¿La universidad gratuita llega a los pobres?

Students entering a public university campus

Quién entra, quién se gradúa y por qué

Dr. Carlos Alberto Díaz · saludbydiaz · Octubre de 2026

Introducción: un debate que pendula

La Argentina tiene una rara habilidad para convertir en debates crónicos, casi bizantinos, las cuestiones que deberían estar saldadas. No se trata de discusiones que avanzan y se resuelven, sino de discusiones que oscilan: van y vienen con cada cambio de gobierno, como un péndulo que nunca se detiene en un punto de equilibrio. Lo que un gobierno construye, el siguiente lo revisa; lo que uno consagra como derecho, el otro lo presenta como privilegio. Y en el medio, las instituciones pierden algo que es tan valioso como el presupuesto: la previsibilidad.

Ese péndulo atraviesa casi todos los aspectos que nos distinguen como nación: la moneda, el rol del Estado, el federalismo fiscal, el sistema de salud, la seguridad social y el libre mercado. Ninguno ha logrado convertirse en una política de Estado sostenida por acuerdos que trasciendan a quien gobierna. La educación superior es, quizás, el ejemplo más elocuente, porque es uno de los pocos rasgos que el mundo reconoce como distintivamente argentino.

La historia de la universidad pública es la historia de ese péndulo. La Reforma de 1918 consagró la autonomía y el cogobierno. El decreto 29.337 de 1949 estableció la gratuidad. En 1966, la Noche de los Bastones Largos interrumpió la autonomía y provocó un éxodo de científicos. La última dictadura impuso cupos, exámenes de ingreso y aranceles. La democracia restituyó en 1983 el ingreso abierto y la gratuidad; la Ley de Educación Superior de 1995 habilitó a cada universidad a definir sus condiciones de ingreso y su financiamiento complementario; la ley 27.204 de 2015 volvió a consagrar por ley la gratuidad y el ingreso irrestricto. Y en los últimos años el péndulo volvió a moverse: vetos a la ley de financiamiento universitario, marchas federales multitudinarias, el debate sobre el cobro de aranceles a estudiantes extranjeros y la disputa sobre qué organismo debe auditar las cuentas de las universidades.

En cada oscilación, la discusión se empobrece de la misma manera. El debate universitario quedó atrapado entre dos posiciones polares que se repiten como consignas y que, por ser consignas, no necesitan demostrarse.

La primera posición sostiene que la universidad gratuita es la gran herramienta de movilidad social del país, una conquista que no se discute y que cualquier pregunta sobre su eficiencia es, en el fondo, un ataque encubierto. Desde allí se muestran los ingresantes de primera generación, las universidades del conurbano, los premios Nobel formados en aulas públicas y las marchas multitudinarias. Pero se evita hablar del abandono, del rezago, de la baja graduación o de la necesidad de rendir cuentas por los resultados. La autonomía se invoca a veces como escudo frente a toda evaluación externa.

La segunda posición afirma que la universidad pública sólo les sirve a los hijos de las clases medias y altas, que los pobres la financian con sus impuestos sin llegar nunca a usarla, y que es un sistema ineficiente, ideologizado y poco transparente. Desde allí se muestran los alumnos que no aprueban ninguna materia, el costo por graduado, los estudiantes extranjeros y la resistencia a las auditorías. Pero se omite que cuatro de cada diez estudiantes vienen de los hogares más pobres, que casi la mitad de los ingresantes es primera generación, y que algunos de los datos más difundidos se construyeron con metodologías que exageran el problema.

Cada polo selecciona el dato que lo confirma y descarta el que lo incomoda. Así, la discusión deja de ser un intercambio de evidencias y se convierte en un intercambio de identidad y slogans: defender o atacar a la universidad pasa a ser una forma de decir de qué lado se está. Las cifras se usan como proyectiles, no como instrumentos para entender. Los matices quedan sin dueño, porque reconocer un problema se interpreta como una concesión al adversario. Y el resultado es paradójico: los que dicen defender la universidad la privan de una autocrítica que la fortalecería, y los que dicen querer mejorarla la debilitan presupuestariamente sin ofrecer un modelo alternativo que mejore los resultados.

Lo más grave es que esta polarización hace invisibles a los verdaderos protagonistas del problema: los estudiantes que entran con todo en contra y se van sin título. A ellos no los representa ninguno de los dos discursos. Para uno, son la prueba de que la universidad incluye; para el otro, la prueba de que la universidad fracasa. Ninguno se pregunta qué haría falta para que se gradúen.

