programa de calidad de la Clínica Mayo, propusieron distinguir dos clases de compensación. Las compensaciones duras tienen un efecto directo y cuantificable sobre el flujo de fondos en el corto plazo: menos insumos, menos días de estada, menos horas extra. Las compensaciones blandas son igualmente reales, pero menos visibles en la contabilidad: capacidad que se libera, productividad que aumenta, costos futuros que se evitan. Con una metodología que los propios autores calificaron de conservadora, el programa informó un retorno de alrededor de cinco dólares por cada dólar invertido. Que esa proporción se repita en otro contexto es una pregunta abierta; lo relevante es que la calidad, medida como balance y no como gasto, dio superávit.
3. Cuándo la calidad es superavitaria: el caso de negocio
Que una mejora genere compensaciones mayores que su costo no garantiza que sea un negocio para quien la hace. Leatherman, Berwick y colaboradores definieron en 2003 el caso de negocio de una intervención de calidad: existe cuando la organización que invierte recupera su inversión en un plazo razonable, sea como ganancia, como reducción de pérdidas o como costos evitados. Distinguieron ese caso de negocio del caso económico —el ahorro para el sistema de salud en su conjunto— y del caso social —el beneficio para la comunidad—, y mostraron que una misma mejora puede tener los dos últimos y carecer del primero, porque el ahorro lo captura otro actor, habitualmente el financiador.
El ejemplo más elocuente de este problema lo publicaron Eappen y colaboradores en JAMA en 2013. Al analizar más de 34.000 egresos quirúrgicos en un sistema de doce hospitales estadounidenses, encontraron que las complicaciones aumentaban los costos con todos los financiadores, pero que con los seguros privados —que pagaban en buena medida por prestación— el margen de contribución de un paciente complicado era unos 39.000 dólares mayor que el de uno sin complicaciones. Bajo ese esquema de pago, el hospital ganaba más cuando las cosas salían mal. En la Argentina, el nomenclador de módulos que rige la facturación de los hospitales públicos de gestión descentralizada produce un efecto equivalente, porque los días de internación que agrega una complicación se facturan aparte. La calidad es superavitaria para el prestador, por lo tanto, cuando el diseño del pago permite que las compensaciones vuelvan a quien la produce.
Con esta lente, las inversiones en calidad pueden ordenarse en tres grupos. Distinguirlos es, en sí mismo, una tarea de gestión:
Tres tipos de inversión en calidad según su resultado neto
| Tipo | Resultado neto | Ejemplos | Qué hacer |
| Calidad superavitaria | Las compensaciones superan la inversión en un plazo razonable | Prevención de infecciones asociadas a la atención, gestión del alta y de camas, estandarización de procesos quirúrgicos, reducción de estudios repetidos, conciliación de la medicación | Priorizarla: financia al resto del programa |
| Calidad autofinanciada | Las compensaciones cubren aproximadamente la inversión | Sistemas de información clínica, acreditación, programas de experiencia del paciente | Hacerla por su valor estratégico y medir para no perder el equilibrio |
| Calidad con costo neto | La inversión no se recupera en el corto plazo | Dotación de enfermería segura, algunas tecnologías nuevas, programas para poblaciones vulnerables | Sostenerla como piso ético y regulatorio |
La consecuencia práctica es que un programa de calidad bien diseñado empieza por el primer grupo: las mejoras superavitarias liberan los recursos que permiten sostener las del tercero. Esa es la diferencia entre un programa de calidad que se defiende en el directorio con números y uno que se defiende solo con buena voluntad.
4. Por qué la calidad es un negocio en la empresa privada
Para una clínica o un sanatorio privado, que no cuenta con un presupuesto asignado con independencia de lo que factura, la pregunta es concreta: cada peso que se invierte en calidad compite con el resultado del ejercicio. La respuesta es que la calidad bien gestionada genera compensaciones por siete vías simultáneas. Algunas son contables y se ven en el estado de resultados; otras son estratégicas y se ven en la posición de la institución frente a los financiadores, los médicos y los pacientes. Conviene analizarlas por separado, porque no dependen de las mismas condiciones.