Las dos posiciones tienen algo de verdad y las dos esconden una parte del problema. Los datos permiten ordenar la discusión si se separan dos preguntas que suelen mezclarse: quién entra a la universidad y quién sale con un título.

Esta editorial intenta hacer exactamente eso, alrededor de una pregunta concreta y medible, que suele mezclarse con todas las demás: ¿la universidad gratuita llega a los pobres? Y si llega, ¿quiénes se gradúan, ¿quiénes tienen más posibilidades de hacerlo y por qué?

1. La pregunta correcta: acceso no es egreso

La gratuidad y el ingreso irrestricto abrieron una puerta que en muchos otros países de la región está cerrada por aranceles o exámenes selectivos. Esa apertura es real y medible. Pero la puerta de entrada y la de salida no son la misma. Un sistema puede ser muy inclusivo al ingreso y muy desigual en el egreso, y eso es exactamente lo que muestran las estadísticas argentinas. La equidad de una política universitaria no se juzga por cuántos se inscriben, sino por cuántos de cada origen social terminan.

2. Lo que dicen los datos sobre el acceso

En el acceso, la universidad pública cumple. Según el análisis de la Encuesta Permanente de Hogares del primer trimestre de 2024, el 42,3% de los estudiantes universitarios proviene de los cuatro deciles de menores ingresos, y el 91% de ellos asiste a universidades públicas. Para esos jóvenes, la alternativa privada prácticamente no existe: o estudian gratis, o no estudian.

La tendencia de largo plazo también es favorable. Entre 1996 y 2023, la proporción de jóvenes del quintil más pobre que asiste a la universidad pasó del 8,3% al 21,2%, y en el segundo quintil del 12,9% al 34%. En el mismo período, los quintiles altos crecieron poco, porque ya partían de niveles elevados.

Quintil de ingreso del hogar19962023Variación
Quintil 1 (más pobre)8,3%21,2%casi ×2,6
Quintil 212,9%34,0%casi ×2,6
Quintil 437,2%43,0%+5,8 puntos
Quintil 5 (más rico)49,4%52,7%+3,3 puntos

Tabla 1. Proporción de jóvenes que asiste a la universidad según quintil de ingreso per cápita del hogar. Fuente: Laboratorio de Políticas Educativas, UNAHUR (2024), con datos de la EPH-INDEC.

El dato de origen familiar refuerza la lectura. Según el Anuario Estadístico 2022 de la SPU, el 47,8% de los nuevos inscriptos en universidades nacionales y provinciales es primera generación universitaria: sus padres no completaron estudios superiores. En las universidades del conurbano bonaerense, ese porcentaje promedia el 78%. Esas universidades no existirían, o no tendrían esos estudiantes, sin gratuidad.

Aun así, la brecha de acceso persiste. Un joven del quintil más rico sigue teniendo más del doble de probabilidad de estar en la universidad que uno del quintil más pobre. La puerta se abrió, pero no se abrió igual para todos.

3. Lo que dicen los datos sobre el egreso

Aquí el cuadro cambia de manera drástica. Con datos de la EPH 2023 para jóvenes de 18 a 24 años, el 25,3% del primer quintil cursa una carrera de nivel superior, pero apenas el 1% terminó una. En el quinto quintil, el 47,5% está cursando. La diferencia de acceso es de dos a uno; la de finalización es mucho mayor.

Mirado desde el otro lado, la composición de los graduados también es desigual. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA), de los jóvenes de 18 a 24 años que se graduaron, el 18,7% es pobre. Por quintiles, los dos superiores concentran casi seis de cada diez egresados.

Quintil de ingreso del hogarParticipación en el total de graduados (18-24 años)
Quintil 1 (más pobre)9,6%
Quintil 214,9%
Quintil 317,4%
Quintil 433,2%
Quintil 5 (más rico)25,0%

Tabla 2. Distribución de los graduados universitarios y terciarios de 18 a 24 años según quintil de ingreso. Fuente: ODSA-UCA, citado por Chequeado (2024). Nota: el corte etario temprano subestima a quienes se gradúan más tarde, que suelen ser los de menores ingresos.