Primera vía: la no calidad consume recursos que nadie paga. Una infección del sitio quirúrgico, una caída con fractura, una reinternación a los quince días o una reoperación consumen insumos, medicamentos, días-cama, horas de enfermería y horas de quirófano. Que ese consumo se convierta en pérdida o en ingreso depende de la forma de pago. Cuando la institución cobra por módulo, por GRD, por cápita o por paquete, la complicación es un costo que absorbe el prestador, y evitarla es margen directo. Cuando cobra por prestación, la complicación puede facturarse y la mejora reduce los ingresos. La consecuencia de gestión es doble. Un sanatorio que ya trabaja mayoritariamente con pagos modulares o capitados tiene en la calidad su principal herramienta de control de costos, más potente que cualquier recorte de insumos. Y un sanatorio que quiere migrar hacia esas formas de pago —que es hacia donde se mueven los financiadores— necesita haber reducido antes su tasa de complicaciones, porque de lo contrario el nuevo contrato se convierte en una fuente de pérdidas.
Forma de pago y destino de la compensación
| Forma de pago | Quién absorbe el costo de la complicación | ¿La calidad es superavitaria para el prestador? |
| Por prestación | El financiador: el prestador factura el día o la práctica adicional | No: la mejora reduce la facturación |
| Por módulo o paquete | El prestador, dentro del módulo | Sí: cada complicación evitada es margen |
| Por GRD | El prestador, salvo los casos atípicos | Sí, y además premia la estancia eficiente |
| Por cápita | El prestador, por toda la población a cargo | Sí, y premia también la prevención y la continuidad |
| Organización integrada (el financiador es dueño del prestador) | La misma organización | Sí: el ahorro no puede perderse en otro actor |
La última fila merece atención en el caso argentino. Cuando financiador y prestador pertenecen a la misma organización —obras sociales o prepagas con sanatorios propios—, desaparece el problema central que describieron Leatherman y colaboradores: el ahorro de una complicación evitada no se escapa hacia otro actor, porque queda dentro del mismo balance. En esas organizaciones, la calidad asistencial es, además de una obligación, la forma más directa de controlar el gasto prestacional del conjunto.
Segunda vía: la capacidad liberada. Es probablemente la compensación más subestimada. Cada día de internación que no se consume por una complicación que no ocurrió, por un alta que no se demoró o por un estudio que no se repitió es una cama disponible para otro egreso. Un ejemplo ilustrativo, con cifras hipotéticas, lo muestra con claridad. Un sanatorio de cien camas, con un 85% de ocupación y un promedio de estada de cinco días, produce alrededor de 6.200 egresos por año. Si reduce el promedio de estada a 4,5 días —evitando complicaciones, ordenando el proceso de alta y eliminando esperas de estudios— y mantiene la ocupación, produce unos 6.900: casi setecientos egresos más, un 11% adicional, con la misma estructura edilicia, el mismo plantel y los mismos costos fijos. Como esos costos fijos ya estaban cubiertos, buena parte del ingreso de cada egreso adicional es contribución marginal. Lo mismo ocurre en el quirófano: las cirugías suspendidas por falta de estudios, de insumos o de cama, y los inicios tardíos del primer turno, son horas de un recurso carísimo que se pierden sin producción. La calidad del proceso, en este sentido, no solo ahorra: produce más con lo mismo.
Tercera vía: la preferencia del financiador y del paciente. Los financiadores que pueden medir la calidad la usan para decidir a quién derivan. La contratación selectiva, las redes de prestadores por niveles y los convenios de «centro de excelencia» con garantías de precio y de resultados dirigen activamente a los afiliados hacia los prestadores de mejor relación entre calidad y costo. En el mercado argentino ese mecanismo tiene un rasgo propio. Para una prepaga, contar en su cartilla con sanatorios reconocidos es un argumento de venta de sus planes, y buena parte de los afiliados elige plan mirando qué instituciones incluye. Un sanatorio con reputación de calidad deja de ser un proveedor intercambiable y se convierte en un activo comercial para el financiador, y esa posición cambia la relación entre ambos.
Cuarta vía: salir de la guerra de aranceles. En un mercado donde todos los prestadores ofrecen aparentemente lo mismo, la única variable de competencia es el precio, y el margen se erosiona de manera continua. La calidad demostrada es la forma de diferenciarse. Permite negociar desde otra posición: aranceles diferenciales, contratos por paquete con garantía de resultados, convenios de centro de referencia para determinadas patologías —cirugía cardiovascular, oncología, trauma, cirugía bariátrica— o acuerdos de exclusividad. Quien solo puede ofrecer precio queda a merced del financiador. Quien puede ofrecer resultados medidos negocia con algo que el financiador necesita.