Es decir: la afirmación de que “sólo el 1% de los graduados son pobres” es falsa, pero la de que los pobres se gradúan en igualdad de condiciones también lo es. El quintil más pobre aporta menos de uno de cada diez egresados, aunque aporta una proporción mucho mayor de ingresantes. El sistema los recibe, pero los pierde en el camino.

Esto se inscribe en un sistema con baja eficiencia general. En las universidades públicas, sólo el 54% de los ingresantes se reinscribe al año siguiente, y sólo el 23% de los egresados se gradúa en el tiempo teórico de la carrera. Y entre los reinscriptos de las universidades estatales, más de un tercio no había aprobado ninguna materia el año anterior, según los anuarios procesados por el CEA de la Universidad de Belgrano. Ese desgranamiento no se reparte al azar: recae con más fuerza sobre los estudiantes de menores recursos.

4. ¿Quiénes tienen más posibilidades de graduarse?

La investigación argentina es consistente en este punto. Con datos de la EPH y modelos que controlan simultáneamente varias variables, Ana García de Fanelli y Cecilia Adrogué encontraron que los estudiantes del estrato de menor ingreso abandonan 2,7 veces por cada vez que lo hacen los del estrato más alto. Los estudiantes de primera generación, aun controlando por ingreso del hogar, trabajo y edad, tienen alrededor de 2,65 veces más probabilidad de abandonar. Y quienes todavía no aprobaron el primer año tienen 1,7 veces más riesgo que quienes ya lo superaron.

El perfil de quien tiene más chances de recibirse es, entonces, bastante previsible:

  • Proviene de un hogar de ingresos medios o altos, que puede sostenerlo económicamente durante toda la carrera.
  • Tiene padres universitarios, que le transmiten códigos, expectativas y estrategias para moverse en la institución.
  • Egresó de una escuela secundaria de buena calidad, con hábitos de estudio y competencias de lectura y matemática consolidados.
  • No trabaja, o trabaja pocas horas, y puede dedicar tiempo completo a cursar y rendir.
  • Supera el primer año sin rezago, que es el tramo donde se concentra la mayor parte del abandono.

5. ¿Por qué se gradúan menos los pobres?

La gratuidad elimina el arancel, pero el arancel es sólo una parte del costo de estudiar. Las causas del menor egreso de los sectores populares son varias, y se refuerzan entre sí.

El costo de oportunidad. Para un joven de un hogar pobre, cada hora en el aula es una hora sin ingreso. Muchos trabajan desde el primer año y la proporción crece a medida que avanzan en la carrera, con más rezago. La universidad no cobra matrícula, pero el estudiante paga con su tiempo, su transporte, sus apuntes y el salario que deja de ganar.

La herencia de la escuela secundaria. La desigualdad no nace en la universidad: llega a ella. Los estudiantes de escuelas con peores resultados ingresan con brechas de lectura, escritura y matemática que el primer año exige saldadas. El ingreso irrestricto sin nivelación efectiva traslada el problema hacia adentro y lo convierte en fracaso.

El capital cultural. Ser primera generación significa no tener en casa a nadie que sepa cómo funciona una cátedra, un final, una correlatividad o un trámite. Las reglas no escritas de la vida universitaria favorecen a quienes ya las conocen por herencia familiar.

El primer año como filtro. En la Argentina, el primer año cumple de hecho la función selectiva que en otros sistemas cumple el examen de ingreso. La diferencia es que aquí la selección no es explícita, ni se apoya en el mérito académico medido de forma transparente: opera por desgaste, y castiga más a quien tiene menos red de sostén.

La carrera larga. Carreras de cinco o seis años teóricos que en la práctica duran ocho o nueve son sostenibles para quien tiene respaldo familiar, y muy difíciles para quien debe aportar a su casa. Cada año extra aumenta la probabilidad de abandono.

Concepto clave: la “inclusión excluyente” Ana María Ezcurra describió como “inclusión excluyente” el fenómeno por el cual la masificación del acceso a la educación superior incorpora a los sectores populares, pero los expone a tasas de abandono mucho mayores. Vincent Tinto lo resumió de otra manera: el acceso sin apoyo no es oportunidad. La puerta abierta es condición necesaria de la equidad, pero no es suficiente.