Quinta vía: los médicos traen a los pacientes. En buena parte del sector privado argentino, el paciente llega al sanatorio de la mano de su médico. Los profesionales con cartera propia eligen dónde operar e internar según la organización del quirófano, la calidad de la enfermería, la disponibilidad de terapia intensiva y la seguridad con la que evolucionan sus pacientes. Un sanatorio que cuida esas condiciones atrae y retiene a los médicos que generan demanda. Uno que no las cuida los pierde, y con ellos pierde a sus pacientes. La misma lógica vale para la enfermería y el resto del equipo: la rotación del personal tiene un costo alto de reemplazo y de curva de aprendizaje, y las instituciones de calidad —como muestran los hospitales magnéticos— la reducen.
Sexta vía: menos riesgo. Los eventos adversos evitables generan reclamos, juicios por mala praxis, indemnizaciones y primas de seguro más altas. Un evento grave con repercusión pública daña además una reputación que llevó años construir. La gestión de la seguridad del paciente es también gestión del riesgo patrimonial de la institución.
Séptima vía: el acceso a contratos que exigen calidad demostrada. Cada vez más financiadores, aseguradoras internacionales y convenios de derivación exigen acreditación, indicadores publicados o participación en registros de resultados como condición para contratar. En esos casos la calidad deja de ser una ventaja y pasa a ser la llave de entrada a un segmento del mercado.
5. Un ejemplo numérico: el mismo programa, dos resultados
Un ejemplo hipotético, con valores expresados en unidades monetarias (UM) para evitar la distorsión inflacionaria, permite ver cómo se arma el balance. Un sanatorio realiza 4.000 cirugías por año, con una tasa de infección del sitio quirúrgico del 4%: 160 infecciones anuales. Implementa un programa de prevención —enfermera de control de infecciones, vigilancia activa, un paquete de medidas perioperatorias (profilaxis antibiótica en tiempo, preparación de la piel, normotermia, control glucémico) y capacitación— con un costo anual de 250.000 UM, y logra bajar la tasa al 2,5%: se evitan 60 infecciones por año. Cada infección prolonga la internación unos siete días y, entre días-cama, antibióticos, estudios y curaciones, cuesta unas 9.000 UM adicionales. Los 420 días-cama que se liberan equivalen, con una estada media de cinco días, a 84 egresos nuevos, cada uno con una contribución marginal de 2.000 UM.
Balance anual del programa de prevención de infecciones (ejemplo hipotético, en UM)
| Concepto | Pago por módulo o GRD | Pago por prestación |
| Costo anual del programa | −250.000 | −250.000 |
| Costos de complicaciones evitados (60 × 9.000) | +540.000 | ≈ 0 (los días adicionales se facturaban) |
| Capacidad liberada (84 egresos × 2.000) | +168.000 | +168.000 |
| Resultado neto anual | +458.000 | −82.000 |
El mismo programa, con los mismos resultados clínicos, es claramente superavitario en un caso —cada unidad invertida devuelve casi tres— y deficitario en el otro. Tres advertencias completan la lectura. La compensación por capacidad liberada solo existe si hay demanda para ocupar esas camas; si no la hay, se convierte en capacidad ociosa y el balance empeora. Hay compensaciones que el ejemplo no cuantifica —reclamos evitados, reputación, retención del cirujano que elige dónde operar— y que en la práctica lo mejoran. Y el resultado para el paciente es idéntico en las dos columnas: lo que cambia no es la calidad, sino quién se queda con su retorno.
6. Por qué puede ser un negocio en la organización pública
En un hospital público la palabra «negocio» suena extraña, pero la lógica es la misma si se reemplaza la utilidad por lo que Mark Moore llamó valor público: el resultado que la ciudadanía y sus representantes valoran y que justifica los recursos que la organización recibe. El hospital público no busca ganancia, pero opera con un presupuesto limitado y una demanda que lo excede, de modo que todo recurso que la no calidad consume es un paciente que no se atiende. Para él, la calidad genera compensaciones por cuatro vías:
- Capacidad liberada. Los días-cama y las horas de quirófano que no consume la no calidad se convierten en turnos, cirugías y listas de espera que se acortan. En el ejemplo anterior, los 84 egresos adicionales serían, en un hospital público, 84 pacientes de la lista de espera operados sin un peso más de presupuesto. Con recursos fijos, es la forma más directa de producir más salud.
- Recupero de costos. Donde existe un régimen como el de los hospitales públicos de gestión descentralizada, facturar a obras sociales y prepagas depende de registros completos y procesos ordenados, que son a su vez atributos de calidad.
- Menor gasto fiscal evitable. Juicios, indemnizaciones y reinternaciones terminan siendo pagados por el mismo Estado que financia el hospital.