6. ¿Es regresiva la gratuidad? Los argumentos de ambos lados

El argumento crítico sostiene que, si los graduados se concentran en los quintiles altos, el gasto universitario termina subsidiando a quienes más ingresos tendrán en el futuro, financiado en parte por impuestos que pagan también los más pobres, como el IVA. Desde esta mirada, una gratuidad universal sería menos equitativa que un esquema de aranceles con becas focalizadas, o de créditos que se devuelven según los ingresos futuros del graduado.

El argumento a favor responde que el beneficio de la universidad pública no se mide sólo en títulos. Los años cursados también mejoran la empleabilidad y los ingresos, aun sin graduación. La universidad produce investigación, extensión y profesionales —médicos, enfermeros, docentes, ingenieros— que el país necesita y que atienden a toda la población. Y sin gratuidad, el 42% de estudiantes que hoy proviene de los deciles más bajos probablemente no estaría en ningún aula. Los sistemas arancelados de la región, además, muestran que el arancel no resuelve la desigualdad de egreso: la traslada al endeudamiento.

Hay un punto en el que ambas posiciones podrían coincidir. El problema de equidad de la universidad argentina no está tanto en quién entra, como en quién termina. Y ese problema no se resuelve ni defendiendo la gratuidad como un fin en sí mismo, ni cobrando aranceles: se resuelve con políticas que acompañen a quien entra con menos recursos para que llegue al final.

7. Qué haría falta para que la gratuidad cumpla su promesa

  • Becas de sostén, no sólo de arancel cero: que compensen el costo de oportunidad de quien estudia en lugar de trabajar, con condiciones de avance académico razonables.
  • Un primer año diseñado para retener: tutorías, nivelación real y seguimiento temprano de los estudiantes que no aprueban materias en el primer cuatrimestre.
  • Articulación con la escuela secundaria: porque buena parte de la brecha de egreso universitario es una brecha de aprendizajes previos.
  • Trayectos más cortos y títulos intermedios: que certifiquen lo aprendido y no conviertan el abandono en cero.
  • Medir el egreso por origen social: las universidades conocen cuántos ingresantes son primera generación; deberían publicar también cuántos de ellos se gradúan. Sin ese dato, la discusión seguirá a ciegas.
  • Rendición de cuentas sobre resultados: con un presupuesto universitario que en 2024 cayó a su mínimo de la serie (0,563% del PIB, según el adelanto del Anuario de la SPU), cada peso debe orientarse a que más estudiantes de menores recursos terminen.

8. Conclusión

¿La universidad gratuita llega a los pobres? Sí, llega, y cada vez más: casi la mitad de los que entran son la primera generación de su familia en hacerlo, y cuatro de cada diez estudiantes vienen de los hogares de menores ingresos. Esa es una conquista que pocos países de la región pueden mostrar.

¿Los pobres se gradúan en igualdad de condiciones? No. Entran, pero abandonan casi tres veces más que los de mayores ingresos, y el quintil más pobre aporta menos de uno de cada diez egresados. La gratuidad garantiza el derecho a intentarlo; todavía no garantiza la posibilidad de lograrlo.

El desafío de la próxima década no es abrir la puerta, que ya está abierta, sino evitar que se convierta en una puerta giratoria. Defender la universidad pública, en serio, es exigirle que gradúe a quienes recibe.

Nota metodológica

Las cifras de acceso y egreso por nivel de ingreso provienen de la EPH (INDEC), que es una encuesta urbana y muestral, y no permite identificar la universidad a la que asiste cada estudiante. Las cifras de rendimiento académico provienen de los anuarios de la SPU, procesados por distintos centros de estudio con miradas diferentes sobre el sistema. Algunas cifras del Anuario 2024 corresponden a un adelanto parcial y deben confirmarse con la publicación definitiva de la SPU.

Bibliografía

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Chequeado (2024). Estudiantes universitarios: 4 de cada 10 provienen de hogares de bajos ingresos. https://chequeado.com/el-explicador/estudiantes-universitarios-4-de-cada-10-provienen-de-hogares-de-bajos-ingresos/

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Centro de Estudios de la Educación Argentina, Universidad de Belgrano (CEA-UB). Informes sobre rendimiento académico y graduación universitaria, con base en el Anuario Estadístico Universitario.

Publicado por saludbydiaz

Especialista en Medicina Interna-nefrología-terapia intensiva-salud pública. Director de la Carrera Economía y gestión de la salud de ISALUD. Director Médico del Sanatorio Sagrado Corazon Argentina. 2010-hasta la fecha. Titular de gestión estratégica en salud

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