- Legitimidad. Un hospital público confiable retiene a sus profesionales, conserva la confianza de la comunidad y tiene mejores argumentos para defender su presupuesto.
La condición para que esto funcione también es institucional. Si el ahorro que genera un servicio vuelve automáticamente al tesoro, y el presupuesto del año siguiente se recorta en proporción a lo ahorrado, la mejora castiga a quien la hizo. Los compromisos de gestión, la autonomía para reasignar lo ahorrado y el presupuesto vinculado a resultados son, en el sector público, el equivalente funcional de lo que en el sector privado es un sistema de pago que premia la calidad.
La calidad como negocio en la organización privada y en la pública
| Organización privada | Organización pública | |
| Qué significa «negocio» | Resultado económico sostenible y posición competitiva | Valor público: más salud y más confianza con los mismos recursos |
| Principales compensaciones | Menos costos de no calidad, capacidad liberada, preferencia del financiador y del paciente, diferenciación frente al precio, atracción de médicos, menor riesgo, acceso a contratos | Capacidad liberada, recupero de costos, menor gasto fiscal evitable, legitimidad |
| Quién puede capturar el retorno por error | El financiador, cuando el pago es por prestación | El tesoro, cuando el ahorro se recorta del presupuesto |
| Condición para que la calidad sea superavitaria | Pago modular, por GRD o capitado; calidad medible y comparable; costeo por proceso; horizonte de mediano plazo | Autonomía de gestión, compromisos de gestión y presupuesto ligado a resultados |
7. Condiciones para capturar las compensaciones
Ninguna de estas compensaciones llega de manera automática. En la práctica, cinco condiciones separan a las organizaciones que convierten la calidad en superávit de las que solo pagan su costo:
- Medir el balance. Sin costeo por paciente o por proceso —como el costeo basado en actividades o el costeo por tiempo— y sin indicadores de resultado, la organización no puede ver cuánto le cuesta la no calidad ni demostrar su calidad ante el financiador. Lo que no se mide se discute como opinión.
- Elegir primero las mejoras superavitarias. Empezar por las infecciones, el alta, las esperas y los estudios repetidos genera compensaciones tempranas que financian lo demás y dan credibilidad al programa.
- Usar un horizonte de mediano plazo. La inversión se paga hoy y la compensación llega en meses o años; una conducción que evalúa cada ejercicio de manera aislada tenderá a postergarla.
- Tener dónde colocar la capacidad liberada. Una cama que se libera y queda vacía no compensa nada; la mejora del proceso debe ir acompañada de la gestión de la demanda.
- Distinguir la calidad de su envoltorio. La hotelería, la estética y la publicidad pueden atraer pacientes en el corto plazo, pero no reducen complicaciones, no liberan camas ni sostienen una reputación frente a los médicos y los financiadores. El superávit está en la calidad técnica y en la organización del proceso.
8. Conclusión
La calidad asistencial tiene un costo, y negarlo sería tan engañoso como afirmar que siempre ahorra. Hay un piso —la dotación segura, la seguridad del paciente, la atención de las poblaciones más vulnerables— que se sostiene aunque no sea negocio, porque es una obligación ética y regulatoria. Pero reducir la calidad a un costo incremental es un error de gestión con consecuencias: lleva a postergar precisamente las mejoras que más recursos devuelven.
Leída como balance, buena parte de la calidad es superavitaria. En la empresa privada, lo es por siete vías que van desde el ahorro de la no calidad hasta el acceso a contratos que exigen resultados demostrados. En la organización pública, lo es en términos de valor público: más pacientes atendidos, más confianza y mejor uso del presupuesto con los mismos recursos. En ambos casos, la condición es la misma: que el diseño del pago o del presupuesto permita que las compensaciones vuelvan a quien produce la calidad. Cuando esa condición se cumple, la calidad deja de competir con la sostenibilidad económica de la organización y pasa a ser una de sus condiciones.
Bibliografía
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Eappen, S., Lane, B. H., Rosenberg, B., Lipsitz, S. A., Sadoff, D., Matheson, D., Berry, W. R., Lester, M., & Gawande, A. A. (2013). Relationship between occurrence of surgical complications and hospital finances. JAMA, 309(15), 1599–1606.
Feigenbaum, A. V. (1956). Total quality control. Harvard Business Review, 34(6), 93–101.
Leatherman, S., Berwick, D., Iles, D., Lewin, L. S., Davidoff, F., Nolan, T., & Bisognano, M. (2003). The business case for quality: case studies and an analysis. Health Affairs, 22(2), 17–30.
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